Al cumplir 75 años, el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal española, fue recibido en el Vaticano. En Roma no le esperaba una sonrisa de agradecimiento por su importante papel tras la muerte del general Franco. El papa Juan Pablo II le miró fijamente, le puso una mano en el hombro y presionó con fuerza. Con la fuerza de un hombre que había trabajado de peón en una cantera de Cracovia durante la ocupación alemana de Polonia. No fue un palmetazo. No fue un empujón. Fue un durísimo reproche.

Karol Wojtyla recriminaba a la Iglesia española una excesiva neutralidad política en la transición. Demasiado blandura. Demasiado inhibición política durante la negociación de la Constitución. Demasiado tibieza ante la inminente llegada de los socialistas al poder. Junio de 1982. El cardenal Tarancón salió consternado del Vaticano y pidió a su chófer que le lleva hasta las colinas de Tívoli y Frascati, parajes en los que estuvo horas paseando solo. Aquella misma tarde, Juan Pablo II recibía al cardenal José María Bueno Monreal, otro abanderado de la moderación eclesiástica en España. Por la noche, el arzobispo de Sevilla perdió el habla y ya no la volvió a recuperar. Después de la afasia, vino un infarto.

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