El historiador británico lamenta que en Cataluña haya un clima de división e intimidación

En una reciente entrevista con este periódico el profesor John H. Elliott, catedrático en Oxford, historiador eminente, amigo de Cataluña y de España, avisó de lo que le pasa a este país, ensombrecido aún por aquella manía del monólogo dictatorial que impuso el franquismo como una manera de ser. Ahora ya no hay dictador, pero ahí sigue esa oscuridad manejando los vicios peores de la peor política, la que no permite que las ideas del adversario perduren o se levanten, y mantienen como obligatorias las que emanan del poder.

Entre las advertencias históricas, y en cierta manera didácticas, del autor de Haciendo historia, el libro en el que glosa su pasión por contar qué pasó, Elliott explicó su preocupación por lo que pasa con la palabra nación, que en su país, Reino Unido, no escandaliza, porque así se llaman Escocia y Gales y no sucede nada del otro mundo, y aquí parece que prejuzga un futuro desmembrado. Como fui quien hizo esa entrevista y escuché muchas más cosas, que no solo grabé sino que transcribí, me siento ahora en la obligación profesional de excederme del espacio que tuve, una página de Cultura el pasado 27 de noviembre, para resaltar algo que me dejó profundamente impresionado pero que sobrepasó el espacio del que disponía.

Elliott es un hombre alto, enjuto, casi un árbol de sabiduría. Durante la conversación fue siempre profesional y juicioso; hubo un momento, sin embargo, al final de la conversación, cuando ya pasó de hablar de la historia estrictamente, la que comparten Cataluña y España, una de sus grandes pasiones, para referirse a la sensación que lo posee ahora sobre lo que pasa en este instante que aún no es historia sino síntoma.

Me dijo Elliott que sentía muchísima nostalgia de su tiempo en Cataluña, adonde llegó en la década de los cincuenta, y donde halló felicidad y amigos, como ha escrito en ese hermoso libro, Haciendo historia. Pero, ahora… Dijo el profesor, como si estuviera acariciando el pasado ya remotísimo de ese gozo, cuando le pregunté por su sensación ahora, como ciudadano que vivió una época hermosa de su vida en Cataluña: “Pues me da pena ver las divisiones dentro de la sociedad catalana, el papel de la intimidación en esa sociedad, el miedo de hablar con claridad sobre lo que estás pensando si no estás conforme con el movimiento secesionista, por ejemplo. Eso es lo peor de estos movimientos nacionalistas, que quieren acaparar todo y no dejan que los sensatos, que solo querrían emitir su opinión, puedan levantar la voz”.

Esa fue su lección civil; antes vino su lección de historia, que fue la que cupo en la página de EL PAÍS en la que el profesor Elliott contó, con el sosiego con que mira España, lo mucho que sabe del país al que quiere con la pasión que está en sus libros y en sus palabras.