Que muchos catalanes no partidarios del soberanismo teman expresar públicamente su no adscripción, es un síntoma de merma democrática.

Felipe González escribió el pasado domingo una carta llamando al diálogo sobre la situación en Cataluña y, como suele suceder siempre que se pronuncia sobre alguna cuestión, ha removido cielo y tierra.

Las acusaciones e insultos sobre González han llovido desde todos las filas del independentismo catalán y algunos comentarios no tienen desperdicio. Carme Forcadell, número dos de la lista soberanista, lo culpa de hablar “igual que la derecha española”.

El matiz de “española” es interesante. Suponemos que para Forcadell la diferencia con la derecha catalana es notable al ser esta última auténtica, pura y sin mácula por el mero hecho de ser autóctona.

En caso contrario no se entendería que, siendo militante de ERC, participe de un proceso auspiciado y liderado principalmente por Convergència Democrática de Catalunya, la derecha que hace recortes en Cataluña y que, presuntamente, cobra comisiones del 3%. Y que situaría a un Presidente de la Generalitat de derechas si ganan. Pero, como es derecha catalana e independentista, eso no importa.

O quizás el problema es que su partido ha estado amparando esos recortes durante todos estos años en Cataluña. Aunque luego en Madrid critican los que hace el PP. Ella, que es licenciada en Filosofía y Ciencias de la Comunicación, sabrá que tiene un dilema ético que tiene que resolver.

Pero las palabras que más polvareda han levantado del ex Presidente, han sido las de su comparación de la situación actual de Cataluña con la de Italia o Alemania en los años 30 del pasado siglo.

En mi opinión, no considero que ninguno de los partidos o formaciones representadas en la lista independentista sea fascista o nacionalsocialista. Tampoco creo que Felipe González se refiriera exactamente a eso.

Pero sí es cierto que hace ya bastante tiempo que muchos catalanes no pueden expresar su rechazo a la opción independentista sin sufrir cierto acoso político. Lo sé, porque conozco a muchos de ellos y así me lo han manifestado.

Son personas que aman su tierra tanto como cualquier otra. Pero temen expresar públicamente su opción política, porque la polarización superlativa que existe actualmente en la sociedad catalana, hace que sean tildados de fachas. O de españolistas. O franquistas.

Fachas. Ellos, precisamente, que han luchado porque muchos de los que así los catalogan pudieran defender sus ideas con las máximas garantías democráticas. Pero siempre respetando la diversidad ideológica del resto, aunque no la compartieran.

Y, en el otro extremo, están los que pretenden que griten a todas horas “¡Viva España!” o sean sometidos a imaginarios test de españolismo. Cuando lo que quieren la mayoría de ellos es vivir tranquilamente y que se respete su derecho a la discrepancia de los dos polos. A defender otras opciones menos extremas, más dialogadas y sin llegar a la ruptura.

Esa tendencia al maniqueísmo ha sido muy útil para los dos bandos que creen representar la totalidad del espectro político catalán. Los que solamente tienen la visión de una Cataluña encajada en España sin rechistar o fuera de ella por completo. Se complementan y se necesitan, por su retroalimentación.

Pero todos los que conocemos a algunos catalanes, sabemos que hay más opciones que pretenden ser acalladas, aplastadas por estos dos vértices. Quieren silenciarlos porque los dos bandos extremos temen, sospechan, que esas personas son mayoritarias. Y eso les hace mucho daño políticamente.

¿Cuándo llegó a esta situación una sociedad democrática y avanzada? ¿Cuándo el silencio de muchos independentistas demócratas permitió que se persiguiera ideológicamente a los que no lo son por parte de algunos de sus colegas?

A eso creo que se refería González con la ausencia de garantías democráticas en Cataluña actualmente. Y pido disculpas por la osadía de interpretar sus palabras. Es lo que yo he entendido cuando las he leído.

El 27-S esas personas que temen expresarse en público sobre la “cuestión” catalana tienen una oportunidad inmejorable para hacerlo. Además, que tengan en cuenta algo importante: nunca se sabe cuándo puede ser la próxima vez que puedan hacerlo. O, incluso, si habrá próxima.

Pablo Martín es abogado y diputado socialista por Illes Balears en el Congreso