A menudo surgen girones continuos de crispación, de enfrentamiento, embates constantes que sólo sirven para alimentar el discurso del agravio del independentismo catalán

Es un afamado profesional de San Sebastián, que nada tiene que ver con la política, el que pone el acento en algo que, en la vorágine diaria del torbellino catalán, nos está pasando desapercibido: “Lo interesante de todo esto es el desdén con el que el PNV está contemplando todo el proceso catalán. Ni sí ni no, ni bien ni mal; indiferencia. No encontrarás por ahí ni una sola muestra de apoyo o solidaridad con los independentistas catalanes, a pesar de lo que puedan creerse ellos o de los intentos soterrados por encontrar algún guiño de complicidad”, sostiene el tipo después de resaltar el momento dulce de estabilidad política y electoral de los peneuvistas.  “En todo caso, mirarán de reojo, que es lo que vienen haciendo desde que Artur Mas se lio la manta a la cabeza. Claro, que así les va a unos y a otros…”

Ciertamente, es curioso el paralelismo entre los dos nacionalismos, el catalán y el vasco, en los últimos diez años por ejemplo, desde el Plan Ibarretxe hasta la actualidad. Lo que le ocurrió al PNV cuando aceleró el proceso independentista con el Plan Ibarretxe es que, después de años de tensar la cuerda, el proceso soberanista encalló en el Congreso de los Diputados, como era previsible, y el lehendakari Ibarretxe contestó, como ahora Artur Mas, con la convocatoria de unas elecciones plebiscitarias. El objetivo era el mismo, obtener una abultada mayoría absoluta que le sirviera de respaldo para el siguiente paso de insubordinación institucional, pero los nacionalistas acabaron, sin embargo, perdiendo varios escaños. Y unos años más tarde, acabaron incluso desalojando, por primera vez en la democracia, el gobierno de Ajuria Enea a favor del único lehendakari socialista, Patxi López.

El exlehendakari Patxi López. (EFE)

Desde que el PNV regresó al Gobierno vasco, en las elecciones de 2012, lo único que no se le ha ocurrido es lanzar un nuevo órdago al Estado, ni desempolvar el ‘plan Ibarretxe’, como le propone Bildu con insistencia, aprovechando el río revuelto de Cataluña. Más bien al contrario, el lehendakari Urkullu habrá anotado bien en sus cuadernos de estrategia política que lo que valora el electorado vasco, por encima de todo, es la estabilidad que ha propiciado en la comunidad. En el último Euskobarómetro, en julio pasado, el momento dulce de los nacionalistas vascos se reflejaba en la aprobación generalizada de la gestión del Gobierno vasco, del lehendakari y del partido, en todas sus facetas. De modo que la única previsión en la actualidad del PNV es la del crecimiento electoral, tanto en las elecciones en el País Vasco como en las generales de final de año.

Lo más destacado para los nacionalistas vascos, sin embargo, es que esa estabilidad electoral que han vuelto a conseguir, espantando el ascenso de Bildu, primero, y de Podemos, después, está íntimamente relacionada con el abandono de las aventuras independentistas. De hecho, sólo tres de cada diez vascos piensa en la actualidad en la independencia, un porcentaje que sigue descendiendo. Tan clara está la relación entre el crecimiento electoral y la estabilidad política que el propio director del Euskobarómetro estaba seguro de que el PNV no iba a desestabilizar su posición. El lehendakari –dijo- “ha podido ver como su política de moderación, de mano tendida, de alianza con el PSE, de alianza centrípeta y mixta, izquierda/derecha, autonomista/nacionalista, es la que mejor resultado le está dando. No creo que se le ocurra derrochar el capital político como hace el señor Mas en Cataluña”.

Ese es el desdén con el que los nacionalistas vascos contemplan el avispero catalán; la caída vertiginosa de Artur Mas y la voladura de CiU, la fuerza política que era hegemónica en Cataluña, simétrica al PNV durante treinta años. Y esa tendría que ser la trayectoria que describa el proceso catalán si en las próximas elecciones el frente independentista no logra la mayoría absoluta que se ha fijado, que ellos mismos han fijado, como línea roja que marca la victoria o la derrota de las elecciones plebiscitarias del próximo 27 de septiembre. Y eso es lo que, razonablemente, debería suceder; que el pueblo catalán, como le ha ocurrido a la mayoría del pueblo vasco, repare en que la mayor virtud del nacionalismo es la estabilidad política. “El clima que hay en la sociedad vasca es de una gran tranquilidad”, como añadía el euskobarómetro anterior. De ahí que, a la luz de lo ocurrido en Euskadi, podamos concluir que el peor de los errores que se está cometiendo para intentar frenar a los independentistas catalanes es el de persistir en una estrategia equivocada y persistente que sólo conduce a engordar a los separatistas.

Los independentistas catalanes lograron la unidad y construyeron un discurso ilusionante.

Un milagro de manipulación social que ha hechizado a muchos

 

Los independentistas catalanes entendieron hace tiempo que la unidad era su principal baza, y la han logrado. Y, a partir de ahí, han construido un discurso que a una gran parte de los catalanes les parece ilusionante. Ese es el delirio, justamente: haber obrado ese milagro de manipulación social que ha hechizado a tantos. Pero si ha ocurrido así es, en gran medida, por la equivocación de los contrarios. Las fuerzas que rechazan la independencia de Cataluña sólo son capaces de transmitir nostalgia y apocalipsis. En vez de transmitir serenidad, confianza y firmeza, en lugar de ofrecer una imagen de unidad de todas aquellas fuerzas que no quieren la independencia, se ofrecen, consciente o inconscientemente, girones continuos de crispación, de enfrentamiento, embates constantes que sólo sirven para alimentar el discurso del agravio del que se nutre, exclusivamente, el independentismo catalán.

Se trata, en suma, de aquello que reflejaba aquí mi compañero Juan Soto Ivars tras el ‘pulso’ dialectico que presenció, y retrató, entre un independentista y un españolista: “Yo prefiero que Cataluña siga siendo parte de España, pero Alsina –el independentista- fue mucho más convincente que Planas –el españolista-. El bloque independentista acribilla a la población con argumentos, que serán válidos o no lo serán, pero los partidos españoles aluden a los sentimientos y, en el mejor de los casos, pronostican que Cataluña irá al desastre si decide independizarse. Argumentos positivos para mantenernos unidos, se leen muy pocos”. Hace un par de meses, el líder de Esquerra, Oriol Junqueras, se sinceró en una entrevista de radio en Cataluña y dijo que la estrategia de los independentistas consistía en “colarle goles al Estado”. Pues eso, Juan, pues eso.