• Todo indica que el año que viene los catalanes volverán a votar. Pero ¿qué? ¿Un referéndum pactado? ¿Unilateral? ¿Unas elecciones constituyentes?

Cataluña vivió el pasado domingo su quinta Diada histórica en los últimos cinco años. La historia es el recurso natural de los nacionalistas que viven encantados de mirar al pasado. Pero el problema no está en el pasado sino en el futuro que, como dice el título del último libro del historiador Josep Fontana, es un país extraño. Los dirigentes políticos de todas las formaciones lo saben y se afanan en mirar hacia el porvenir. El problema es que el trabajo de profeta anda hoy muy desprestigiado, de ahí que pocos se aventuren a hablar con precisión, no ya de lo que esperan que ocurra, sino que ni siquiera lo hacen de lo que en teoría pueden decidir por sí mismos. Salvo la CUP, que ha puesto proa a la independencia al precio que sea, los demás no dejan de mostrar sus dudas. Todo indica que el año que viene los catalanes volverán a votar. Pero ¿qué? ¿Un referéndum pactado? ¿Un referéndum unilateral? ¿En unas elecciones constituyentes, si es que eso existe?

La respuesta depende del día. Antes de la manifestación, el presidente Carles Puigdemont sugería inclinarse por el referéndum, pactado o sin pactar. Al día siguiente, las cosas ya habían cambiado y hablaba solo de un referéndum pactado con el Gobierno central, única fórmula que daría reconocimiento internacional a la decisión. En la misma línea, aunque de forma un tanto más ambigua, se manifestaba el vicepresidente y líder de ERC, Oriol Junqueras, y la portavoz del Ejecutivo, Neus Munté, también se apuntaba al referéndum que hace unos meses consideraban cosa pasada.

Calentar y enfriar el ambiente

Antes de la manifestación, unos y otros se dedicaron a inflamar el ambiente; después, a enfriarlo. Sobre todo porque unas declaraciones de dirigentes de la CUP sugiriendo que lo mejor para el independentismo sería que el Gobierno central se descolgara con una buena dosis de represión han disparado las alarmas. Nadie, salvo la CUP, quiere ejercer de agorero. Nadie quiere ser el primero que reconozca que los excesos verbales casi nunca terminan bien.

Hasta ahora, el independentismo se ha manifestado siempre de forma pacífica y festiva, además de multitudinaria. Porque aunque el domingo hubiera menos gente que en años anteriores, seguía habiendo mucha. Es cierto que, entre las multitudes, casi siempre hay exaltados dispuestos a quemar folletos, banderas o fotografías, pero son excepciones. Aunque también es cierto que hasta ahora las reivindicaciones no tenían fecha límite. Ahora empiezan a tenerla. Los dirigentes de ERC y de la antigua CDC sostienen que el verano que viene Cataluña debe ser independiente. Y muchos manifestantes expresaban esta convicción el pasado domingo al afirmar que acudían a la última manifestación independentista. El año que viene será otra cosa.

El problema es qué y cómo. De momento, Puigdemont parece haberse asegurado el voto de la CUP en la cuestión de confianza que se votará el 28 de septiembre, lo que garantiza la continuidad del actual Gobierno hasta el verano. Pero el presidente exige que, además de la confianza, voten también los presupuestos. Y eso ya no está tan claro, según confiesa Junqueras. La CUP sabe que todo depende de sus votos y les ha puesto precio: un referéndum unilateral. Puigdemont se resiste, Esquerra titubea (aunque Junqueras se expresa cada vez más en términos místicos), Mariano Rajoy, presidente en funciones del Gobierno, calla. Como si el silencio tuviera la virtud de disolver el problema.

El pasado martes, Miquel Roca, que ha dejado claro en anteriores ocasiones que no es partidario de unilateralismo alguno, escribía en La Vanguardia: “Catalunya vive un cierto impasse; pero que nadie se equivoque: el problema existe, no desaparece ni se marginaliza. Con hoja de ruta o sin ella, con proceso o no, bilateral o unilateral, inmediato o más lejano, el problema está y no es inteligente volver a ignorarlo”. El mismo día, Assumpta Escarp, en funciones de portavoz de los socialistas catalanes, alertaba sobre la pretensión de Puigdemont de acudir a un presunto diálogo con el Gobierno central con un programa de máximos cuyo primer punto, irrenunciable, fuera el referéndum. Al mismo tiempo, recordaba que España no es solo el PP y que hay posibilidades de que haya otro gobierno si los nacionalistas catalanes no deciden jugarlo todo a la carta de la independencia por la vía de urgencia.

Los partidarios de Ada Colau, por su parte, han dejado claro que pueden acudir a una manifestación e incluso a dos, pero eso no supone avalar un proceso de ruptura al margen de la legalidad vigente. Defender el derecho a una consulta no supone defender la desobediencia. A eso, de momento, solo se apunta la CUP. Incluso la mesa del Parlamento ha desoído a los antisistema y ha presentado alegaciones en términos jurídicos ante el Tribunal Constitucional, pese al llamamiento de los anticapitalistas a ignorar esa instancia.

En el gallinero de la historia

Habrá que ver cuánto tiempo dura el enfriamiento verbal. Todo dependerá de si los partidos son capaces de formar gobierno en España o se va a nuevas elecciones en diciembre. En ese caso, CDC (sigue sin tener nombre en aplicación de la ley de partidos que sus propios diputados votaron) tendrá que tomar alguna decisión que le saque del gallinero de la historia, donde ahora se sienta Francesc Homs, y sucumbir a la tentación de las soflamas. Porque perder otras elecciones antes de ir a unas hipotéticas constituyentes no parece la mejor carta de recomendación.