• La declaración rupturista del Parlament es una bomba pero también una muestra de debilidad

Día a día vemos que los resultados del 27-S cuestan de digerir. Primero al independentismo, porque un 48,7% de los votos es mucho pero también insuficiente para proclamar que la independencia ha ganado el plebiscito. Y el resultado es peor porque Junts Pel Sí (JpS), la heteróclita coalición montada por Artur Mas y Oriol Junqueras para garantizar una mayoría arrasadora, no solo se ha quedado a seis diputados de los 68 de la mayoría absoluta sino que ha perdido nueve respecto a las anteriores elecciones. Y para colmo de las desgracias, el único aliado posible de JpS en su hoja de ruta -la asamblearia y anticapitalista CUP– no solo es un socio muy complicado sino que se opone a la investidura de Mas como presidente.

Artur Mas y Oriol Junqueras gritaron victoria la noche del 27-S, pero la realidad es que la apuesta había fallado, especialmente para Mas, porque no le basta la abstención de los 10 diputados de la CUP sino que necesita que dos de ellos voten a favor.

Pero la digestión también es difícil para las fuerzas políticas españolas y especialmente para el PP. Hasta ahora se podía decir que el independentismo era un tigre de papel, pero cuando obtiene en las urnas el 48,7% está a un paso de convertirse en un tigre real, quizás impotente para proclamar la independencia de Cataluña pero lo suficientemente fuerte para rasgar los cimientos del Estado. Un 48,7% ya no se puede tomar en broma y por eso el proyecto de declaración sobre el inicio del proceso de la independencia ha provocado tanto ruido y tanta angustia en Madrid.

La iniciativa ha partido de JpS que, junto a la CUP, ha presentado un proyecto de resolución que debe ser aprobado en el primer pleno del Parlament y que viene a ser un brusco telegrama que anuncia una pronta Declaración Unilateral de Independencia. El proyecto maximalista es una bomba contra el Estado pero también esconde con grandes frases la impotencia real del independentismo. Se dice que Cataluña desconectará del Estado y no admitirá el dictamen de las instituciones españolas pero, al mismo tiempo, el Parlamento parece que (debido a la distancia entre JpS y la CUP) puede ser incapaz de elegir un ‘president’. Un Parlamento que lanza un órdago de ruptura del Estado pero que es incapaz de elegir un ‘president’ -su primer deber- recuerda aquel dicho castellano de “perro ladrador, poco mordedor”. En realidad, el proyecto de resolución rupturista es radical pero obedece en parte a la necesidad de seducir a la CUP e inclinarla a votar la investidura de Mas. En el resto de España ha sido interpretado como un desafío fuerte, incluso brutal (y en parte lo es), pero es consecuencia también de la fragilidad y división del movimiento.

El empeño de Carme Forcadell en votar la moción maximalista el lunes

también quiere evitar que la noticia sea la no elección de Mas en primera votación

Y la insistencia de la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, que hasta hace poco presidía la ANC (Asamblea Nacional Catalana), en que la votación tenga lugar en el primer pleno, el lunes 9, primer aniversario del famoso 9-N, se debe también a la conveniencia de buscar un titular llamativo que tape lo que seguramente pasará y en otro caso sería la gran noticia del día: el fracaso de Artur Mas en la primera votación.

Y las posibilidades de que Mas sea elegido en segunda votación, 48 horas después, tampoco parecen altas. ¡Desafiar a España con la separación unilateral sin capacidad ni de elegir un ‘president’ que comande la operación suena ridículo! Y tanto si al final se tienen que convocar nuevas elecciones catalanas como si hay un acuerdo in extremis para votar otro político de CDCque no sea Mas, la operación puede fracasar. Tanto Neus Munté presidiendo la Generalitat porque la CUP se ha negado hasta el final a votar a Mas o unas nuevas elecciones en marzo -jugarse el ‘procés’ a la ruleta- serían admisiones públicas de impotencia que restarían capacidad de arrastre al independentismo.

Y la semana pasada este desánimo ha trascendido a la opinión pública al saberse que la mitad de los ‘consellers’ de Artur Mas, encabezados por el de Economía, el prestigioso Andreu Mas Collell, el de Territorio y Sostenibilidad,Santi Vila, y el de Justicia, Germà Gordó, uno de los dos miembros del Govern que formaron parte del nucleo de Artur Mas en la oposición -cuando la forzada travesía del desierto por el tripartito-, expresaron serias reticencias tanto al proyecto de declaración rupturista como a la alianza con una fuerza asamblearia de extrema izquierda como la CUP. Y la debilidad de Artur Masquedó patente en su respuesta: teneis razón pero no hay otra opción si no queremos ir a unas nuevas elecciones. Traducción: estoy atrapado porque la CUP es el único aliado posible.

