• Algún día conoceremos la explicación real de este extraño cambio en la Presidencia de la Generalitat. Una explicación que poco o nada tiene que ver con el supuesto “sacrificio” de Mas sino con el espanto existente en su partido

De forma sin duda inesperada para casi todos, cuando prácticamente se había superado ya el tiempo de descuento y previa una urgente convocatoria de legalidad más que discutible, el pasado domingo se vivió en Cataluña el por ahora último episodio del cada vez más raro “proceso de transición nacional” emprendido por Artur Mas. Un por ahora último episodio que ha consistido en la todavía inexplicada sustitución del propio Mas por un nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.

Algún día conoceremos la explicación real de este extraño cambio en la Presidencia de la Generalitat. Una explicación que poco o nada tiene que ver con el supuesto “sacrificio” de Mas sino con el espanto existente en su partido, CDC, tras conocer encuestas que les daban apenas 20 escaños en unos nuevos comicios autonómicos a celebrar el próximo 6 de marzo, situándose como cuarta o quinta fuerza en el Parlamento de Cataluña.

A pesar de la grave humillación sufrida de forma pública por la CUP, lo más grave para esta formación de izquierda radical, ciertamente independentista, pero sobre todo de carácter asambleario, anticapitalista y antieuropeísta, es la definitiva pérdida de su hasta ahora incuestionable coherencia política. Se han cobrado la cabeza de Artur Mas, pero el coste parece excesivo: fin de su virginidad política y supeditación parlamentaria al garantizar la estabilidad del Gobierno presidido por Puigdemont, con el compromiso de no pactar nada con las restantes fuerzas de la oposición, así sometidas a una suerte de “cordón sanitario” con resabios del infausto Pacto de Lizarra y, por tanto, con el frentismo como estandarte.

Y es que el problema sigue siendo el mismo de siempre, como mínimo desde que conocimos los resultados de las elecciones catalanas del pasado 27-S. Aunque en el Parlamento de Cataluña hay una mayoría absoluta independentista de 72 escaños entre un total de 135, solo el 47,8% de los votos fueron a favor de la secesión, frente al 52,2% que rechazaron esta opción. Alardear con estos datos de “legitimidad democrática” o de “mandato democrático”, como hizo Artur Mas y como sigue haciendo aún Carles Puigdemont, es solo una nueva demostración de la vergonzante mascarada en que se ha convertido ya la política catalana.

Quienes llevamos tiempo afirmando que ni Artur Mas ni Mariano Rajoy serían nunca capaces de acabar con la sinrazón de su eterno y cansino diálogo de sordos, tenemos ahora alguna esperanza. La esperanza de que un cambio en el Gobierno de España, con una alianza progresista y de centro-izquierda con la firme voluntad de liderar un gran programa de reformas, comenzando por la imprescindible y urgente reforma de la Constitución, haga posible un diálogo que abra la negociación necesaria para alcanzar un gran pacto de convivencia. Para ello, todo hay que decirlo, no basta con la voluntad de una de las partes sino con la exigencia de que esta voluntad sea compartida por todas las partes. ¿Será capaz el nuevo presidente Puigdemont de aceptar con todas sus consecuencias los resultados del 27-S?