• El resultado del 26-J confirma que el apoyo al separatismo está estancado en algo más del 30%, pero que no hay una mayoría alternativa articulada

Toda Catalunya está ahora pendiente, aunque con un muy elevado grado de escepticismo, del Gobierno que se forme en Madrid. Ya dije la semana pasada que creía que Rajoy se equivocaba al no concentrarse en cerrar un pacto con Albert Rivera y colocarse en 169 diputados (170 con Coalición Canaria). En ese caso, su elección sería imparable porque no habría alternativa. Con los cinco diputados del PNV, o con la abstención de media docena de diputados socialistas, sería investido.

Pero las cosas de palacio (y por lo visto de Rajoy) van despacio. Corre un riesgo. Mientras no cierre el pacto con Rivera, en el último momento podría haber una investidura de Pedro Sánchez con los votos de C´s y de Podemos. Porque si Rajoy volviera a fracasar, sería muy difícil que Pablo Iglesias optara por volver a repetir las elecciones. Correría el riesgo de perder otro millón de votos. No creo que este escenario sea muy realista, pero es absurdo que no lo cierre con rapidez. ¿Tan lejos llega la enemistad -o el miedo a la competencia- del PP frente a C’snbsp; ¿O es que cree Rajoy que C’s no se podrá resistir a la presión ambiente y del mundo económico y al final le tendrá que votar sin contrapartidas? Son cálculos más aventuristas que conservadores.

 Pero volvamos a Catalunya. Lo evidente es que la situación sigue siendo muy complicada para el independentismo, pero también endiablada para la estabilidad de la España actual, con una autonomía catalana lastrada por la sentencia del Constitucional de 2010 sobre el Estatut de 2006.

El separatismo no crece, pero sí mantiene cotas altas de adhesión e incluso de alguna manera se radicaliza. En diciembre de 2015, el independentismo (ERCCDC) obtuvo el 31% de los votos frente al 47,8% del 27-S en las elecciones catalanas plebiscitarias. Fue un descenso serio que quita toda legitimidad al separatismo para proclamar -como hace una y otra vez- que es claramente mayoritario. Aunque hay que recordar que el voto en las legislativas ha sido siempre menos nacionalista que en las autonómicas.

Pero ahora el separatismo se ha mantenido ligeramente al alza (32%) con una cierta radicalización. Mientras que ERC (independentismo de siempre y sin complejos) ha subido dos puntos, del 16% al 18,1%, CDC (independentismo nuevo o sobrevenido) ha bajado 1,2 puntos, del 15,08% al 13,92%). Es cierto que CDC ha resistido mejor de lo esperado y que Francesc Homs ha logrado mantener sus ocho diputados (frente a nueve de ERC), pero ha perdido más de 80.000 votos, mientras ERC ha subido 28.000, pese a que la participación ha descendido tres puntos.

Desde el punto de vista de la estabilidad de España, que una tercera parte de los catalanes vote a opciones independentistas indica que los problemas siguen siendo muy grandes, en especial porque el porcentaje en unas autonómicas podría ser sensiblemente superior. Y que ERC suba en relación con CDC indica que la negativa al diálogo no resuelve sino que encona los problemas. Pero también es cierto que sin llegar al 51% de los votos -cosa que hoy parece difícil-, el independentismo puede seguir gobernando -lo hará si, como hoy parece lo más probable, la CUP vota en septiembre la moción de confianza de Puigdemont-, pero no podrá dar pasos reales relevantes hacia la independencia.

Pero lo más relevante es que en el electorado catalán, la propuesta continuista, que todo siga básicamente igual en el marco de relaciones entre España y Cataluña, tiene menos apoyos que el independentismo. En efecto, la suma del PP y de C’s, que de alguna manera representan esta opción, fue del 26,4% en las plebiscitarias catalanas de septiembre, del 24,2% en las legislativas de diciembre y del 24,4% en junio de 2016. El inmovilismo está tan estancado como el separatismo, pero en posición claramente subordinada y además muy al margen de las instituciones catalanas.

