La política populista se alimenta de gestos, que se anuncian sin poder evitarse, pero que son solo eso, sueños tórridos y fugaces. Sucede aquí y en Grecia. Ese confuso referéndum convocado en solo una semana fue la expresión de un orgullo nacionalista que se negaba a reconocer la dolorosa realidad. Que sea socialmente injusta no justifica el engaño o un salto en el vacío. Las condiciones con las que ahora transige Alexis Tsipras son prácticamente las mismas que primero rechazó, luego aceptó por carta y que el domingo fueron puestas en la picota tras el rechazo popular en las urnas.

La posición geoestratégica de Grecia la ha salvado de ser expulsada del euro en las horas más críticas. Y aún está por ver que no acabe ocurriendo. El referéndum solo ha servido para crear un corralito durante dos semanas, que ha generado angustia en la población más vulnerable, ahuyentado el turismo y perjudicado su maltrecha economía. Ahora Grecia estará bajo tutela de la UE prácticamente durante todo el mandato de Tsipras. Sin embargo, Syriza venderá internamente como un éxito lo que no es otra cosa que la aceptación de las duras condiciones para un tercer rescate. En eso también sobresale el populismo, en su habilidad para contorsionar las palabras y sus significados.

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