• Mientras el Gobierno catalán proclama que será independiente en 2017, el lendakari Urkullu asegura en campaña que hoy la independencia es imposible.

Hace unos años —tampoco tantos— se hablaba del oasis catalán —la tensión política interna era inferior a la española— y ‘ABC’, dirigido por Luis María Anson, no dudaba en otorgar al presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, el premio al Español del Año. Mientras, en Euskadi, la organización terrorista ETA, que parecía que sería eterna, no cesaba en sus atentados y asesinatos. Cataluña era un país próspero, en paz y bastante integrado en España, mientras que todos los logros de Euskadi —desde los de su industria exportadora a los del pacto de Ajuria Enea— parecían menores porque allí el respeto al primero de los derechos —la vida humana— no estaba garantizado. Y de tanto en tanto, el líder del PNV, Xabier Arzalluz, lanzaba alguna filípica —por ejemplo, el ADN propio de los vascos— que conmovía al todo Madrid. Indicaba un rechazo a lo español que sobrepasaba la política.

Además, en Cataluña nadie —salvo Heribert Barrera, diputado único de ERC—discutía la Constitución del 78, mientras que el PNV se había negado a votarla.

Hoy parece —con la única pero muy notable excepción de la ausencia total de violencia— que se haya dado la famosa vuelta a la tortilla. El domingo, Euskadi celebra unas elecciones que son seguidas pero no preocupan. Todo el mundo cree que el PNV ganará sin mayoría absoluta, pero que los nacionalistas de Iñigo Urkullu y Andoni Ortuzar no tendrán problemas porque podrán gobernar con el apoyo del PSOE, sin descontar mayorías circunstanciales variables: un día con Bildu o Podemos si conviene levantar la bandera del autogobierno, otro con el PP para proteger el tejido empresarial. Y parece que en el PP sueñan con que Urkullu necesite su concurso permanente. Así podrían unir de alguna forma a C´s y al PNV y sacar la investidura de Rajoy.

Además, mientras en Cataluña la mayoría mal avenida del frente independentistaprepara la aprobación de las leyes de desconexión con España y discute la fórmula idónea para proclamar unilateralmente la independencia el próximo año —sea con unas llamadas elecciones constituyentes (en realidad autonómicas y con ley electoral española) o con un referéndum unilateral—, el PNV presenta un programa en el que prioriza la salida de la crisis, el bienestar social y la consecución de una economía competitiva, no solo por encima ya de la independencia sino incluso de la reforma del Estatuto de Autonomía.

Mientras lo más ‘rupturista’ que ha dicho Urkullu es que no apoyarán a ningún Gobierno de Madrid que no se comprometa al respeto íntegro del Estatuto, en Cataluña hay una competición de presidenciables —Artur Mas, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, líder de ERC— para ver quién dice más alto que el único camino posible es la independencia.

El lendakari Urkullu ha vuelto a poner de relieve este contraste con dos sonadas declaraciones al iniciar la última semana de campaña. Estos son los titulares de la entrevista de Urkullu en ‘La Vanguardia’ del domingo: “Aconsejo a los catalanes que eviten el frentismo” y “No soy partidario de las vías unilaterales porque no es el camino y no tendrían nunca la aceptación de Europa”. Y por si Mas y Puigdemont —y su últimamente algo alicaído ejército mediático— no habían entendido el mensaje, el lunes lo remachaba en ‘El País’: “Es imposible que hoy un Estado se pueda declarar independiente”.

¿Por qué esta evolución tan contraria, de Euskadi hacia la moderación y de Cataluña hacia el enfrentamiento con España? ¿Por qué Urkullu rechaza el frentismo, e incluso dice que lo había podido practicar con Bildu la pasada legislatura pero prefirió no hacerlo, mientras que Artur Mas ha centrado toda su estrategia política en una lista unitaria con ERC e incluso ha preferido mantener el frente independentista con la CUP a su permanencia en la presidencia de la Generalitat?

La primera razón es que la mística frentista ya fracasó en Euskadi, y el PNV supo rebobinar; mientras que en Cataluña solo ha fracasado a medias (sus promotores dicen que llegarán al cielo en 2017) y CDC ni ha querido ni ha sabido rebobinar. E incluso puede haber cedido el liderazgo del nacionalismo a ERC.

Tras la firma del pacto de Lizarra, en Euskadi hubo una gran fe en que el pacto con Otegi —que creo que ya apostaba seriamente por que ETA dejara las armas— comportaría el cese de la violencia y un nivel muy superior de autogobierno. ¿Recuerdan aquello de Ibarretxe sobre el Estado Libre Asociado? Y tras las elecciones del 98, Ibarretxe gobernó con el apoyo de solo sus 27 diputados que, más o menos claramente sumados a los 14 de Batasuna, le daban 41, por encima de la mayoría absoluta de 38. Había la creencia generalizada en el mundo nacionalista de que aquella hoja de ruta era la correcta.

