• Las propuestas antagónicas que hacen los principales partidos para resolver el problema catalán pueden forzar el debate que los candidatos eludían. Las formaciones habían optado hasta ahora por limar aristas y evitar rechazos

La ruptura del pacto entre Junts pel Sí y la CUP por la negativa de los anticapitalistas a apoyar los presupuestos del Gobierno catalán aboca a Cataluña a la parálisis política y posiblemente a unas nuevas elecciones en el otoño. Un nuevo quebradero de cabeza también para los cuatro grandes partidos que se enfrentan en las elecciones del 26-J y que en esta campaña habían aparcado el debate sobre las propuestas que plantea cada uno de ellos para resolver los problemas que acucian a los españoles. No solo los territoriales, también los económicos y sociales.

Puede que la reaparición del problema catalán, que en los últimos meses parecía amortiguado, los obligue a confrontar unas posiciones que son en muchos casos antagónicas y a buscar alternativas. Porque lo normal es que los candidatos utilizaran la campaña electoral para exponer sus propuestas para hacer frente a los grandes problemas y para contraponerlas con sus rivales a fin de que los electores tengan información y sepan cuáles pueden ser las consecuencias de su voto.

Decisión en el último minuto

Y deberían estar aún más interesados en ello si tienen en cuenta el sondeo realizado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) entre enero y marzo de este año y que revela que el 36% de los electores decidió su voto durante los 15 días de campaña del 20-D. El 17,6% lo hizo en la última semana y un 9,3% incluso el mismo día de las elecciones. Con el bipartidismo los ciudadanos tenían el voto más claro, pero con el multipartidismo hay muchos que dudaron entre votar al PP o a Ciudadanos y entre hacerlo al PSOE o a Podemos, según el mismo sondeo. Una indecisión que se puede repetir el 26-J.

El cambio de un puñado de escaños

puede modificar radicalmente el tablero de los posibles pactos

Tal vez porque piensan que los electores votan por las emociones y no por los programas —algo que les dicen los consultores electorales—, los candidatos se han instalado en la campaña de la simpatía y las sonrisas. Todo en positivo para combatir el hastío ciudadano. Parece que lo único que les interesa es limar aristas personales y políticas —mejor afable que bronco, socialdemócrata que comunista—, huir de discusiones agrias que les puedan perjudicar —la de Pablo Iglesias y Albert Rivera en el programa Salvados, por ejemplo— y caerles en gracia  a los votantes para arañar algunos votos más que los que obtuvieron en diciembre.

Utilizan para ello estratagemas diversas. Como la de Iglesias, que ahora define a Podemos como “la nueva socialdemocracia” frente a la “vieja socialdemocracia” que, a su juicio, es el PSOE.“Está claro que van a por nosotros, que no les preocupa que siga gobernando el PP. Por eso han transformado la dicotomía entre nueva y vieja política en una competición exclusiva entre Podemos y el PSOE”, argumenta un dirigente autonómico socialista.

A los socialistas les ha molestado que Iglesias, del que recuerdan su procedencia de las Juventudes Comunistas, “se quiera poner ahora la piel de cordero” y buscan la manera de desenmascararlo. Aunque dudan que quiera debatir de políticas concretas —empleo, pensiones, modelo territorial, proyecto europeo o libertades— para no  quedar retratado ideológicamente.

Tampoco les ha sorprendido “que se disfrace” porque están convencidos de que la negativa de Podemos a facilitar la investidura de Sánchez solo tenía un objetivo: intentar “desempatar” en unas nuevas elecciones. El sorpasso que ahora los sondeos les otorgan. Esa es una hipótesis que preocupa en el PSOE, pero que algunos de sus dirigientes no se acaban de creer. “En las elecciones del 20-D ya hubo encuestas que dejaban al PSOE en la tercera posición, y quedó segundo”, dice un experto electoral vinculado a ese partido. Un notable socialista se duele además de “cómo los resultados de los sondeos se adecúan cada vez más a la posición del medio que los publica.”

Las encuestas son motivo de preocupación para socialistas y Ciudadanos y de alegría en el PP y Podemos. En el primero de los casos porque fijan en el imaginario colectivo imágenes difíciles de combatir, como que Unidos Podemos superará al PSOE, lo que desanima a sus electores, mientras moviliza a los posibles votantes de la coalición de Iglesias y Alberto Garzón. Del mismo modo, al PP le favorece aparecer como el partido más votado y que Ciudadanos aparezca estancado e incluso con una personalidad más desdibujada.

¿Qué va a pasar?

“Esta es una campaña muy difícil. No hay manera de entablar un debate sobre ninguna propuesta. Lo único que parece interesar son las encuestas y los pactos.” Y no solo a los partidos y sus candidatos o a los medios de comunicación parece preocuparles únicamente eso. También a los electores a los que les gustaría saber “qué va a pasar” después del 26-J. Es decir, qué pactos se van a establecer.

A los socialistas les molesta que Podemos

quiera ponerse ahora la piel de cordero de la socialdemocracia

Parece que a la ciudadanía le inquieta más quién pactará con quién que cuál va a ser el objetivo de esos pactos. Posiblemente porque da por sentadas las políticas económicas y sociales que aplicará cada bloque ideológico o porque saben, como sostiene el sociólogo Ignacio Urquizu (La crisis de representación en España, Catarata, 2016), que con el multipartidismo “los políticos tienen más autonomía para decidir pactos y políticas que en el bipartidismo” y, por tanto, no se sabrá cuáles van a aplicar hasta que lo hagan. Preocupa, sin embargo, que se repita otra ronda de negociaciones estériles y se prolongue la interinidad.

De la lectura de los sondeos se  deduce que no habrá grandes cambios en los resultados electorales. Salvo que el PSOE puede quedar tercero por la alianza de Podemos con Izquierda Unida. De modo que el temor es que si los resultados son similares a los del 20-D, también las dificultades para pactar se parezcan mucho a las demostradas en los últimos meses.

Escaños que lo cambian todo

No es la opinión, sin embargo, de un experto político que señala que algunos cambios mínimos en el reparto de escaños pueden modificar el panorama de las alianzas. A su juicio, ese hecho impide hacer ninguna previsión hasta que se conozcan los resultados, por lo que considera que las especulaciones que se hacen ahora “son pura filfa”.

Y se explica. Si el PP, o el PP más Ciudadanos, por ejemplo, obtuvieran tan solo cinco escaños más de los 163 que sumaban en diciembre y se plantaran con 168, no tendrían, a su juicio, mucha dificultad para conseguir la investidura. “Les podrían ayudar con su voto o su abstención el PNV e incluso Convergència”, señala. Pero explica también que la situación será muy diferente si Ciudadanos pierde esos cinco escaños y se queda en 35 y no suma ni con PP ni con PSOE, o si el PSOE queda tercero o incluso segundo, pero a muy pocos escaños de Podemos. Esa es seguramente una de las razones por las que los partidos han decidido centrar su campaña en aquellas provincias en las que la corrección que establece la ley D’Hondt les puede otorgar o arrebatar un escaño. Porque, en esta ocasión, un puñado de escaños arriba o abajo puede transformar radicalmente el tablero de los pactos.