• Los 10 diputados de la CUP (el 8,5% de los votos) fueron elevados por Artur Mas a la categoría de bisagra indispensable para el ‘procés’ y ahora los asamblearios tienen vara alta

Cuando usted lea esta crónica, lo más probable es que la asamblea de la CUP, reunida con carácter extraordinario a primera horas de la noche de ayer en sesión extraordinaria y por petición de tres asambleas locales, ya haya decidido si presenta una enmienda a la totalidad de los Presupuestos de la Generalitat como decidió hace unos días o si, por el contrario, cambia de idea y permite que los Presupuestos presentados inicien su trámite parlamentario.

Que los Presupuestos del Gobierno Puigdemont-Junqueras tuvieran que ser retirados tras ser derrotados en el Parlament por la conjunción de todos los grupos parlamentarios excepto Junts Pel Sí, desde la CUP hasta los de las formaciones no independentistas (PPC, C´s, PSC y Podemos-Colau) sería sin duda un golpe moral y material muy duro para el independentismo. Sucederá hoy mismo si la CUP no se arrepiente en el último momento. Y como declaró Artur Mas a ‘El Periódico’ el domingo 30 de mayo: “Si la CUP veta el presupuesto, el proyecto soberanista queda muy tocado porque es evidente que el Govern no podrá tirar adelante”. Sí, si la CUP veta, el Gobierno Puigdemont, formado en enero tras la retirada de Artur Mas para no tener que repetir elecciones, tendría muchas dificultades para gestionar el día a día y quedaría además imposibilitado de llevar adelante su programa de romper con España en 18 meses (ahora ya son 12) y proclamar la independencia de Catalunya. Sin mayoría absoluta en el Parlament, el programa maximalista del 27-S se convierte (todavía más) en papel mojado.

Pero la situación no sería muy distinta si por un mínimo de racionalidad -quedarse sin presupuestos supone no poder gastar 800 millones de euros-, o por la presión de los medios de comunicación independentistas (TV3 en primer lugar), o por la revuelta interna de las corrientes más nacionalistas, como Poble Lliure, la CUP decide tragarse su última amenaza y retira la enmienda a la totalidad.

En primer lugar, porque las divergencias entre la CUP y Junts Pel Sí (agravadas por la diferente sensibilidad de CDC y ERC a recargos impositivos a los más pudientes) reaparecerían de inmediato en la discusión presupuestaria. Pero lo más relevante -lo decisivo- es que ya se ha visualizado con lente de aumento que el Govern Puigdemont, pendiente cada día del caprichoso visto bueno de la CUP para aprobar todas sus iniciativas, es lo menos parecido a un Gobierno sólido. Ningún Gobierno puede estar en manos de asambleas casi permanentes de la CUP, que suelen ser ganadas por la corriente más radical (Endavant, de Anna Gabriel) y se intentan suavizar después con la ayuda de Poble Lliure, la más nacionalista de la docena de corrientes internas de la CUP.

Mantengan o retiren la enmienda a los Presupuestos,

se ha visto que el Govern no tiene autoridad

porque todas sus decisiones precisan el visto bueno de la CUP

Es la confirmación de lo que ya dijimos tras el 27-S: un Gobierno estable no puede depender de la buena voluntad de un grupo asambleario y antisistema. Artur Mas se equivocó cuando dijo que había ganado las elecciones con el 39,6% de los votos de JxS y 62 diputados (la mayoría absoluta es de 68) recurriendo a la trampa de sumar el 8% de la CUP y sus 10 diputados, que le daban una mayoría teórica de 72 diputados. La suma era una trampa porque la CUP -que no ha enredado nunca sobre su ideología- quiere que Catalunya sea independiente de España -cierto- pero también que salga de la Unión Europea y que rompa con el capitalismo internacional. ¡Ahí es nada! Muchos intelectuales y políticos independentistas entendieron que la independencia era lo primero, pero eso de jerarquizar las prioridades de un aliado es bastante arriesgado y arbitrario. Y si el aliado es un conglomerado asambleario y antisistema, no es ya solo arbitrario sino que puede ser suicida.

