En España, lo que se descose de día algunos lo recosen de noche, como pueden. La tela de Penélope al revés en un país que hoy no está para metáforas sutiles y femeninas. La furia española anda suelta y desde Catalunya se le responde con cartas no muy bien escritas.

El grupo dirigente soberanista debería redactar mejores piezas que la publicada el pasado domingo en el diario El País. Menos sentimentalismo y más ironía, puesto que el idioma castellano ofrece interesantes recursos para el combate político. Los numerosos quevedistas de la prensa de Madrid, constantes imitadores de la facilidad de Quevedo para el sarcasmo, bien que lo saben.

Vuelvo al principio. Hay quien recose mientras otros descosen. El viernes pasado se reunieron en Barcelona los alcaldes de algunas de las grandes ciudades españolas. La nueva hornada municipal ajena al bipartidismo. Cumplen cien días y quieren enviar un mensaje de compenetración. Además de Ada Colau y Manuela Carmena, estaban Pedro Santisteve (Zaragoza) Martiño Noriega (Santiago), Xulio Ferreiro (A Coruña), Joseba Asiron (Pamplona), José María González, Kichi (Cádiz) y Maria Dolors Sabaté, que sólo tuvo que coger el tren de cercanías en la estación de Badalona.

(Sabaté se ha convertido en la némesis de Xavier García Albiol. Ambos representan con perfecta nitidez los dos polos más opuestos del actual combate político en las ciudades europeas. Albiol: el Mal es el vecino de la esquina, el diferente, el extranjero, el que nos inquieta, el que nos molesta, el que nos hace perder estatus, el chivo expiatorio en el que podemos proyectar nuestros temores. El Mal concreto y reconocible. Sabaté: el Mal está en las estructuras, en la sofisticación del poder y en la deshumanización. Un chivo inaprensible. Ambos no pasan desapercibidos. La altura, la voz grave y la más que correcta dicción castellana de García Albiol. El pelo blanco y la sonrisa franca de Sabaté, una mujer que conoce bien la ciudad y que ve más allá de las consignas. Badalona está en un momento muy interesante).

Faltó a la cita el alcalde de Valencia, Joan Ribó, de la coalición Compromís, que alegó problemas de agenda, enviando una delegación de concejales. Ribó, agrónomo de profesión, tenía comprometida sus asistencia al Simposio Ibérico de Agroecología, Municipalismo y Desarrollo Rural que el viernes pasado se celebraba en Almagro, Ciudad Real. Queda claro que no quiso aparecer en la foto de Barcelona. Desde que en Catalunya se anuncian pasaportes para valencianos, baleares, aragoneses y roselloneses -el gran error soberanista de este verano-, la gente de la nueva hornada política valenciana se lo pensará dos veces antes de poner los pies en Barcelona.

Una reunión con pocos precedentes en un momento en el que todo parece cuartearse. El encuentro de Barcelona cuestiona la narrativa informativa que sigue considerando a los nuevos alcaldes como extraterrestres. Esta gente hace política. Su reunión recose y envía un mensaje de fraternidad. La fraternidad entre la gente de abajo, independientemente de su lugar de nacimiento, un concepto que ha empezado a utilizar Pablo Iglesias, que habrá que seguir.

La reunión municipalista, sin embargo, también fue un mensaje para Iglesias y Podemos. Los alcaldes nuevos no son simples satélites del nervioso partido del círculo violeta. Tienen vida propia -Ada Colau muy especialmente- y su encuentro invitaba al Frente Amplio de lo que se mueve a la izquierda del PSOE.

Son inexpertos, les falta dominio de la política institucional, están demasiado obsesionados por la simbología, tienen miedo a ser engullidos por la áspera realidad, tienen pavor a tomar decisiones impopulares, tienden a encerrarse sobre ellos mismos, cometen errores, pero estos días han demostrado muy buenos reflejos con la cuestión de los refugiados. Han captado el fondo de la situación y han tomado la iniciativa. Adelantándose al Gobierno, han actuado como componente moderno de la sociedad.

Colau, inquieta y ambiciosa, está comenzando a reforzar su autonomía política. La decisión de bloquear el ingreso de Barcelona en la red de municipios independentistas subraya esa voluntad. Con otra caligrafía, la alcaldesa Colau comienza a tomar decisiones que recuerdan al primer Maragall.