• Los anticapitalistas podrían no apoyar los presupuestos y abocar a nuevas elecciones en seis meses

Domingo 22 de mayo. Teatro de la Pasión, Esparraguera (Barcelona). La CUP celebra una asamblea, la primera masiva tras la ya lejana del 27 de diciembre que sirvió para empatar ante el dilema de aceptar o no a Artur Mas como presidente. Las expectativas esta vez eran menores, hasta el punto que, frente a los más de 3.000 inscritos de entonces, el domingo solo había 800 asistentes. Pero saltó la liebre: se aprobó una enmienda que insta al secretariado a liquidar el pacto con Junts pel Sí, dado que no sirve para avanzar hacia la independencia de Cataluña y frena el crecimiento de la formación por la izquierda. La decisión de la CUP se producía apenas 24 horas después de que Convergència votara su conversión en otro partido del que nadie sabe el nombre ni el ideario ni el futuro. Eso sí, se sabe que cuenta con Artur Mas, que, paralelamente, anunció que si en las elecciones autonómicas de septiembre ocupó el número cuatro, en las próximas al Congreso figurará en el último lugar. Bien escondido.

En el fútbol

El órdago de la CUP pilló a Convergència y Esquerra en fuera de juego, concentrados en la batalla de las esteladas y en el partido de fútbol que el Barcelona jugaba en Madrid frente al Sevilla. Los dirigentes independentistas se sentían eufóricos, encantados del fuelle que les dio la delegada del Gobierno en Madrid.

No se esperaban que fuera la CUP, un supuesto aliado, quien les pinchara el globo de la ilusión. Sobre todo porque se estaba en vísperas de un asunto crucial: la presentación del proyecto de presupuestos y especialmente Oriol Junquerasconfiaba en que sería capaz de convencer a los anticapitalistas de que ayudaran a su aprobación en el Parlament con un voto positivo. Para ello, los republicanos llevaban unas semanas señalando su disposición a recuperar algunos impuestos que suprimió Convergència y sugiriendo la posibilidad de elevar la tasa autonómica del IRPF a las rentas superiores a 90.000 euros y rebajar el impuesto a las más bajas. Junqueras ha cedido también en dos cosas: incluir una partida de 270 millones para gasto social y recuperar impuestos suspendidos por el Tribunal Constitucional. No lo ha hecho, en cambio, como pretendía la CUP, con los que este Tribunal ya ha anulado.

Los militantes de CDC votaron su conversión en otro partido

del que no se sabe su nombre, su ideario ni su futuro

Las condiciones

Y en estas, en el teatro donde cada año se representa la pasión de Jesús de Nazaret, la CUP aprueba la crucifixión de Junts pel Sí y anuncia que el pacto está roto por incumplimiento del Gobierno catalán y que los presupuestos no tienen porvenir porque no sirven ni para avanzar hacia la independencia ni para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos. Y, para que no se les diga que se quedan en la pura negativa, sugieren dar pasos decididos en ambos frentes: recuperar todos los tributos anulados por el Tribunal Constitucional y convocar un referéndum antes de enero del próximo año.

El lunes, Artur Mas acudió a la emisora gubernamental, Catalunya Ràdio, para ser obsequiosamente entrevistado. En teoría, iba a hablar de la pasión, muerte y resurrección de Convergència, pero tuvo que enfrentarse al desafío hecho público por la CUP. Su opinión quedó clara: si la CUP no da su voto a los presupuestos, la legislatura se puede dar por terminada. Y añadió que el presidente Carles Puigdemont estaba de acuerdo con esa interpretación. Aunque hay un problema técnico: la ley no permite anticipar las elecciones ya, habría que esperar hasta principios del año que viene.

El independentismo está cansado y dividido, salvo Esquerra.

Están divididas la CUP, Convergència y la ANC

Con más votos, desconexión

Para desencallar la situación, Mas sugirió que esas nuevas elecciones tuvieran (otra vez) carácter plebiscitario, como las de septiembre de 2015. En esta ocasión, y dando por sentado que el gobierno central (sea el que sea) no autorizará un referéndum sobre la independencia, lo que se contaría serían los votos y no los escaños. Si hubiera más del 50% de votos a favor de partidos independentistas, se procedería a la desconexión, en caso contrario, habría que esperar a una ocasión mejor.

Mas, aunque muy crítico con la organización anticapitalista, se mostró relativamente moderado. Sobre todo si se compara su intervención con otras anteriores en las que se refería a ellos de modo agresivo y despectivo. Pero era evidente que la CUP tenía que ser descalificada. Se encargó de ello Francesc Abad, miembro del secretariado de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), otra organización independentista paragubernamental que ha renovado su junta estos días. Abad calificó a la CUP de “chusma”. Horas después, Jordi Sánchez, renovado como presidente del la ANC exigía y lograba su dimisión.

Y es que tiene razón la CUP cuando afirma que el independentismo está cansado. Cansado y dividido, en todas sus organizaciones, con excepción de Esquerra Republicana, que parece estar tocando el cielo desde el pedestal del Gobierno.

Está dividida la CUP entre quienes creen que la actuación en las instituciones no puede ser la misma que en la calle. Está dividida la ANC, cuyos miembros, por segunda vez, han votado de forma mayoritaria para la presidencia a Liz Castro, sin que sirviera de nada porque luego el secretariado de la organización se ha inclinado por Sánchez. Está dividida Convergència, donde conviven independentistas conversos con otros de toda la vida y, sobre todo, gente que sabe que su sueldo depende de un cargo vinculado a cierto lugar en la lista electoral. De ahí que la batalla entre las diversas tendencias sea sorda y callada y que, de momento, todos respeten públicamente la figura de Artur Mas, ya que su apoyo pude resultar decisivo entre la militancia.