La reciente encuesta de Gesop es una primera muestra del panorama político y social que emerge en Cataluña tras el tsunami soberanista. Dos conclusiones merecen destacarse. La primera es que quienes provocaron la tormenta han sido devastados por la avenida. La segunda, que el denominado ‘procés’ se ha sustentado en un análisis superficial, interesado y coyuntural de la realidad catalana. El photoshop secesionista no da para ocultar la realidad subyacente, producto de siglos de convivencia.

Pasar de 62 diputados a unas expectativas de 20 en seis años, como consecuencia de un cambio estratégico promovido por la propia CDC, es una hazaña digna de incluirse entre los record Guinness. Pero lo más relevante no es la destrucción de un partido político sino el hecho de que la clase social que representaba, la burguesía catalana –clase social identificada con el orden, la legalidad y la propiedad privada–, ha perdido la dirección del país dejándolo en manos de quienes el propio Homs dice que tienen políticas “catastróficas” que nos dejarían “pelados y sin sonrisa”.

La encuesta también nos muestra la debilidad de fondo del movimiento secesionista. Sólo el 21% de los encuestados avala la hoja de ruta que prevé la independencia en 18 meses. Son más los que piden que se olvide la independencia –el 36,3%– que los que piden un referéndum –34,1%–, y eso teniendo en cuenta la indefinición del concepto y que sus principales defensores, Podemos y Barcelona en Comú, se declaran no independentistas. El 72% por ciento defiende la cooficialidad de catalan y castellano y, si se preguntara a los catalanes si prefieren que en la escuela se enseñe sólo en catalán o en catalán y en castellano –ahora tratado como una lengua ‘extranjera’–, la respuesta sería la misma, como se puso de manifiesto en la encuesta encargada por SCC el año pasado.

Así pues, el reflujo secesionista nos muestra una Cataluña en la que la dirección del proceso está en manos de quienes no creen en el Estado de derecho y defienden la desobediencia y la confrontación. En quienes no creen en la iniciativa privada, otrora signo de identidad de los catalanes. En quienes miran a Kosovo como un referente para Cataluña. Nos muestra también que hemos vivido una “burbuja independentista” producto de su impulso desde el Gobierno y los medios de comunicación que apenas ha cambiado la realidad sociológica catalana.

Mas decidió abrazar el independentismo porque pensó que le protegía frente al desgaste de la crisis. Pero lo hizo sin valorar correctamente ni la fuerza de su partido ni su capacidad de liderazgo. También sobrevaloró los cambios sociales producidos por las políticas de ingeniería social impulsadas por el nacionalismo durante décadas, apoyándose esencialmente en la escuela y los medios de comunicación.

La encuesta no refleja todos los daños ocasionados por el tsunami. Quedan por evaluar los perjuicios económicos y las heridas en las relaciones familiares y de amistad. Y, a partir de ahí, habrá que ver cómo se recompone la situación para que como país superemos una etapa que nos deja más divididos, menos preparados para competir en un mundo global, con evidentes déficits democráticos y con notables riesgos de radicalización. En conclusión, actualmente Cataluña es un país peor que hace seis años. Toca reconstruirlo aunque, a día de hoy, no veo estadistas entre nuestros políticos capaces de, al menos, intentarlo.