Cuando se opta por depender de un grupo “majadero” (como algún analista independentista califica ahora a la CUP), el auténtico majadero -el mayor-no es el grupo en cuestión sino quien decide esa opción. El orgullo le impidió a Artur Mas reconocer que el 27-S con solo el 39,6% de los votos había ganado las elecciones (un poco mejor que Rajoy el 20-D) pero no había sido una gran e inapelable victoria del independentismo. Y que tenía que recomponer y quizá rectificar su discurso: no tenía mayoría para ir a la independencia en 18 meses. Ya pagó con su persona el pasado enero cuando -tras dos votaciones perdidas tras apelar a la buena voluntad de la CUP- tuvo que retirar su candidatura. Y su partido (CDC) y la coalición electoral que montó (JxS) se quedó sin mayoría operativa. Pretender recuperar la operatividad con más munición rupturista e independentista (pactando con la CUP) fue iniciar el descenso a los infiernos.

Y no solo la sociedad catalana sino el propio mundo convergente han empezado a pasarle la factura de errores. Miquel Roca fue durante muchos años el número dos de CDC, su cara más abierta y negociadora y el jefe de su entonces prestigioso grupo parlamentario en Madrid. Retirado a su próspero bufete, es conocida su reticencia ante la deriva maximalista, pero se expresa siempre con prudencia porque no desea entrar en conflicto con su partido. Con todo, ayer en su columna semanal de ‘La Vanguardia -sin abandonar el tono contenido- sacaba conclusiones que no podían ser más ácidas: “La CUP es coherente… si sus militantes se declaran desacomplejadamente antisistema… pactar unos presupuestos construidos desde la lógica del sistema no les interesa; coherentemente están en contra… Con un acuerdo, unos u otros dejarían de ser coherentes, y la experiencia ya ha demostrado con creces que la CUP no está dispuesta… El pacto con ellos se justificó como una apuesta por la estabilidad pero en el momento de pactarlo se olvidaron, unos y otros, de definir qué entendían por estabilidad… y tienen interpretaciones muy diferentes [de la estabilidad]”.

Con todo, el párrafo más duro (aunque alambicado) es el final: “Debe ser muy difícil empezar de nuevo [no lo define, pero debe referirse a buscar otra política y otra mayoría parlamentaria], pero las dificultades de continuar como ahora son tan significativas que como mínimo valdría la pena una cierta reflexión. Una tozuda voluntad de ir adelante como sea [de continuar el ‘procés’] puede hacer olvidar que los costes de la tozudez pueden ser muy altos… Con esta incertidumbre… se hace difícil creer que solo con la tozudez todo se puede resolver. Hace falta algo más. Sobre todo no confundir el deseo con la realidad”.

Mas no quiso reconocer que el independentismo operativo

se había quedado en el 39,6% de los votos  y ahora el mundo convergente

cree que la alianza con la CUP presenta más inconvenientes que ventajas

Tozudez. Hace ya bastantes meses, en una conferencia presentando a Artur Mas, el entonces ‘conseller’ de Economía, Andreu Mas-Colell, antiguo profesor de Harvard y con gran prestigio en el mundo académico, soltó -medio en broma medio en serio- que un pariente del ‘president’ al que conoció ocasionalmente le había dicho que Artur Mas, ya desde niño, era muy tozudo. Y el ‘conseller’, amable con el jefe, se apresuró a añadir que a él le tocaba decir perseverante. Pues bien, ahora el antiguo número dos de CDC, el siempre diplomático Miquel Roca, califica la política de Mas con el término poco amable de tozuda. Y el propio Mas-Colell, ‘ministro’ de Mas hasta el último momento, dijo ayer en TV3: “Si me pregunta si tengo confianza en la CUP, no la tengo. La realidad demuestra que no cumplen con su palabra y no creo que sea conveniente que el ‘procés’ sea demasiado dependiente de la CUP”. Pero el economista Mas-Collell no va más allá y no se pregunta si puede haber ‘procés’ sin la CUP. ¿Puede alguien presentarse ante la Comisión Europea en Bruselas, ante las Cortes españolas en Madrid, o ante los mismos electores catalanes, exigiendo la independencia con el 39,6% de los votos, que es lo que CDC y ERC obtuvieron el pasado 27 de setiembre?

