El expresidente de la Generalitat se prodiga en el género epistolar para hacer llegar su verdad revelada. El argumento es el victimario archiconocido de quien no dudó en calificar el 9-N como el mayor desafío, junto al 23-F, del Estado en democracia, aunque –eso sí– por métodos diferentes, hasta ponerlo contra las cuerdas. Una comparación que sin duda le honra.

La última entrega del domingo pasado me recordó la frase de Tzvetan Todorov: “¿Qué podría haber de agradable en ser una víctima? Nada, seguramente. Pero si nadie quiere ser víctima, muchos quisieran haberlo sido sin serlo: aspiran al estatus de víctima”.

Los papeles se intercambian con una gran rapidez,

la vida es muy líquida. 

Sartre escribía cómo las víctimas se tornaron verdugos

Alguien que es capaz de hacerse diseñar una silla para firmar la convocatoria del 9-N, que lo hace en el marco incomparable del Salón de la Virgen de Montserrat –el mismo solemne escenario en donde Pujol firmó ante notario su desvinculación de Banca Catalana– y que después hace llevar la pluma al Museo de Historia de Cataluña, tenía una cierta idea de que no se trataba de conocer eso que él llama la voluntad de “buena parte de la sociedad catalana”, es decir, la independentista, la buena, como si la otra fuera la manzana podrida. Eran plenamente conscientes de que se estaban ciscando en una cosa que antes se llamaba la legalidad y que ahora se denomina la legalidad española. No en vano el propio Homs afirmó que con Franco también había una legalidad.

Los papeles se intercambian con una gran rapidez, la vida es muy líquida. Sartre escribía cómo las víctimas se tornaron verdugos: “En 1943, en la calle Lauriston, unos franceses gritaban de angustia y dolor [torturados por los alemanes]. Una sola cosa nos parecía en todo caso imposible: que pudiéramos hacer que unos hombres gritaran por nuestra causa. Imposible no es francés: en 1958, en Argelia se tortura regularmente, sistemáticamente, todo el mundo lo sabe, […] nadie habla de ello”. A las víctimas actuales, Umberto Eco, en ‘El nombre de la rosa’, les aconseja huir “de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia, y a veces en lugar de la propia”.