Ahora hace un año tenía lugar la campaña por el referéndum sobre la independencia de Escocia, un duro combate político en el que no hubo alusiones al nazismo y al fascismo. De haber ocurrido, el escándalo habría sido descomunal

 

Gordon Brown tuvo un papel muy destacado en el acontecimiento escocés de hace un año. El primer ministro laborista que apechugó con los peores momentos de la reciente crisis financiera internacional, se convertía, una vez retirado del cargo, en el principal garante de la unidad británica en el referéndum del 18 de septiembre del 2014. Escocés hasta la médula, Brown era el único político británico de relieve capaz de hacerse escuchar en los barrios de Glasgow y en las demás localidades de tradición obrera seducidas por el independentismo igualitario del Scottish National Party (SNP).

Allí donde más brillaba la habilidad dialéctica del líder secesionista Alex Salmond, el más listo del barrio, rápido de reflejos, aires de vivaz tendero de ultramarinos, temido en Downing Street, sólo Gordon Brown era capaz de llamar a los escoceses a la prudencia de manera convincente. Ceñudo, berroqueño, poco amigo de la Mediática, hijo de un pastor anglicano, ciego de un ojo por un desprendimiento de retina cuando de joven jugaba al rugby, Brown se pateó el país y apuntaló los diez puntos de ventaja del no. Tony Blair se quedó en casa y al primer ministro conservador David Cameron le aconsejaron que viajase lo menos posible a Escocia si de verdad deseaba la continuidad del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

El divino Blair, también escocés de nacimiento, se había convertido en una adinerada personalidad londinense. Un figurín sin esmalte en su tierra natal, pese a haber impulsado desde el Gobierno de Su Majestad la reapertura del Parlamento de Edimburgo el último año del siglo XX, siguiendo las directrices de John Smith, líder laborista de breve e intensa trayectoria. Antes de morir por un infarto en 1994, Smith abogó por la autonomía escocesa como mejor estrategia para fortalecer el Labour en las tierras del norte. A Cameron le aconsejaron encarecidamente que se quedase en Londres, puesto que la mayoría de los escoceses detesta al Partido Conservador después del desmantelamiento industrial de la era thatcheriana. Pegado al terreno y a las viejas conquistas sindicales, amigo de la idealización europeísta, el comunitarismo escocés se siente vitalmente enfrentado al fenomenal capitalismo libertario del Gran Londres. Esa era la clave principal del 18 de septiembre del 2014.

¿Qué hizo Gordon Brown hace un año? Habló con sinceridad a los escoceses. Reafirmó una promesa y lanzó una advertencia. “Vais a tener más autonomía, autonomía de verdad, autonomía fiscal, pero cuidado con las aventuras, puesto que podríais perder las pensiones”. Brown legitimó ante un público desconfiado la promesa de Cameron de dar mayores poderes al Parlamento de Edimburgo. Y envió un mensaje rápidamente captado por el instinto de supervivencia de la vieja clase obrera. Con las pensiones no se juega. Estudios inmediatamente posteriores al referéndum indicaron que el voto de las mujeres y de los mayores de 65 años había fortificado el no. La mayoría de los hombres jóvenes apoyó la independencia. Gordon Brown fue felicitado por la reina Isabel. Ocho meses después, en mayo del 2015, el Scottish National Party barría al Labour en las elecciones legislativas británicas, obteniendo 56 de los 59 escaños en liza en Escocia.

Paradoja que pone los pelos de punta al PSOE: el laborismo promovió la autonomía escocesa y esta lo está arrollando. Quiso afianzarse en la nación del norte durante la dura resaca thatcherista y la posterior crisis financiera ha dado alas a un nuevo interprete del malestar social. El partido nacionalista escocés de discurso socialdemócrata –un partido relativamente débil hace veinte años– hoy tiene arrinconado al laborismo en su viejo feudo.

Brown peleó duro por la unidad británica, pero en ningún momento se le ocurrió comparar el independentismo escocés con las aventuras alemanas e italianas de los años treinta. Ni siquiera lo insinuó. Ni siquiera lo pensó. En una tierra que entregó muchas vidas al combate contra la Alemania de Hitler –34.000 soldados escoceses murieron en la Segunda Guerra Mundial–, el escándalo hubiese sido mayúsculo. Descomunal. Un paso en falso y perdían el referéndum.