La percepción de que “lo peor de la crisis ya ha pasado pero aun tardará en notarse la recuperación” (62,9%) explica por qué el primer factor de decisión de voto sigue siendo la creación de puestos de trabajo y salir realmente de la crisis económica (68,6%), unido al deseo de castigar los partidos con casos de corrupción (45,2%) –situación siempre rechazable pero tras el malestar por el empobrecimiento de las clases medias y trabajadoras por la pinza entre paro, recortes en derechos laborales y en políticas sociales, ahora se convierte también en factor decisivo de voto–.

Y junto al malestar por las consecuencias de la crisis económica, en Catalunya interactúa el rechazo a la forma actual de relación con el resto de España (77,2% de insatisfacción con el actual modelo, que se expresa de forma casi simétrica entre quienes desearían una solución tipo “tercera vía” y los que ya sólo perciben la independencia como la única salida). Además, desde hace años se mantiene la voluntad de querer votar en referéndum el futuro del modelo de Estado (79,8%), ni que sea sólo para demostrar cómo la sociedad está dividida en partes de magnitudes similares –aunque en los últimos meses, la movilización selectiva de exindecisos inclina la ventaja levemente hacia los contrarios a la independencia–, pues ser la “minoría mayoritaria” más movilizada, es decir, “ser muchos” no siempre equivale a tener la mayoría social cuando todos se activan. Pero también es cierto que nadie ganaría “por goleada”, y el malestar por la relación entre Catalunya-España seguirá siendo un tema mal resuelto para una parte muy significativa de la sociedad

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