Pero ETA no siguió los pasos de Otegi, rompió la tregua y en 2000 Aznar sacó su mayoría absoluta en España. Y en una Euskadi crispada por el retorno del asesinato político, Jaime Mayor Oreja (PP) y Nicolás Redondo Terreros (PSOE) firmaron un pacto para gobernar juntos y echar al PNV del poder si sacaban más diputados que los nacionalistas. El ‘agit-prop’ de Aznar —fuerte y vitaminado por su mayoría absoluta— tocaba trompetas de victoria, y Fernando Savater construía el cimento intelectual: al País Vasco le había llegado la hora de la alternancia. Recuerdo haber almorzado el martes anterior a las elecciones con un influyente intelectual muy próximo al PNV al que por la noche iba a entrevistar en BTV, la televisión municipal de Barcelona. El hombre exponía sus dudas, pero al final del almuerzo llegó su esposa —que estaba por otros motivos en Barcelona— y fue rotunda: “No, desgraciadamente no hay ninguna duda. Vamos a perder, apostamos a que Otegi impondría la cordura en ETA y ahora vuelven a asesinar”. 

El PNV no perdió. Ibarretxe logró una movilización récord para impedir la entrada de las huestes de Jaime Mayor Oreja en Ajuria Enea. La suma del PP y el PSOE se quedó donde estaba (32 diputados) —pese a Aznar y Savater—, mientras que Ibarretxe sacó 33, seis más que en las elecciones anteriores. La clave fue que muchos electores castigaron a Otegi, que perdió siete escaños, la mitad del grupo parlamentario, pero se refugiaron en el PNV para impedir la victoria de ‘las tropas nacionales’. Ibarretxe había resistido, pero la estrategia del frente nacionalista había fracasado.

Ibarretxe todavía resistió en 2005, pero bajando diputados (29), frente a los 33 de la suma de PP y PSOE (le salvaron entonces los nueve escaños del Partido Comunista de las Tierras Vascas, al que la ilegalizada Batasuna había dado orden de votar). Pero el rechazo por las Cortes bajo el Gobierno Zapatero del plan Ibarretxe (ahí Zapatero y Rajoy fueron a una) acabó de hundir la estrategia frentista. En las elecciones de 2009, Ibarretxe remontó a 30 escaños, pero el PSOE de Patxi López (efecto Zapatero por haber intentado la paz) saltó a 25 y fue investido con la ayuda de los 13 escaños del PP. Tenían justo la mayoría absoluta de 38 diputados.

Lo relevante fue que entonces el PNV sacó las conclusiones con madurez. Ya antes (finales de 2004) había iniciado el giro a la moderación en el partido con la sustitución en la presidencia del radical Arzalluz por el realista Josu Jon Imaz (ahora consejero-delegado de Repsol), y luego en 2008 por el hoy lendakari, Iñigo Urkullu. Y cuando Ibarretxe perdió, el PNV ni rompió la baraja ni se lanzó al monte. Ni proclamó —como Mas hizo en 2003— que se le había echado del poder ilegítimamente porque era la lista más votada. Calló y se preparó para recuperar el poder en las siguientes elecciones. Así ha sido, y ha gobernado en minoría con 27 diputados. Y pactando muchas cosas y los ayuntamientos con el PSOE (16 diputados), sin recurrir al pacto frentista con Bildu, con quien llegaba de largo a la mayoría absoluta.

Cuando recuperó el poder en 2012, el PNV no recayó en la tentación frentista sino que pactó muchas cosas (y las diputaciones y los ayuntamientos) con el PSOE que lo había echado de Ajuria Enea cuatro años antes. Y el gobierno moderado y el pacto transversal no le han ido mal, porque el domingo va a mantener o aumentar sus escaños. Sabe que gobernará pactando y el pacto, aunque sea transversal —con no nacionalistas—, no le produce ninguna repugnancia.

Justo todo lo contrario de lo que pasa en el nacionalismo catalán, donde cualquiera que hable de pactar con el PSC es directamente excomulgado. Implicaría traicionar la sagrada hoja de ruta.

El contraste con CDC es clamoroso. Artur Mas proclamó en 2003 que había sido despojado ilícitamente del poder (después de 23 años de gobierno de CDC) por el tripartito, ya que CDC había sido la lista más votada. Y poco después —cuando tras las elecciones de 2006 le volvió a pasar lo mismo, pese a haber pactado el nuevo Estatut con Zapatero (pasando por encima del PSC)—, inició una cierta radicalización nacionalista que supo compaginar con un perfil ‘business friendly’ que le permitió recabar el apoyo del empresariado contra la izquierda.

El Artur Mas de antes de 2012 todavía oscilaba entre la radicalización nacionalista —empezaba a hablar del derecho a decidir— y el realismo tradicional de CDC. Por eso apoyó (con su abstención) el programa de rigor de Zapatero de mayo de 2010 que evitó que España fuera intervenida, mientras que el PP votó en contra porque su prioridad era derribar a Zapatero.

La sentencia del Estatut de mayo de 2010 —un proyecto mucho más moderado que el plan Ibarretxe y que no incluía ni el concierto económico— contribuyó a suradicalización nacionalista, empezando a proclamar que la vía estatutaria estaba muerta definitivamente. Si Cataluña no debía aspirar ya a un nuevo Estatut… Pero Mas mantuvo todas las puertas abiertas, hasta ganar las autonómicas a finales de 2010 y tras gobernar con el apoyo del PP hasta entrado el año 2012.

