Quién podía imaginar, cuando, en otoño de 2012, Mas convocó elecciones para hacerse con el liderazgo del proceso soberanista que tres años más tarde estaría luchando para no quedar excluido de un proceso electoral que sólo él puede convocar? Es la deriva de un proceso que el presidente quiso hacer suyo pero no controló nunca, porqué no acertó ni en los tiempos ni en el cálculo de las relaciones de fuerzas.

Artur Mas nunca se ha sustraído a un clima político con tendencias maníaco depresivas, en que se pasa con mucha facilidad de la euforia al pesimismo. Después del momento culminante del 9-N, bajó el tono colectivo. Mucha gente es sensible al proyecto independentista a condición de que no tenga costes y la sensación de que el esfuerzo por llegar a la cumbre no tenía recompensa produjo desmovilización y desencanto.

Artur Mas intentó levantar los ánimos con su propuesta de lista única en torno a su figura, amparada en una doctrina, muy repetida en su entorno, que sostiene que estos procesos siempre necesitan el poder de arrastre de un liderazgo fuerte y que la unidad suprapartidaria da un plus electoral determinante. Pero los liderazgos ni se imponen ni se decretan, se conquistan. A medida que se acercaba el 27-S, cundió la idea de que el proceso iba a la deriva. Y Artur Mas aprovechó la circunstancia para recuperar su vieja idea de la lista única

 

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