• Es muy sintomático que a una personalidad templada dentro de la destemplanza general del separatismo se le depare un trato crítico tan feroz como el que ha recibido Santi Vila

Algunos dirigentes del proceso soberanista catalán han criticado acerbamente las declaraciones, bien razonables, del consejero de Cultura del Gobierno de Puigdemont, Santi Vila. En una entrevista concedida a la edición catalana de ‘El País’ el pasado 6 de octubre, Vila se sinceraba con una loable autonomía ideológica. Tras reconocer que ha llegado al separatismo “arrastrando los pies” y que el referéndum unilateral que propone el secesionismo es “una última y agónica expresión de dignidad”, Vila declara que la cultura catalana es también “españolísima” y que espera que siga siendo “mestiza, abierta y plural”.

El consejero va más lejos y se muestra contrario a la prohibición de la fiesta taurina, que dice es “un tema identitario para los nacionalistas españoles y catalanes”, pero que él considera una “gran expresión mediterránea” que declinará sola. Y no elude tampoco tachar de “excéntrica” la iniciativa —propuesta por la CUP— de retirar la icónica estatua barcelonesa de Cristóbal Colón. Estas, entre otras, son las sensatas opiniones de un nacionalista que, como otros, reconoce estar una tesitura política —el independentismo— porque, en su criterio, no ha tenido otra alternativa.

Vila ha recibido un alud de críticas y descalificaciones, aunque Puigdemont ha salido en su defensa, quizás porque sabe que tipos como su consejero de Cultura —lo fue de Territorio con Mas— son necesarios para no entrar, más aún, en una deriva hermética de ortodoxia radical que acabaría con el secesionismo en la casilla del peor reaccionarismo. Sin embargo, es muy sintomático que a una personalidad templada dentro de la destemplanza general del separatismo se le depare un trato crítico tan feroz como el que ha recibido Santi Vila. Un fenómeno que se debe al hecho de que un sector del soberanismo catalán se está deslizando hacia un territorio peligroso de dogmatismo y visceralidad que Fernando Savater definió como ‘etnomanía’. El filósofo donostiarra —escribió de este asunto en un ensayo breve datado en 2002— sabía de lo que hablaba.

Para Savater, la ‘etnomanía’ consiste “en afirmar que la pertenencia debe primar sobre la participación política y determinarla, que son los elementos no elegidos y homogéneos los que han de sustentar la integración en la comunidad. Se trata de conceder la primacía a lo genealógico, lo lingüístico o las ideologías tradicionalistas sobre la igualdad constitucional de derechos: identidad étnica frente a igualdad ciudadana. O sea, el predominio de unas condiciones del pasado compartidas homogéneamente por unos cuantos sobre el pluralismo aunador del futuro en el que deben encontrarse y colaborar todos”. Podría parecer que estas palabras se refieren a los nacionalismos de raíz étnica y no al catalán, que no la ha manifestado como variable sustancial de sus tesis.

Sin embargo, cuando se excita la singularidad del modo en que lo están haciendo algunos dirigentes del separatismo catalán, la aproximación a los planteamientos excluyentes es cada día más arriesgada y peligrosa. Y esa aproximación se está produciendo: se impugna ya la natural idiosincrasia bilingüe catalana y se deforma la historia para presentar una épica de resistencia y una ética de razones victimistas. Es una forma de ‘etnomanía’ que algunos autores clásicos del nacionalismo catalán mostraron a las claras. Sin ir más lejos, el propio Pujol en algunos escritos precoces que mejor es no reproducir en su literalidad.

Personalidades como Santi Vila abundan en la cosmopolita Cataluña. Están calladas, retranqueadas, o salvan los muebles de su ‘status quo’ en la sociedad catalana no llevando la contraria a la excentricidad, al radicalismo y, en definitiva, a estas nuevas formas de ‘etnomanía’ que reivindican la ‘pureza’ —¡ay la pureza de los pueblos!— de un idioma, de una cultura, de unas costumbres, de una versión única del país y de su sociedad. De modo que hay que celebrar que Vila hable, no solo porque lo haga él representando lo que representa, sino porque animará a otros muchos a hacerlo después de tanta aparente unanimidad sobre el entendimiento del patriotismo.

Vila dice que el referéndum que quiere celebrar el secesionismo es una “última y agónica expresión de dignidad” de una parte de los catalanes. Es una frase que conviene diseccionar en su significación literal y política. En ella encontraríamos alguna de las claves del problema. Quizá Vila —representando a muchos— está pidiendo que se abra una oportunidad alternativa para que él y otros no deambulen por el independentismo “arrastrando los pies”.