La propaganda del independentismo es más dinámica que la de sus detractores porque apela a argumentos racionales pero también a intuiciones lírico-emocionales. Ayer, en El matí de Catalunya Ràdio, Lluís Llach compareció como político y actualizó las homilías que, cuando cantaba, soltaba entre canción y canción. “Els cantants somiem truites”, dijo. En las últimas semanas se ha subrayado, como si fuera un defecto, la incertidumbre de qué pasaría si Catalunya fuera independiente. Es curioso que de repente algunos políticos apelen alrealismo y lo confronten a la fantasía de la ficción. La táctica alimenta la estrategia del miedo, que hoy se utiliza con una recíproca falta de escrúpulos. Unos afirman que la independencia es satánica y los otros proclaman que es casi obligatoria. Hace tiempo que la amenaza ha dejado de funcionar con la eficacia totalitaria de otros tiempos.

En cuanto a la ficción, forma parte de la historia. El problema no es tanto eso que la rigidez estatalista reduce a la etiqueta de disparate o de quimera, sino la corrupción global de la realidad. Cuanto más desesperación genera la realidad, más comprensible es la proyección hacia estadios imaginarios de mejoría (este mecanismo es la base de la estabilidad de muchas parejas que, mientras for­nican, imaginan que están con otro). En el contexto de devaluación salvaje de los últimos años, la quimera ha tenido un papel terapéutico. La caricatura del ­català emprenyat sustituyó el servilismo fiscal y amargado para abrazar el so­miatruitisme al que se refiere Llach. Cuanto más intenso es el idealismo planteado como evasión, más frágil es el vínculo con la realidad que se pretende aban­donar. Y los políticos no independentistas deberían dedicarse a ofrecer alter­nativas verosímiles no sólo en el ámbito de la realidad perfectible, sino también de la ficción. Pero insisten en combatir la ficción con una suficiencia que reac­tiva el deseo de practicarla. Todas las realidades políticas son consecuencia de una ficción previa. Para bien o para mal, la gasolina de la evolución es la ficción. Es más: la realidad es una ficción envejecida.

Los antídotos más eficaces contra la inverosimilitud de según qué ficciones son la estabilidad, la prosperidad y la justicia. Por eso es tan importante que los partidos que pretenden representar a los que no desean que Catalunya se independice no pierdan energía en desprestigiar una estrategia de la ficción que se alimenta en buena parte de los errores cometidos por quienes se limitan a cebar el descrédito. Mientras parezca más verosímil y guay alcanzar el objetivo de los soñadores que cambiar una realidad inmovilista, ganará la ficción. Por eso urge un giro argumental radical. Propuesta: que esta tarde Rajoy, Margallo, Albiol y Sánchez-Camacho pidan el ingreso en la ANC y cuelguen un vídeo en YouTube enfundados enla camiseta oficial de la Vía Lliure de la Meridiana y cantando País petit de Lluís Llach. El independentismo no podría superar semejante golpe de efecto.