Mas ha intentado esta semana fortalecerse haciendo aprobar “por unanimidad tras una fuerte discusión” la estrategia de alianza con los asamblearios, yFrancesc Homs, el ‘conseller’ de Presidencia, ha pedido incluso la destitución del ‘conseller’ (ha individualizado para señalar a su enemigo interno) al que atribuye la filtración. Y lo más probable es que la resolución se vote en el primer pleno de la nueva legislatura antes de la votación fallida para la elección de Mas como presidente.

El resultado del 27-S será de difícil digestión para el independentismo

porque no ha ganado el referéndum y no tiene mayoría para gobernar

Pero contrariamente a lo que el ‘agit-prop’ independentista va a proclamar, y que los medios políticos de Madrid van a comprar, el maximalista proyecto de resolución no es una demostración de fuerza sino que intenta ocultar un resultado insatisfactorio y la ausencia de una mayoría parlamentaria capaz de impulsar una acción política sólida.

El independentismo ha quedado tocado, pero el Gobierno del PP (e incluso el Estado) también tiene ante si una difícil digestión. La independencia de Cataluña es casi imposible en la Europa de 2015 pero qué hacer cuando un 48,7% -susceptible de ir a la baja pero también al alza- ha votado por la independencia. De momento, aplicar la ley con prudencia y proporcionalidad -como ha dicho por una vez acertadamente Mariano Rajoy-, pero luego qué. Ya puede el ministro de Exteriores, hombre inteligente y documentado pero que se cree Henry Kissinger -ni lo es, ni tampoco España es Estados Unidos-, afirmar que en Cataluña hay una sublevación que debe ser sofocada. ¿Después, qué? Ya puede decir la prensa conservadora que estamos ante un golpe de Estado, lo que hasta ahora se pensaba que solo podían hacer los militares, cuando estamos a punto de presenciar otra cosa diferente: la sublevación de un Parlamento electo que se erige en asamblea revolucionaria.

Al final, el conflicto con Cataluña solo podrá resolverse -o conllevarse, como apuntaba con lucidez Ortega y Gasset- si en Cataluña se forma una mayoría de gobierno no independentista. Y de esa mayoría no independentista estamos muy lejos. El PP ha pasado de 19 a 11 diputados y Ciudadanos ha crecido mucho, de nueve a 25. Pero Ciudadanos tampoco aporta la solución porque es la reacción de los no independentistas y poco catalanistas a los excesos de CDC y ERC. Por eso seguramente encauzar el conflicto catalán implica -como predican desde la derecha Duran i Lleida y desde la izquierdaMiquel Iceta– el retorno a opciones no independentistas de una parte del nacionalismo catalán. Difícil pero no imposible si se comprueba que la vía Mas conduce al fracaso, o a un nuevo episodio Companys (el presidente de la Generalitat que en octubre del 34 proclamó por unas horas la República catalana dentro de la República Federal Española y poco después se rindió al general Batet).

Pero la reversión no es imposible. CDC no abrazó el independentismo hasta la sentencia del Tribunal Constitucional de junio de 2010 sobre el Estatut, y ERC estuvo trabajando de 2004 a 2006 en el Estatut junto al PSC. En realidad, ERC se apartó de la vía estatutaria tanto por la indiscutible radicalidad de sus bases como porque la indujeron (para romper el tripartito) tanto Artur Mas comoRodríguez Zapatero cuando pactaron las correcciones con las que el Parlamento español iba a ‘cepillar’ el Estatut que ya había aprobado el Parlamento catalán.

Rajoy hace bien al asegurar una respuesta prudente pero a medio plazo no habrá solución

sin una mayoría catalana capaz de exigir y pactar mayor autogobierno

Podemos extraer pues dos grandes conclusiones. Primera: el independentismo no ha ganado y tiene una hoja de ruta muy complicada, agravada además por la falta de mayoría parlamentaria y las disensiones internas. Para ocultar su derrota, impulsa precipitadamente una declaración maximalista que se convertirá en papel mojado si luego es incapaz de elegir un ‘president’ que pueda seguir liderando el separatismo.

Segunda: España -en especial el Gobierno del PP- tiene un problema porqueha ninguneado las demandas catalanas y de repente se topa con el 48,7% de los electores catalanes, 20 puntos más de separatistas de los que había cuando Rajoy ganó las elecciones en 2011. Aplicar la ley de forma proporcionada es lo correcto a corto plazo pero el problema de fondo solo se puede encauzar a través de un pacto con una mayoría catalana que quiera más autogobierno dentro de España. Y esa mayoría exige la presencia, junto a Duran y el PSC, de personalidades y sectores de CDC (y también de ERC) que hasta hace poco o no eran separatistas o no hacían de la independencia su programa mínimo y a corto plazo.

Digerir el 27-S será duro para el independentismo, porque implica reconocer que no tiene suficiente fuerza para separar a Cataluña de España, pero también será complicado para Madrid, porque aplicar la legalidad solo es válido a corto. A medio y largo plazo hay que pactar con una mayoría catalana que exija y obtenga más y mejor autogobierno, algo que rompe los esquemas de la derecha española.