Pero que el ‘procés’ no tenga mayoría parlamentaria no es nuevo. Nunca la tuvo, pues el Estatut de Catalunya -elaborado y votado en Cataluña y no impuesto por Madrid- dice que todo cambio estatutario exige el respaldo de las dos terceras partes del Parlamento, algo que Junts Pel Sí y la CUP -incluso juntas- nunca han tenido. Lo que si es cierto es que con solo 62 diputados (aunque ahora la CUP haga provisionalmente marcha atrás) es muy difícil gobernar.

Pero que sea complicado no implica que el Govern Puigdemont vaya a caer. Lo más probable -como ya he escrito en esta columna- es que siga. Ni a CDC ni a ERC les interesan nuevas elecciones. A CDC, porque las encuestas dicen que perdería y podría entrar en la agonía final. A ERC, porque le interesa afianzarse en el poder y ganar credibilidad –Junqueras lo está consiguiendo- como partido de gobierno. Junqueras es menos precipitado que Mas, que anticipó elecciones tontamente (si hubiese respetado los plazos, aún sería presidente), y quiere ver qué sucede en Madrid. Gobierne el PP (con Rajoy o sin Rajoy) o gobierne Sánchez, con Podemos o sin Podemos. Luego decidirá.

¿Y la CUP? No, la CUP tampoco quiere elecciones. Podrían quedarse con menos diputados, pero lo decisivo es que nadie les puede garantizar que, tras esas elecciones, seguirían teniendo el papel de bisagra que Artur Mas les otorgó la noche del 27-S al definirles como los aliados naturales del independentismo de orden y al entregarles luego su cabeza. Ahora son la bisagra de Catalunya -como Roca Junyent lo era en Madrid hace años- y el Govern les tiene que pedir permiso para todo. Y usan su poder con la táctica del “atornillo, luego existo”.

El Govern queda débil pero seguirá,

y a corto plazo no habrá elecciones porque no le interesan a CDC ni a la CUP.

ERC quiere afianzarse como partido de gobierno

Y su voz es cada vez más escuchada e influyente en la sociedad catalana. En Gràcia, los Mossos -que han actuado con responsabilidad y tienen un buen gestor al frente- están restaurando el orden pero procurando “no pasarse”, según el escrupuloso sentido de la proporcionalidad de la CUP. No conviene indisponerlos. Incluso los productores de cava han renunciado a la proclamación de la Reina del Cava de este año porque la CUP lo considera un acto que peca de ‘sexismo’. ¿También contrarrevolucionario?

Sí, ahora Francesc Homs, que quiere recuperar voto catalán de orden en las elecciones del 26-J, hará declaraciones enérgicas contra la CUP. CDC no se puede permitir volver a ser el cuarto partido catalán el próximo 26-J, pero el Govern Puigdemont continuará porque a CDC no le interesan nuevas elecciones en Catalunya. Salvo que ERC comprara la nueva idea de Mas de otras elecciones plebiscitarias en que se contarían no diputados sino votos (en las ‘plebiscitarias’ de septiembre, él contó escaños) y que se convirtieran en el referéndum unilateral de independencia (RUI) que la CUP reclama.

Es una idea confusa y escabrosa que acaba de ser lanzada por Artur Mas y que en principio parece descabellada. Pero no la olviden. Como dicen Roca y Mas-Colell, dos grandes profesionales de la abogacía y la economía, Artur Mas es tozudo.