A Convergencia le llegó su hora. Fue creada en 1974 por Jordi Pujol a su imagen y semejanza y sucumbe 47 años después, ahogada en el inmenso pantano de corrupción que creó y amparó. Su líder, Artur Mas, nada a contracorriente, intentando sobrevivir a toda costa.

Según el comunicado de su asamblea fundacional, Convergencia Democrática de Catalunya (CDC) nació formalmente “a partir de una federación y articulación de tendencias con vista a la realización de un programa político en una línea de centroizquierda”. O sea, un cónclave de parentelas más bien oportunista que necesitaban marcar territorio ante el ocaso franquista. Todo ello, bajo la batuta de Jordi Pujol, el “amo”.

Maniobrando a codazos, recosiendo retales políticos -entre los que no faltaron sectores catalanes afines a la UCD de Adolfo Suárez– Pujol utilizó, y se desprendió de ellos cuando le hizo falta, personajes como Ramon Trias Fargas y Miquel Roca; se reclamó del “catalanismo moderado” y hasta se atrevió a calificar su partido como de “centroizquierda”. Todo ello, desde la cultura del toma y daca (cambalache) que, según se ha puesto de manifiesto a lo largo de toda la historia de CDC, consistió en venderse al mejor postor y así obtener los correspondientes réditos. Cosa, que bendita inocencia, se revistió de pactismo por la gobernabilidad, de “seny” puro y duro.

Así, Convergencia -que no dudó, por ejemplo, en rechazar en su momento un modelo fiscal asimilable al concierto vasco para Catalunya porque así era más fácil beneficiarse- tras su apariencia de “partido de orden”, fue convirtiéndose en una máquina de lucro, en el consejo de administración de un grupo social depredador, voraz, que percibió la recuperación de las libertades democráticas, la autonomía de Catalunya, como un auténtico chollo.

A lo largo de décadas, Convergencia propaga, de manera personal y colectiva, públicas virtudes mientras profesa vicios privados. Y no es casual, ni siquiera una patología. Responde a una forma de entender la vida y las cosas, en la que el ser humano ha nacido para el dinero y todo, absolutamente, todo, está supeditado a él. Así es Pujol, así es su familia, así es su partido y así son sus círculos de poder.

En este estado de cosas poco tiene de extraño que el robo bajo cuerda, el 3%, el conchabarse en los negocios discurra en paralelo con el recorte de los servicios públicos o la venta del patrimonio a precios de ganga. Todo forma parte de lo mismo. Constituye un fenómeno que se ha dado en llamar “sistémico”, es decir, que conforma un sistema o, dicho de otro modo, que resulta estructural y no coyuntural.

Y cuando las cosas empiezan a ponerse feas, Convergencia hace luz de gas, intenta persuadir a la gente de que la realidad está equivocada, y para ello, imitando a sus correligionarios de laLiga Norte, recurre a lo de “España nos roba”. No es casual. CDC habla de lo que sabe. Y, de la noche a la mañana, los recortes, la dilapidación de lo público, los intereses comunes pasan a un segundo plano. Convergencia ha conseguido lo inconseguible: desmovilizar a una opinión pública que empezaba a revolverse contra los recortes y sus autores. Y lo ha hecho al modo de losChicago boys, noqueando a una ciudadanía perpleja y atemorizada por los efectos de la crisis. Solo un milagro, como decía Georg Lukacs, nos sacará de ésta.

Siguiendo la estela del amo, CDC se inventa el milagro según el manual del perfecto oportunista. Mete el dedo en la llaga de la identidad de Catalunya e intenta apropiársela, como ha hecho con todo, en beneficio propio. Sin mediar palabra, sin siquiera recogerlo en su programa o estatutos, Convergencia se acuesta autonomista y se despierta independentista. Marchándonos de España, proclama, haremos un país nuevo. ¿Por qué nuevo? ¿Para enterrar, como Fortinbrás -con todos los ritos y bien profundo el cuerpo de Hamlet- la corrupción? ¿Para hacer que todo cambie para que nada cambie? Y, además, es imposible que un país se haga nuevo, a no ser que, como el mito del ave fénix, renazca de sus cenizas.

Y en este devenir (pulvis es et in pulverum revertis), Convergencia anuncia su muerte que, como la del vampiro, no es tal. Se reencarna en Democràcia i Llibertat, una denominación vulgar, emparentada con el xenófobo UKIP inglés. Y para rizar el rizo, lema oportunista donde los haya: “Un nuevo partido para un nuevo país”. Y lo que nació como movimiento renace como movimiento: democristianos, liberales y socialdemócratas. Todos juntos. Así, a río revuelto, ganancia de pescadores.