Cuando 90.000 personas silban el himno nacional en un partido de fútbol, cuando es ya un ritual que se repite en citas deportivas parecidas, lo más razonable es preguntarse: ¿por qué ocurre? Puesto que la respuesta escuece, en España se prefiere pasar directamente a la condena y la amenaza de sanciones. Mal asunto cuando la adhesión a los signos nacionales ha de imponerse por ley. A mí las banderas y los himnos más bien me producen tristeza, porque se disfrazan de gloria pero están demasiado manchados de sangre y de impunidad. Pero, la precariedad de la condición humana requiere de estos rituales y muchos ciudadanos los sienten como propios. La identificación con los símbolos ha de ser una consecuencia espontánea del sentimiento de pertenencia a una comunidad. Si hay que sancionar el desapego para obligar a respetarlos es que algo no funciona. Un símbolo por imperativo legal deja de serlo, porque es la adhesión libre lo que le da legitimidad.

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