Fue Carl Schmitt el que nos advirtió de la pervivencia de lo teológico en la política, por muy secularizada que esté. La nueva razón trascendental que guía a los gobernantes y ejerce poder normativo sobre el comportamiento de los ciudadanos responde al eufémico nombre de “los mercados”. Bajo esta tutela, tan inefable como cualquiera de los dioses pasados, el campo de lo posible se restringe considerablemente en nuestras democracias. En esta evolución hacia el autoritarismo posdemocrático, las categorías tradicionales se transforman con suma facilidad. La ley se entendía como garantía del funcionamiento democrático, ahora es la barrera que se levanta frente a cualquier pretensión democrática de ampliar o hacer evolucionar el campo de juego. (….)

 

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