• Es difícil saber si algún día Rajoy tratará de pensar como un estadista. Probablemente no, porque para eso hay que valer y en su larga carrera política nuestro presidente del gobierno que ese don le está vedado

Por mucho que Rajoy repita su consigna electoral de que los españoles pueden estar tranquilos mientras él esté al mando, cada día que pasa hay más razones para que la crisis catalana inquiete más e incluso que asuste. Y uno de esos motivos es que las tensiones de los últimos días pueden favorecer electoralmente al PP y permitir que su líder siga en La Moncloa. Porque Rajoy no solo es uno de los principales responsables de que las cosas hayan llegado al punto dramático en que se encuentran, sino que ha demostrado sobradamente que él no es la persona adecuada para hacer frente al problema y para encontrar las vías, necesariamente nuevas, que se necesitan cuando menos para evitar que degenere en algo mucho peor.

Es difícil saber si algún día Rajoy tratará de pensar como un estadista. Probablemente no, porque para eso hay que valer y en su larga carrera política nuestro presidente del gobierno que ese don le está vedado. Lo que es seguro es lo que a la cuestión catalana se refiere no lo ha intentado nunca y sigue sin hacerlo. Desde que Aznar le nombró su heredero, el único objetivo ha sido conservar ese cargo que le cayó del cielo y hasta el momento mismo en que se escribe este texto ese sigue el motor de toda su acción política. La iniciativa parlamentaria de Junts pel Si ha sido acogida por Rajoy y sus asesores sobre todo como una oportunidad para mejorar sus reducidas perspectivas electorales y esa consideración ha pesado sobre cualquier otra. Y seguirá haciéndolo hasta el 20 de diciembre. Luego tal vez será demasiado tarde para cambiar de registro.

 Obsesionado por la necesidad de frenar la sangría que la corrupción y sus decisiones económicas producían en su electorado, incluso el más de derechas, desde hace 4 años Rajoy se ha enrocado en la más obtusa intolerancia hacia las demandas catalanas y ha rechazado cualquier forma de diálogo con sus exponentes. Convencido de que alzando la más primitiva bandera del nacionalismo español satisfaría a lo más rancio de sus votantes, ha dejado pasar todas las oportunidades de lograr algún entendimiento con Artur Mas, que las hubo y muy concretas, y ha asistido impertérrito al espectáculo de cómo éste derivaba hacia el independentismo. Por su debilidad política y sus errores y por la casi siempre injustificada dureza de las acciones del gobierno español y de los tribunales por éste controlados hacia la Generalitat y la autonomía catalana.

Que los sentimientos independentistas se hayan más que doblado demoscópicamente durante el actual gobierno del PP es una lacra que figurará para siempre en el historial político de Mariano Rajoy, por mucho que sus corifeos se esfuercen diariamente por ocultarlo. Y ese hombre hoy pide que se le vote para sacarnos del agujero en el que todos los españoles hemos caído. Es como para asustarse.

Los portavoces y los corifeos del PP, cuyos efectivos han crecido sospechosamente en estos últimos días, barajan alegremente de las acciones que el gobierno y el Tribunal Constitucional podrían adoptar para cortar de plano la osadía independentista. Se habla del artículo 155 de la constitución, olvidando que éste es poco más que una declaración de principios que carece de una articulación operativa. Se sugiere la posibilidad de suspender la autonomía e incluso de una intervención militar. Todo vale para tratar de demostrar que Rajoy es fuerte y que no va a ceder, para atraerse así el voto de los indecisos. No han hecho otra cosa en los últimos años y está demostrando que sólo saben jugar a eso. Al más burdo maniqueísmo, en el que el gobierno siempre es el bueno y los catalanes siempre los malos.

Muy pocos van más allá de eso y atisban el desastre que se está gestando. Se olvida que detrás de los actos de los políticos independentistas hay millones de ciudadanos comprometidos con su misma causa, por insensata que ésta sea. Que están dispuestos a resistir y que no van a cambiar de actitud, al menos durante un largo tiempo, por mucho que se les presione y se les amenace desde La Moncloa. ¿Alguien se ha parado a pensar las consecuencias que puede tener para la sociedad y para la economía, las catalanas y las españolas, la guerra abierta con una región tan importante y tan poblada como Cataluña? ¿Y más si esa guerra, aunque no sea armada, se produce también en su interior?

Nadie con dos dedos de frente y mínimamente distanciado del fragor de esa pelea puede ignorar esos peligros. Pero la inquietud creciente en el ámbito de los “neutrales” se ignora o se acalla desde el poder o, mejor dicho, desde los poderes, que la demagogia también está desatada entre los dirigentes independentistas. Y parece cada vez más difícil la creación de una “tercera vía”, de una fuerza de pacificación, una tarea que se debería haber emprendido hace tiempo, pero que nunca contó con muchos partidarios, porque se consideraba demasiado ardua y peligrosa. Tal vez ya sea demasiado tarde para intentar algo de ese tipo. Seguramente ya no hay más que dejar que las cosas corran a su aire, que el desastre se produzca hasta sus últimas consecuencias. Eso sí, con Rajoy en La Moncloa. ¿Para qué?