Entonces vino el momento definitivo de la radicalización de CDC. Primero, comprobó por las encuestas que los recortes sociales forzados por el fuerte déficit y el gran endeudamiento de la Generalitat le estaban ocasionando un fuerte coste electoral. Segundo, intentó centrar el discurso en el concierto económico —como el vasco, pero algo más moderado—, que tenía mucha simpatía en la sociedad catalana, y vio que funcionaba algo. Tercero, se encontró con un Rajoy en Madrid que le decía que no a todo, o como mínimo no le abría caminos con la urgencia que él tenía. Cuarto, la manifestación independentista del 11-S de aquel año —animada por organizaciones de la sociedad civil como la ANC y publicitada por TV3, la televisión de la Generalitat— le llevó al convencimiento de que había una mayoría independentista que él estaba destinado a encabezar.

Hubo esa mayoría, pero poco amplia, y CDC perdió 12 diputados a favor de la más independentista ERC. Entonces eligió el frentismo y firmó un pacto con ERC, obligándose a convocar un referéndum para la independencia en 2014.

El resto es historia reciente. Allí donde el PNV rectificó, CDC ha persistido. Y eso que el frente no se ha limitado a ERC sino que necesita —para poder seguir teniendo mayoría parlamentaria— a la CUP, asamblearia, anticapitalista y que además quiere salir de la Unión Europea.

Cierto que hay una importante diferencia con Euskadi. Al contrario de lo que pasó allí en 2009, en Cataluña los partidos constitucionalistas no han conseguido la mayoría en el Parlamento catalán. CDC continúa instalada en el Palau de la Generalitat, aunque compartiendo el Gobierno con ERC y teniendo que pedir permiso a la CUP para cualquier nombramiento que esta considere importante. El último caso es el de la directora de la Hacienda catalana, que ha sido vetada por la CUP.

Pero quizá porque todavía están en el Palau —el PNV tuvo que abandonar Ajuria Enea en 2009— nadie en CDC ha levantado la voz y ha llegado a la conclusión de que con el 47,8% de los votos es imposible tener legitimidad para exigir la independencia. Al contrario, tras las elecciones del 27-S de 2015, CDC se ha radicalizado más y ahora —con la nueva dirección escogida en julio— es un partido que se parece poco a la CDC tradicional, que quiere copiar a ERC (olvidando que el original siempre tiene más ‘caché’ que la copia) y que puede estar condenado a un papel secundario, ya que en las dos ultimas elecciones legislativas ha quedado por debajo de ERC y ha obtenido menos votos que el PSC.

Mientras el PNV abandonó con cuidado el frentismo al ver que la unidad nacionalista podía salvar los muebles (en 2001) pero no permitía un razonable proyecto de futuro, y no dudó en sacrificar a Ibarretxe (aunque él mismo se apartó), CDC cree que el fracaso de la unidad nacionalista es solo provisional y que hay que intentarlo de nuevo.

Que el PNV abandonara el frentismo y que CDC se haya empantanado en él es la causa más próxima de la diferencia entre lo que sucede en Euskadi y en Cataluña, pero hay otras causas, alguna de las cuales incluso puede ser más relevante. Las apunto telegráficamente.

Uno, Euskadi tiene un concierto económico que le da una independencia fiscal y una seguridad que Cataluña no tiene. Incluso un carácter diferencial respecto a otras autonomías, que es admitido por los dos grandes partidos españoles. A ningún Rodríguez Ibarra se le ocurre decir que el concierto vasco es un ataque a la igualdad de los españoles. Sí se decía del nuevo modelo de financiación que reclamaba el tripartito.

Dos, el PNV ya había sido socio del PSOE y había estado abierto a gobiernos transversales con anterioridad. Ahí está el Gobierno vasco en el exilio de José Antonio Aguirre, pero sobre todo el Gobierno PNV-PSOE del 86, cuando el PSOE tuvo más escaños pero menos votos que el PNV. La solución —laboriosa— fue el nacionalista Ardanza de lendakari y el socialista Jáuregui de vicelendakari. Cuando esto pasó en Cataluña en 1999 (Maragall tuvo más votos pero menos escaños que Pujol), a CDC no se le ocurrió nada parecido a un Gobierno paritario. Hay que decir que al PSC tampoco. La CDC de Pujol era menos nacionalista que el PNV, pero Pujol era más exclusivista. Quizá porque en el PNV el poder siempre se ha repartido entre el lendakari y el presidente del partido, mientras que Pujol (para desgracia de Miquel Roca) lo era todo en CDC.

Tres, en Euskadi y en el movimiento nacionalista vaso, tras muchos años de violencia y terrorismo de ETA, seguramente el ansia de normalidad democrática—de tranquilidad— es mucho mayor que en Cataluña, donde la larga etapa de ausencia de conflictos graves (hasta la sentencia de 2010 sobre el Estatut) y la total falta de violencia quizás han permitido en los últimos años un mayor espacio para las movilizaciones reivindicativas.