Desde hace ya una temporada, los especialistas en mercadotecnia campan por sus respetos en el terreno de la política. Saben bien que lo importante es conseguir imponer una idea por el camino que sea (la reiteración es el más habitual, aunque no cabe desdeñar ningún otro). Alcanzado ese objetivo, la idea consolidada se transforma en presunta evidencia indiscutible, que ya nadie osa poner en cuestión. No se trata de un mecanismo nuevo, ciertamente, pero hay que reconocer que, de un tiempo a esta parte, funciona a toda máquina, con una inusitada potencia.

Tanto es así que proponer que la partida se detenga por un instante, que cese momentáneamente el cruce de reproches y la esgrima verbal que ocupan por completo y de manera permanente el espacio público para, en su lugar, volver la vista atrás y comprobar qué fue lo que de hecho ocurrió hace como aquel que dice cuatro días (esto es, cuatro años) se ha convertido en una propuesta no ya solo improcedente sino directamente intempestiva.

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