En La sociedad del espectáculo, el post-marxista francés Guy Debord nos explicaba que el mundo occidental no es real, porque el consumismo capitalista engulle la realidad, la convierte en un producto de consumo y nos la vende a través de los medios de comunicación, empleando como armas el marketing y la publicidad. Esto lo dijo Debord medio siglo antes del espectáculo de las elecciones catalanas y, sobre todo, del caos posterior que, al rebasar el ámbito nacional, se ha convertido en un culebrón dantesco. Los medios internacionales cubren el asunto prácticamente a diario, porque la píldora de la región oprimida por un país despótico tiene un atractivo mediático difícil de rechazar.

La prensa mundial se vuelca unánimemente en denunciar las grietas de la estructura del estado español,

la dureza de un gobierno que exacerba las ambiciones del secesionismo catalán

 

Desde el Economist hasta el Atlantic, desde elWashington Post hasta el New York Times,pasando por Foreign Affairs y Politico, la prensa mundial se vuelca unánimemente en denunciar las grietas de la estructura del estado español, la dureza de un gobierno que exacerba las ambiciones del secesionismo catalán y la ausencia de un debate público como el que permitió en Escocia y Quebec revertir el proceso independentista tras sendos referéndums. Por más que se busque con lupa, en ninguno de estos prolijos artículos se habla de la corrupción de la cúpula independentista catalana encabezada por Jordi Pujol, cuyas escabrosas finanzas habrían sido castigadas con dureza en los países a los que pertenecen los citados medios

Ejercicios de patriotismo

La dolorosa posibilidad de que nuestro país se parta en dos nos está haciendo reflexionar en 2015 sobre el patriotismo. “¿Soy una buena patriota?”, me pregunto últimamente. ¿Sentir bochorno ante determinadas cosas que suceden en España es ser antipatriota? ¿Un patriotismo coherente exige una actitud crítica con el país propio? Aquejada a veces de un ansia incontenible de ser noruega, inglesa, o incluso belga, he decidido someterme a un test de españolidad. Para subsanar un posible caso de antipatriotismo, voy a confesar las siete últimas ocasiones en que me he sentido abochornada de mi nacionalidad:

1) Al ver por televisión la comparecencia del matrimonio Pujol en el Parlamento catalán, donde destacó el “No tenemos ni cinco” de Marta Ferrusola. 2) El 11 de septiembre, cuando Estados Unidos ha vuelto a recordar con incontables homenajes el aniversario del atentado de 2001, abochornando por comparación a España, que ni siquiera ha sido capaz de resolver el 11M, cuyos aniversarios pasan aquí sin pena ni gloria. 3) Al presenciar el altercado entre Felipe González y Enric Juliá, botón de muestra de la manipulación que se ha practicado durante los 40 años de democracia. 4) Al responder a un joven sevillano de 17 años que me preguntaba por Twitter hace unas semanas si todos los políticos de los EREs iban a ir a la cárcel. 5) Al escuchar a Fernando Trueba –que ha recibido del Estado 4 millones de euros en subvenciones– decir al aceptar el Premio Nacional de Cineque nunca se ha sentido español. 6) Al contemplar la cara de asombro de Martin Schulz y de Jean-Claude Juncker cuando Pablo Iglesias apareció esta semana con retraso en el Parlamento Europeo, no se disculpó y llamó “basura” a todos los que consideran que la emigración es una plaga.

España, encerrada en las mezquinas rencillas locales que le han impedido convertirse en un país occidental relevante,

la nación discutida y discutible sigue discutiendo sobre su propia identidad

 

Del orgullo al cinismo

Conclusión: España complica la vida a los patriotas. Este año las ocasiones en que me he sentido orgullosa de ser española –al escuchar al Rey Felipe defender a su país en el Parlamento Europeo esta semana, o al presenciar las numerosas victorias de los deportistas españoles– brillan por su escasez. Sin motivos frecuentes para el orgullo patrio, el cinismo de Bernard Shaw parece cobrar sentido: “El patriotismo es la convicción de que tu país es superior a los demás porque tú has nacido en él”.

Sin embargo, la crisis económica española nos ha permitido comprobar el afecto y el respeto con que nos tratan las democracias veteranas, tanto las europeas como Estados Unidos. La gran paradoja es que España, en buena medida culpable de la crisis europea, permanezca ajena a ese devenir mundial que trastoca gravemente. Encerrada en las mezquinas rencillas locales que le han impedido convertirse en un país occidental relevante, la nación discutida y discutible sigue discutiendo sobre su propia identidad. Parafraseando a John Lennon, la historia del mundo es lo que sucede mientras tú discutes con el vecino.