Pero entre el inmovilismo y el separatismo hay dos opciones ni unionistas ni independentistas con bastante peso, y que podrían inclinar la balanza. En efecto, ECP -la confluencia entre Podemos, la formación de Ada Colau y la antigua ICV- tuvo el 24,7% de los votos en diciembre de 2015 y el 24,5% ahora, mientras que el PSC, que pide una reforma federal de la Constitución, pasó del 15,7% al 16,1%. O sea, que los inconformistas con la situación actual pero no independentistas suman ‘grosso modo’ un 40% de los votos.

Con estos grandes números, ya se ve que el encaje satisfactorio de Catalunya en una España estable no es fácil y exigiría mucho diálogo y capacidad de negociación. Los independentistas suman solo algo menos de la tercera parte de los votos y tienen en contra un 66%. Pero los inmovilistas son todavía menos relevantes, porque se quedan en el entorno del 25%. No obstante, los constitucionalistas (sumando a los inmovilistas el PSC) alcanzan el 40% y los que querrían un nuevo marco constitucional para conseguir más autogobierno (ECP y PSC) suman otro 40%.

Es una ecuación algo endiablada. El separatismo no puede imponerse. A no ser, lo que tampoco puede descartarse, que el Gobierno de España siga cerrado al diálogo y cometa equivocación tras equivocación. El continuismo inmovilista llevaría a un aumento de la tensión, porque solo es apoyado por una cuarta parte de los catalanes y no tiene ninguna fuerza en las instituciones de autogobierno. Y la tercera vía, la solución de mas autogobierno sin salir de España, que de alguna forma comparten ECP y el PSC, es quizás el vector dominante (40% de los votos el 20-D y el 26-J), pero es difícil que supere sus fuertes diferencias (el PSC no quiere salirse de la Constitucion y ECP propugna algo parecido a un referéndum de autodeterminación) si no hay un Gobierno dispuesto a dialogar en Madrid.

Esta es una de las claves de la actitud del PSOE y del PSC en los últimos días. El PSOE -para quien el PSC es importante- no puede llegar a un acuerdo de gobierno con Rajoy si de alguna forma no se abre la puerta a una reforma federal de la Constitución. No es ni mucho menos la única razón de la negativa inicial del socialismo a facilitar -incluso con la abstención- un nuevo Gobierno Rajoy, pero sí es una razón de peso. Y por otra parte la dirección del PSC -que ha plantado cara, pese a las acusaciones de “traición a Cataluña” del ‘agit-prop’ independentista,no solo al separatismo sino también a la petición de una consulta plebiscitaria- no quiere quedar fuera de la demanda de más autogobierno y de bilateralidad en la relación con España (la aproximación de Pedro Sánchez a Miquel Iceta), que es muy mayoritaria (más del 70%) en la sociedad catalana. De aquí las referencias de Miquel Iceta a la ley de claridad canadiense (impuesta por los federalistas y no por los independentistas del Quebec), que en Madrid pocos entienden.

En Cataluña hay unas mayorías alternativas difíciles de casar. Los independentistas son una minoría fuerte frente a todos los demás. Los inmovilistas son otra minoría, pero todavía menos fuerte. Y los de la tercera vía son la minoría mayor (40% del voto entre ECP y el PSC), pero no están articulados sino divididos, y en dura competencia, y no pueden avanzar mientras el Gobierno de Madrid no contemple otra política que la aplicación estricta de la ley y el ninguneo de las mayorías del Parlamento catalán.

Hoy, en el mejor de los casos, hay un fuerte escepticismo sobre que un nuevo Gobierno Rajoy (con los aliados que sea) pueda iniciar el deshielo. Si desbloquear la situación parece imposible, unos dicen que se puede convivir muchos años con un cáncer controlado mientras los otros, más pesimistas, argumentan que la ausencia de perspectiva de futuro lastra la calidad de vida. Los dos tienen razón. Y por ahí parece que se encaminan las cosas.