Las marcas, sean comerciales, industriales o políticas, se hacen en los éxitos y en la superación de los fracasos. Mantienen una constante pelea con los mercados –sean cuales fueren estos– por sostener, aumentar y, en ocasiones, recuperar, la reputación ante sus grupos de interés y sus electorados. La liquidación de una marca –o de unas siglas, para el caso es lo mismo– consiste en una arriesgada operación cuando tras ellas hay trazabilidad histórica, significado y connotaciones positivas de carácter emocional. Lo importante en las situaciones de crisis consiste en entender cabalmente que la marca (o las siglas) trascienden a los que las representan en cada momento y hasta se hacen autónomas de aquellos que las gestionan. Ni siquiera cuando la persona fundadora o el ­hecho fundacional de la marca se deteriora o altera gravemente, la liquidación –llámese refundación– resulta procedente. Salvo casos muy excepcionales. Porque la creación de intangibles en torno a unas siglas es una labor costosa, larga y esforzada cuyos activos no siempre hereda la nueva denominación sino que se diluyen. Desde esta perspectiva, la refundación de Convèrgencia Democràtica de Catalunya en el Partit Demòcrata Català resulta un error tan obvio que desconcierta que no haya sido estimado por quienes han impulsado esta operación. O no: porque son los mismos que desde el 2012 han ido confundiéndose perseverantemente hasta transformar un partido hegemónico en un desvaído reflejo de lo que fue. El congreso fundacional del PDC ha sido –aún queda la elección de su coordinador general que no será Turull– el último hito de un acelerado proceso de autodestrucción cuyo protagonista estelar ha sido Artur Mas.

Las razones que han aconsejado a sus urdidores la fundación de un nuevo partido que sustituyese a CDC han sido, por una parte, el desplome de la credibilidad política de Jordi Pujol a propósito de un presunto fraude fiscal y más casos sonados de corrupción, y por otra, el giro independentista que exigiría una adecuación de la organización a un nuevo modelo. Sin embargo, y acudiendo al procedimiento comparativo, ni el hundimiento de la proyección carismática de Pujol ni el proceso soberanista avalaban una medida de tal naturaleza. En el origen fundacional de no pocos partidos aparecen personalidades que han atentado contra su propia obra o que, con la perspectiva del tiempo, disponen de una significación adversa. Al PNV, fundado por Sabino Arana, un integrista con tintes xenófobos y racistas, no se le ha ocurrido alterar la denominación de la organización fundada en 1895 y hoy es el día en que las distinciones con las que galardona a personas y entidades llevan su nombre. Es muy difícil encontrar sus obras y, más aún, defender sus tesis, pero las tres siglas de los nacionalistas vascos han sorteado la imprimación fundacional optimizando su trayectoria histórica en los aspectos más positivos. El PSOE registra episodios muy desiguales desde su fundación por Pablo Iglesias en 1879 –en el siglo XX le afectaron casos de corrupción de histórica importancia y aguantó– y se fue adaptando como lo hizo en el congreso extraordinario de 1979 en el que renunció solemnemente al marxismo, componente ideológico nuclear de la organización hasta entonces. ¿Qué decir del PCE, que sigue manteniendo su marca pese a sus personalidades fundadoras y a su bagaje histórico tan dramático en ocasiones? El PP fue también refundado en 1989 por Aznar que tomó el relevo de Fraga pero se cuidó muy mucho de establecer un nexo de continuidad en la marca con el adjetivo popular. Un partido, ahora, estigmatizado por la corrupción.

Los elementos de transformación de los partidos políticos de largo aliento –y CDC fue fundada en 1974 y su historia es, básicamente, de éxito– son dos: la modificación de sus estatutos (modelo de gestión, organización y participación) y la renovación de sus dirigentes (sigue Mas). En el caso de los convergentes no se entiende –o se entiende desde la pretensión lampedusiana de que todo cambie para que nada lo haga, y al pujolismo le siga el declinante masismo– que en vez de echar por la ventana el agua de la bañera con el niño dentro no se optase por conservar el patrimonio de reconocibles méritos y compenetración del partido con Catalunya al tiempo que se cambiaban los estatutos y se elegía una nueva dirección. El independentismo era compatible con la CDC anterior –los hechos lo corroboran– y la proclamación de republicanismo –también innecesaria por sobreentendida– parece querer competir con ERC cuando a lo que tendría que aspirar el actual PDC sería a sobrepasar a los de Junqueras desde presupuestos ideológicos y socioeconómicos alternativos. Sí, es un error que explicaría la sensación de vacío en determinados sectores sociales.