Como ocurre con las glaciaciones, el ecosistema político que emerge tras un proceso de polarización intensa no suele parecerse al que había antes. Cataluña ha vivido en los últimos años una polarización radical en torno a la cuestión nacional que ha hecho estragos en casi todas las formaciones que articulaban el sistema político catalán.

Esta polarización se ha llevado por delante a CiU, la federación que ha gobernado Cataluña durante casi 28 años. Ha partido en dos a Unió, que se enfrenta incluso a una posible escisión. Ha barrido del mapa, como engullido por un huracán, el principal activo del socialismo catalán, su transversalidad social y territorial. Ha arrinconado en posiciones de insignificancia al PP catalán y ha puesto en graves aprietos a ICV, que si hasta ahora ha logrado mantener su integridad, ha sido porque ha incorporado la dualidad como un elemento natural dada la situación. Solo ERC, entre las fuerzas políticas tradicionales, ha obtenido ventajas claras de esta situación.

 

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