• Convergència no busca ahora el pacto con otros partidos en el Congreso porque carece de fuerza suficiente para ello

El pasado fin de semana, Artur Mas publicó un artículo en un diario barcelonés en el que señalaba que, históricamente, el nacionalismo catalán había sido fiel colaborador de la gobernabilidad española porque había tenido siempre una idea de España. En cambio, España no tenía una idea de Cataluña. Para Mas, España es una en este asunto, de modo que no cabe distinguir entre gobiernos de derechas o de izquierdas. Todo ha sido igual y todo será igual en el futuro. Así las cosas, ¿para qué preocuparse de influir en el gobierno? Al final, lo único que cabe es un pacto de secesión que solo se dará en la medida en que el separatismo tenga suficiente fuerza. Todo un razonamiento que busca convencer al futuro votante de la conveniencia de votar las opciones independentistas a la vez que evita reconocer una obviedad: el nacionalismo catalán no busca el pacto con otras fuerzas en el Congreso porque carece de fuerza suficiente para ello. En especial Convergència, porque Esquerra fue siempre (un siempre que abarca un par de décadas) más reacia a participar en la gobernabilidad española.

La participación de Mas en el debate político de urgencia, apenas 24 horas después del encuentro escenificado entre Carles Puigdemont y Mariano Rajoy, contribuye a resaltar algunos de los problemas de su partido: no se sabe quién dirige el presente, y el órdago de declarar la independencia en 18 meses tampoco aclara los pasos a dar ni el proyecto político de Convergència a corto y medio plazo.

Sí están concernidos

Pese a las afirmaciones de que las elecciones generales son cosas de los otros, según repiten una y otra vez los dirigentes de CDC y de ERC, lo cierto es que ambos partidos miran hacia el 26 de junio con objetivos definidos y voluntad de triunfo. Convergència, consciente de su debilidad en el presente, sugiere repetir la coalición entre ambas formaciones. Esquerra, en cambio, prefiere acudir a las urnas en solitario y mostrar de nuevo que es la primera fuerza independentista en Cataluña. Su problema, sin embargo, es que el aglomerado que integra el partido de Ada Colau, más Podemos, más lo que queda de ICV, puede repetir la victoria alcanzada el pasado 20 de diciembre e incluso aumentarla. Porque esa formación sí confiesa que pretende influir en el futuro gobierno español. Y, contra lo que sugiere Artur Mas, forma parte de la España que sí tiene proyecto para Cataluña. De hecho, en unas declaraciones a El Periódico, Lluís Llach apuntaba hace unos días que si él no fuera catalán probablemente votaría a Podemos por ser una fuerza con algún tipo de proyecto territorial para el conjunto de España.

La voluntad de tener peso en el futuro gobierno español

será un factor importante en la carrera electoral

De modo que la voluntad de tener peso en el futuro gobierno español será un factor importante en la carrera electoral si finalmente hay nuevas elecciones, al margen de que la menor influencia de Convergència lleve a sus dirigentes a remedar la fábula de la zorra y las uvas y a señalar que no les interesa lo que no pueden alcanzar.

Conocidas las intenciones del PP, cada vez más marginal en Cataluña, y las del bloque situado en torno a Colau, queda por decidir el papel de otras formaciones y su capacidad para modificar los resultados de diciembre. Por una parte, los socialistas, amenazados por los votantes de izquierdas que rechazan un pacto con Ciudadanos, pero amenazados también por la derecha, por Ciudadanos precisamente. Sobre todo después de la aparición del manifiesto del colectivo Koiné defendiendo la imposición del monolingüismo en Cataluña, en detrimento del castellano. Hasta ahora, Ciudadanos había utilizado el argumento lingüístico de forma central. Pero su repercusión no era importante porque no había problema lingüístico real. La irrupción de Koiné anunciando que el futuro de Cataluña pasa por tratar al castellano como a cualquier otra lengua extranjera confirma lo que muchos se temían: que detrás de las proclamas secesionistas había también un concepto de país que excluye a los diferentes, incluidos los castellanohablantes, definidos en el manifiesto como instrumento involuntario de colonización lingüística. Y esto da alas a Ciudadanos en detrimento de los socialistas, considerados más tibios en la cuestión idiomática.

“No a todo”

Hace unos meses, en la carretera que va de Montserrat a Barcelona, había una valla publicitaria en desuso sobre la que alguien había pintado una consigna: “No a todo”. La convocatoria de elecciones en junio tendría una virtud: poner fin a la política de ese no a todo en la que se han venido moviendo unos y otros, fingiendo, salvo la CUP, que en realidad buscaban el acuerdo en todas las materias, de modo que la culpa de que no hubiera pacto era siempre del contrario.

El triunfo de la derecha (PP y C’s) dejaría al independentismo

sin más vía de actuación que la protesta callejera

Que la gobernabilidad de España importa a los catalanes solo lo cuestiona de verdad la formación anticapitalista que ni siquiera se presenta a las elecciones. Para el resto de partidos, en cambio, es un asunto capital. La posibilidad de que se produjera un triunfo de la derecha (entendiendo por tal PP y Ciudadanos) dejaría al independentismo sin más vía de actuación que la protesta callejera. Una posibilidad que puede atraer a la Asamblea Nacional Catalana, pero que sería rechazada de plano por amplias capas de la población, con el empresariado en primer lugar. Mas y Junqueras pueden utilizar las manifestaciones como argumento, pero no como peso a poner en la balanza negociadora. Hoy por hoy, unos y otros prefieren los votos.