• Pasan los días y cada vez está más claro que las elecciones del 27-S no hicieron más que complicar la ya muy complicada situación política que venimos viviendo en Cataluña estos últimos años.

Pasan los días y cada vez está más claro que las elecciones del 27-S no hicieron más que complicar la ya muy complicada situación política que venimos viviendo en Cataluña estos últimos años. La rotunda victoria de la coalición independentista “Junts Pel Sí” es innegable. Pero no es menos indiscutible que los 62 escaños obtenidos ahora por la coalición integrada por CDC, ERC, una larga lista de personalidades y algunos disidentes del PSC y de UDC son muchos menos que los conseguidos hace solo tres años por CiU y ERC, cuando estas dos formaciones lograron 71 diputados y, por tanto, una sólida mayoría absoluta en el Parlamento catalán. Ahora, para alcanzar dicha mayoría y garantizarse así la reelección de Artur Mas como presidente de la Generalitat, es absolutamente imprescindible la colaboración activa de la CUP, ya que el resto de grupos políticos –C’s, PSC, QSQEP y PP- cuentan con 63 escaños. Más aún, si aceptamos el carácter de plebiscito de estos comicios –así fueron presentados por el propio Artur Mas y el conjunto de las fuerzas secesionistas-, es incuestionable que los votos a favor de la independencia quedaron por debajo de un mínimo 50% y fueron superados por los contrarios a esta opción.

El 27-S se saldó, pues, sin vencedores ni vencidos. Era algo en gran parte ya previsible, pero la frialdad de las cifras lo ha hecho mucho más evidente. Es innegable que “Junts Pel Sí” obtuvo un claro triunfo en las urnas. A esta coalición le toca, pues, gobernar la Generalitat. Pero no le va a resultar nada fácil. En primer lugar, porque para poder investir de nuevo a Artur Mas como presidente de la Generalitat deberán pagar un caro peaje político e ideológico a la CUP, e incluso así no tienen garantizada esta investidura. Ni mucho menos. Y si transigen con las condiciones fijadas por la CUP, que no son en modo alguno inesperadas y se ajustan a los planteamientos de la izquierda radical, tanto CDC como ERC, así como sus socios de coalición, van a entrar en contradicción abierta con los principios que habían venido defendiendo hasta ahora mismo. La excusa, la causa o el motivo que aducen para justificar tamaña contradicción es, evidentemente, la suprema causa de la independencia de Cataluña. No obstante, ya he advertido antes que si de un plebiscito se trataba, el 27-S la causa independentista fue derrotada en las urnas. Así lo reconoció la CUP inmediatamente, aunque ahora parezca haberlo olvidado.

Nos esperan en Cataluña muchos días, probablemente algunas semanas, incluso quizá meses de incertidumbre política. No son en modo alguno descartables unas nuevas elecciones autonómicas anticipadas, que podrían ser las cuartas en poco más de cinco años. Y todo esto sucede porque el 27-S, aunque algunos se resistan a admitirlo, no hubo verdaderos vencedores ni auténticos vencidos. Acaso fue de esta manera por fortuna. Porque cuando no hay vencedores ni vencidos, ni se otea en el horizonte la posibilidad cercana de una victoria clara ni de una derrota inequívoca, le toca el turno a la sensatez, a la moderación, al sentido común. Y esto exige diálogo, capacidad de transacción, voluntad de negociación. A ser posible, sin vencedores ni vencidos. Esto es, con un buen acuerdo que satisfaga a las partes en conflicto, aunque tal vez en los extremos de cada parte queden algunos sectores que discrepen del consenso general. Por ahora, el 20-D tendremos una nueva oportunidad para construir puentes de diálogo que hagan posible la continuidad y mejora de un proyecto común de convivencia en paz, libertad y pluralidad.