Cielos, la equidistancia! Es el nuevo adversario ideológico del pensamiento dominante. Reapareció al calor del procés casi con la misma fuerza mediática que cuando había que combatir al terrorismo etarra. Hace furor en el adoctrinamiento del Partido Popular y en determinados medios informativos. Este país, según lo que se puede leer a diario, se divide en tres frentes, por lo menos hasta el 27 de septiembre: el españolista, portador de la verdad revelada y, por tanto, la única religión verdadera; el separatista, perverso, egoísta y herético, que quiere romper la nación de forma irresponsable, y el equidistante, que no defiende la independencia de ningún territorio, pero tampoco le hace frente con la convicción y la contundencia que exige la ortodoxia. Por ejemplo, se limita a hacer propuestas de entendimiento o de reforma constitucional para conseguir el encaje afectivo de Catalunya en el Estado español.

La calificación de equidistante no se gana fácilmente. En primer lugar, se requiere vivir y trabajar al lado español del Ebro. El señor Duran Lleida podría ser un buen símbolo de equidistancia, porque sigue creyendo en el diálogo, en los puentes y en otras obras de ingeniería, pero nadie se lo reconoce, porque se sabe que es catalán. Los socialistas en cambio, como se les supone dependencia jerárquica de Madrid, merecen el calificativo y el PP se lo otorga con generosidad. La última vez, cuando Felipe González publicó su famosa epístola “A los catalanes”. El gran mérito que le reconocieron los exégetas conservadores es que dejaba fuera de combate la equidistancia del ­actual PSOE, del actual PSC y de sus secretarios generales, Pedro Sánchez y Miquel Iceta. Ver a Felipe González fuera de la equidistancia fue lucirlo como un trofeo conquistado a la izquierda.

La equidistancia tiene raíces cristianas: “el que no está conmigo está contra mí” y el equidistante es un repudiable moderado de convicciones poco profundas, que enciende una vela a Dios y otra al diablo. Es un débil mental que no sabe distinguir el bien del mal, no sabe separar al PP de Bildu y mucho menos de Podemos y no merece que le entreguen la gobernación del país. Es, por supuesto, un centrista, capaz de intentar comprender y discutir las razones del adversario, pero eso no se lleva en la política actual. Y es la nueva versión del tibio del franquismo, que no reunía méritos para meterlo en la cárcel ni mandarlo al exilio, pero jamás obtendría el certificado de adhesión al régimen que expedía la Guardia Civil.

Quizá he cometido la injusticia de ­hablar del poder central, porque es el acuñador del término, pero también tiene su versión nacionalista y catalana, que merece otra columna. Lo que quiero decir es: si la equidistancia es la nueva enfermedad política, y el equidistante el nuevo enfermo contagioso, ahí tienen ustedes una muestra de cómo anda la salud de la moderación en este país.