• Cuando los soberanistas quieren señalar las virtudes de su propio relato prefieren subrayar sus cualidades movilizadoras. “Es un relato ilusionante”, repiten casi indefectiblemente

Para quienes llevábamos tiempo intentando reflexionar sobre cuestiones como la de la naturaleza narrativa del conocimiento, la tendencia a interpretar en clave de relato no solo las acciones humanas sino también a sus propios protagonistas, y otras cuestiones más o menos afines, ha constituido una relativa sorpresa la notoriedad que han ido adquiriendo de un tiempo a esta parte todos esos términos -particularmente el de relato- en el lenguaje político. Deberíamos haber reparado en que esa era la tendencia cuando, a raíz de la progresiva desaparición del terrorismo en el País Vasco, empezaron a convertirse en frecuentes, por parte de profesionales de la cosa pública, afirmaciones del tipo “la cuestión es quién se queda con el relato de las víctimas”, “no hemos sabido construir un relato inclusivo”, etc.

No me cuesta lo más mínimo entender que, según en qué términos se planteen las cosas, a mucha gente en Cataluña le produzcan un notable estupor tales planteamientos, en la medida en que los mismos parecen desprender un intenso aroma relativista (tipo “todo depende de cómo se cuenten las cosas”). Es más, creo que aquel estupor se encontraría bastante justificado, no tanto porque no quepa defender una idea de relato compatible con la idea de verdad o la de objetividad, como por el uso que de dicha idea se viene haciendo de manera incontinente entre nosotros.

Porque, a diferencia de lo que ha venido ocurriendo en el País Vasco, donde se explicitó desde el principio que en gran medida era la hegemonía por el relato lo que se encontraba en cuestión, en Cataluña esto mismo no se ha producido, de tal manera que lo que en realidad ha sido siempre tan solo un relato, esto es, una determinada manera de narrar los hechos llevada a cabo desde una determinada perspectiva (legítima, pero perspectiva al fin), se ha venido presentando como una descripción fiel y veraz de los acontecimientos, susceptible por tanto de ser universalmente aceptada, con independencia de las particulares opciones ideológico-políticas de cada cual.

Los que localizan en las campañas anticatalanas del PP su conversión al independentismo

olvidan que este partido fue el primer socio del gobierno de Artur Mas

Consumado el escamoteo, ha sido coser y cantar la tarea de disponer los elementos de dicha narración en el orden más conveniente a los propósitos del narrador: a fin de cuentas, lo que se pretendía con ella era obtener un máximo de eficacia propagandística. Y así, por señalar apenas unos pocos detalles del relato que ha terminado por imponerse en el espacio público catalán, se ha venido denunciando el famoso cepillado del Estatut (Alfonso Guerra dixit) como la enésima humillación a la voluntad del pueblo catalán pero se ha omitido que el texto que finalmente se sometió a referendum en Cataluña fue pactado con Zapatero precisamente por Artur Mas. También ha ocurrido con frecuencia que algunos de los que se dedicaban a clamar por el hecho de que se le enmendara la plana a la libre decisión de la ciudadanía catalanapresentando ex post facto un recurso de inconstitucionalidad escondían el dato de que ellos defendieron la abstención respecto a un texto estatutario que ahora, sin el menor rubor, declaran añorar. Por su parte, otros parecen haber olvidado el tibio (por ser generosos con los adjetivos) respaldo ciudadano que obtuvo el Estatut en aquel referendum.

Asimismo, no faltan los que sitúan en el origen del actual procés la tristemente famosa sentencia del TC, pero silencian que las campañas a favor del derecho a decidir (aunque sólo “en infraestructuras”, se puntualizaba entonces) se habían iniciado unos cuantos años antes. O, en fin, los que localizan en las campañas anticatalanas del PP su repentina conversión al independentismose diría que no recuerdan que este partido fue el primer socio del gobierno de Artur Mas, sin que en hemeroteca alguna se tenga constancia de manifestaciones en las calles, convocadas de manera espontánea por ciudadanos soberanistas completamente escandalizados y enfurecidos por la alianza de los suyos con tan repulsivo socio.

La trampa del recurso al relato es aprovecharse de él para poner a salvo de

cualquier confrontación aquello que exige ser justificado mediante argumentos

Pero estaríamos confundiendo a los lectores si con lo anterior pareciera que pretendemos deslizar un reproche a la idea de relato en cuanto tal cuando, en realidad, a donde el reproche apunta es a sus usuarios, que se sirven de un recurso técnico, el narrativo, que en sí mismo no es bueno ni malo, en su propio provecho. Porque es cierto que en el relato el sentido ya está en el origen, precede al despliegue de los acontecimientos por narrar, los cuales, a fin de cuentas, no hacen otra cosa que satisfacer la expectativa previa. Cuando alguien lee en la faja que abraza un libro frases tales como “la historia de una pasión”, “relato de una ambición” u otras de parecido tenor, en cierto modo descuenta la interpretación de lo que le espera, interpretación o sentido que constituye precisamente la premisa anunciada sobre la que se sustenta el orden del relato por entero. El relato, en definitiva, no está para demostrar nada, sino para ratificar, ilustrándolo, un conjunto de convencimientos previos. La trampa, en consecuencia, del recurso al relato consiste en aprovecharse de él para poner a salvo de cualquier confrontación precisamente aquello que exige ser justificado mediante argumentos.

Resulta significativo a este respecto que cuando los soberanistas quieren señalar las virtudes de su propio relato no acostumbran a destacar ninguna relacionada con su adecuación a la realidad, o con su capacidad para iluminar lo que hasta ese momento permanecía en la oscuridad de lo incomprensible, sino que prefieren subrayar sus cualidades movilizadoras. “Es un relato ilusionante”, repiten casi indefectiblemente. Según parece, estas son las únicas cualidades que consideran relevantes en él. O tal vez sea que en momentos de lucidez se digan a sí mismos: ¿para qué exigirle al relato otras cualidades, con lo arriesgado que resultaría tener que someter luego a crítica aquella confortable versión de las cosas en la que todo cuadraba?