• En Cataluña llevamos ya más de seis años perdidos. Desde que legara Mas vivimos encerrados en el llamado “proceso de transición nacional”

En Cataluña llevamos ya más de seis años perdidos. Desde que en enero de 2010 Artur Mas recuperó para CiU la Presidencia de la Generalitat vivimos encerrados con un solo juguete, en un ejercicio de ensimismamiento permanente consistente en el llamado “proceso de transición nacional”.Sin prestar apenas atención a los muchos y muy graves problemas sociales, económicos, políticos y de todo tipo que aquejan a sectores cada vez más amplios de la sociedad catalana, llevamos estos años con “el proceso” como monotema único, exclusivo y obsesivo. Cuando Mas sustituyó al socialista José Montilla CiU contaba con 62 diputados y fue investido presidente gracias a la abstención del PSC, para pasar a gobernar con el apoyo parlamentario del PP. Dos años después Mas convocó elecciones anticipadas y CiU consiguió solo 50 escaños y, con ERC como socio, emprendieron esa huída a ninguna parte que era la consecución de la independencia de Cataluña por la vía rápida. En diciembre de 2015 la candidatura conjunta de CDC y ERC, Junts pel Sí, no solo no consiguió la mayoría absoluta de votos que todo plebiscito requiere, sino que únicamente obtuvo 62 escaños, los mismos que CiU había logrado en solitario cinco años antes. No obstante, con una tozudez digna de mucho mejor objetivo, en lugar de reconocer la evidencia de la pérdida del plebiscito se empeñaron en proseguir con su hoja de ruta y para ello recurrieron al apoyo de la CUP, una formación también independentista pero que se encuentra ideológicamente situada en las antípodas tanto de CDC como de ERC, puesto que se trata de un partido antisistema.

“El proceso” como monotema único, exclusivo y obsesivo

sin prestar apenas atención a los muchos y muy graves problemas

sociales, económicos, políticos y de todo tipo

A pesar de haber sacrificado el liderazgo de Artur Mas y haber colocado en su lugar a Carles Puigdemont, a pesar de haber suscrito y votado una infumable declaración de desobediencia institucional y de haber aceptado una y otra vez las exigencias de la CUP, en estos últimos meses el conjunto de la vida política catalana se ha convertido en un despropósito permanente. La CUP, coherente con su condición de formación antisistema, se niega ahora a retirar su enmienda a la totalidad al proyecto de Presupuestos de la Generalitat para 2016 –sí, para un ejercicio presupuestario que está a punto de entrar ya en su segundo semestre…-, y esta previsible derrota parlamentaria del gobierno presidido por Puigdemont, unida a las más de sesenta derrotas parlamentarias previas causadas por la CUP, será la máxima representación de la imposibilidad de una mayoría contra natura como ha sido siempre la de Junts pel Sí con la CUP.

Puestos en esta tesitura, ya sería hora que el presidente Carles Puigdemont, su vicepresidente y consejero de Economía Oriol Junqueras, todo su gobierno y tanto CDC como ERC entrasen de una vez por todas en razón y asumieran que su tan traído y llevado “proceso de transición nacional” tal vez no esté definitivamente muerto, pero es evidente que ha fracasado.Por el momento tanto CDC como ERC descartan la convocatoria de unas nuevas elecciones autonómicas anticipadas, que serían las cuartas en apenas seis años. Solo les queda la solución pragmática de arriar las velas y renunciar a su prometido viaje a Ítaca, varar en una cala a buen resguardo de todo tipo de amenazas y buscar otros socios que les permitan recuperar la estabilidad parlamentaria imprescindible para todo gobierno que realmente desee resolver los problemas de la sociedad a la que representa y no provocar nuevos problemas, que es lo que venimos viviendo en Cataluña desde hace ya más de seis años.Para dar un paso de esta envergadura es preciso tener altura de miras, auténtico sentido patriótico, algo que no se establece con banderas, himnos u otros símbolos sino con responsabilidad política. Porque algún día alguien deberá pedir públicamente perdón por todo el tiempo inútilmente perdido, por todas las energías derrochadas sin sentido, por todas las ilusiones falsamente generadas entre muchos centenares de miles de ciudadanos de Cataluña que habían creído, y algunos tal vez creen aún, en las promesas que les hicieron.¿Alguien pedirá perdón algún día?