En el nuevo sistema de partidos parece evidente que sólo una coalición entre dos o más de estos podrá asumir el Gobierno de España tras las próximas elecciones. También es razonable pensar que, pese a que en política la palabra nunca carece de sentido, es improbable que se produzca una alianza entre el Partido Popular y Podemos y más fácil una alianza entre Ciudadanos y populares que entre aquellos y los socialistas. Nacionalismos aparte, la divisoria política fundamental sigue siendo la vertical entre derecha e izquierda y no, como se ha pretendido, la basada en una absurda distinción horizontal entre casta y pueblo. Eso es lo que resulta de sus programas y así es como, según todas las encuestas, lo ven los españoles.

Cada uno de los dos partidos situados a ambos lados de esta divisoria se ve así obligado a un doble enfrentamiento: con los dos que ocupan la otra mitad del panorama y con el que comparte la suya. Para vencer en el primero, han de contar con este, con el que sin embargo han de luchar si quieren conservar o alcanzar la hegemonía dentro del propio bando. Se produce así una inevitable divergencia entre táctica y estrategia; para alcanzar el poder, el objetivo táctico, todos los partidos han de recurrir a argumentos que subrayen el paralelismo con el posible socio en una eventual coalición, argumentos que, por el contrario, obstaculizan el objetivo estratégico de ser la fuerza dominante dentro de ella. Esta divergencia se da en todos los casos, pero es más acentuada en los partidos nuevos que en los viejos y más visible en la izquierda que en la derecha.

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