Fernando Ónega, como quien no dice nada, apuntaba el sábado pasado: “Catalunya es una línea en las ofertas de pacto”. En el caso del PSOE, una línea indeterminada: “Revisión del Título VIII [de la Constitución] y los preceptos conexos. Desarrollar concepto de Estado federal”. En el caso del PP y de Ciudadanos, una línea roja: rechazo del proyecto soberanista y de toda consulta o referéndum. Y en el caso de En Comú Podem, la franquicia catalana de Podemos, una línea roja en sentido contrario: el derecho a decidir es la condición sine qua non para el plácet a un programa de gobierno.

Entre tanto, el catalanismo político, el juego de la catalanidad, que era “inseparable del intervencionismo hispánico”, en expresión de Jaume Vicens Vives, ha quedado en fuera de juego. Sí, es una línea en las ofertas de pacto para formar gobierno en España. ¿Qué ha ocurrido para que el catalanismo, que tuvo dos representantes en la ponencia constitucional (Roca y Solé Tura), esté ahora casi ausente? La respuesta la ha dado el propio soberanismo: ha pasado pantalla, es decir, ha abdicado de la tarea de hacer de España un Estado apropiado a las necesidades de Catalunya y ha apostado por hacer de Catalunya un Estado propio.

El punto de no retorno fueron las elecciones plebiscitarias del 27-S, con un resultado perverso para el catalanismo histórico: Artur Mas no sólo perdió el plebiscito, sino que al tensar emocionalmente al electorado catalán situó a Ciudadanos como segunda fuerza en el Parlament: por primera vez el primer partido de la oposición no formaba parte de la tradición catalanista. Hizo dominó con el seis doble. La prueba de que el carácter dual del 27-S –el sueño de la independencia frente a la pesadilla de la secesión– encumbró al partido de Albert Rivera la dio el resultado de las generales del 20-D: Ciudadanos pasó en menos de tres meses de la segunda a la quinta posición (del 18% al 13%). Las cuatro fuerzas emparentadas con la tradición catalanista se situaron por delante: En Comú Podem, ERC, PSC y DiL (CDC), por este orden.

Sin embargo, el 27-S y la posterior decla­ración de desconexión del 9-N certificaron la defunción de la unidad de acción de las fuerzas del catalanismo histórico. Y aquí estamos. De puertas adentro, con un president, Carles Puigdemont, que ha recibido el encargo de su predecesor de liderar una independencia exprés en 18 meses, que sabe que es una misión imposible, y con un margen de maniobra limitado: el propio Mas se encarga de tutelarlo, así en la escena pública como en el partido. Y de puertas afuera, donde el proceso de desconexión ha dejado a CDC y ERC (17 diputados) en un papel residual en Madrid, en contraste con la función arbitral del PNV con sólo seis diputados.

Así las cosas, desde Catalunya, me temo que todo quede en agua de borrajas: un proceso que se sabe de antemano que no puede culminar en el tiempo fijado y sólo una línea en los pactos que se puedan forjar en Madrid. El president Puigdemont citó a Gaziel en su toma de posesión. Yo le brindo otra cita de Agustí Calvet: “Si yo gobernase en Catalunya, en estos momentos, lo sacrificaría todo, absolutamente todo, a la unión de los catalanes”.