• La debilidad del Gobierno catalán le forzará a enfrentarse a Madrid en los próximos meses y Rajoy no cederá pero debe intentar bajar la crispación

El Gobierno de Cataluña, cercano a la agonía -sólo se mantiene gracias a un pacto antinatural e inestable de la antigua CDC (transfigurada en Partit Demòcrata Europeu Català, PDEC) y ERC con la CUP– y sobrevivendo bajo la bandera del “referéndum o referéndum en 2017, sólo puede ir hacia adelante o estará condenado a morir. Y ni el PDEC ni ERC quieren desaparecer. ¿Cuándo llegará el choque de trenes final? En los próximos meses, aunque el juicio contra Artur Mas o la inhabilitación de Carme Forcadell -susceptibles de levantar protestas masivas en las calles según los dirigentes de la Generalitat- puden retrasarlo o adelantarlo algo.

El Gobierno de Carles Puigdemont se ha obligado a plantar cara, salvo que se abriera una negociación sobre el referéndum que es difícil que ningún Gobierno de Madrid -ni incluso uno presidido por Pedro Sánchez – estuviera dispuesto a admitir. Puigdemont confía en que la voluntad del pueblo catalán (cree que el 47,8% de 2015 aumentará por la incapacidad política del Gobierno Rajoy) se acabará imponiendo. Y si no es así, él, que ya ha más que cumplido con su ambición personal, habrá hecho lo que cree que tenía que hacer. Deber cumplido.

Lo que nadie sabe es si la batalla final -una vez se constate que el Gobierno de Madrid no permite el referéndum- empezará en unas nuevas elecciones plebiscitarias o constituyentes (como ya escribí en esta crónica) en las que la repetición de Junts pel Sí parece casi imposible (ERC no quiere) o, por el contario, será Madrid quien suspenda la autonomía catalana o al menos algunas de sus competencias como las policiales.

¿Cómo reaccionará ahora el nuevo Gobierno Rajoy? No lo tiene fácil. Porque la continuación de la doble política de inmovilismo y recorte del autogobierno que el PP practica desde antes de llegar al Gobierno, desde el macrorrecurso contra el Estatut de 2006, hasta el momento sólo ha favorecido al independentismo que ha pasado del 20% al 47,8% en 2015. Y en la votación de investidura, 36 de los 47 diputados catalanes votaron contra Rajoy y de ellos 29 (todos menos los 7 del PSC que abogan por la reforma de la Constitución) son partidarios de la independencia o, como mínimo, del referéndum de autodeterminación.

Naturalmente algunos piensan en Madrid que mejor, que más dura será la caída y que el problema no se resolverá hasta que el independentismo quede “cautivo y desarmado”. No sería la actitud más prudente por parte del nuevo Gobierno Rajoy porque un choque frontal -aunque finalmente lo ganara el Gobierno de España- puede dejar un panorama desolador y no prestigiar a España -ni por descontado a Cataluña que seguiría formando parte de España- como un país estable y fiable. Suficientes problemas y deficiencias tiene Europa como para tener que asumir un conflicto suplementario por un problema territorial de los españoles. Además, si al final el conflicto se produce, siempre es mejor abordarlo desde una posición de diálogo que de prepotencia, al menos respecto al electorado catalán que contará bastante en el resultado final.

¿Qué debe hacer pues Rajoy? Lanzar la idea de que el conflicto debe entrar en una fase de menor crispación, aunque de entrada nadie ceda en el dogma -el referéndum de autodeterminación- y hacer gestos que hagan creíble que su política va a buscar, más allá de las palabras, el difícil apaciguamiento. ¿Cómo? Mas y Puigdemont presentaron muchas reivindicaciones asumibles (32 el uno, 46 el otro) como el corredor del Mediterráneo con el que hasta la líder catalana de C´s, Inés Arrimadas, se ha comprometido. Por ahí hay que empezar.

Pero no será nada fácil. El todavía ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, es muy cercano al presidente y en un tiempo fue un político bien visto en CDC hasta el punto de que Jordi Pujol se lo insinuó a Aznar como posible ministro en 1996 al entregarle un libro del periodista Gabriel Pernau sobre personas no nacidas en Cataluña que se habían integrado en la sociedad catalana, con el punto de lectura en el capítulo dedicado a Fernández Díaz. Pero Aznar creía que era un político demasiado acomodaticio con el pujolismo (lo había descabalgado a favor de Vidal-Quadras) e hizo caso omiso, aunque no se opuso a que Rajoy le diera refugio en diversos ministerios durante ocho años. Pero hace tiempo que -desmintiendo todas las esperanzas de unos y las suspicacias de Aznar- no sólo ya no sirve sino que demuestra que las relaciones entre el Gobierno Rajoy y el de la Generalitat han ido bastante peor de lo razonable.

El primer mensaje de Rajoy debe pasar por un Gobierno de apertura al diálogo. En general pero también con Cataluña. Y esto exige seguramente la incorporación de ministros dialogantes y con capacidad política. Los nombres no son tan importantes como sus primeros actos políticos, aunque se habla del hoy eurodiputado González Pons, que podría ser un contrapunto literario, incluso poético, al duro lenguaje jurídico de la vicepresidenta. Y el hecho de que Rajoy haya retrasado hasta mañana la formación del Gobierno puede obedecer tanto a su tradicional cautela como a que no vaya a ser un gobierno de pura continuidad.

El presidente debe aclarar el área económica que le ha dado buenos resultados pero en la que la continuidad de Luis de Guindos parece esencial de cara a las instituciones europeas. Pero lo fundamental es el campo político. Aquí nadie cree en el relevo de la vicepresidenta (algunos dicen que una nueva actitud de Rajoy comportaría automáticamente una posición menos rígida de Soraya Sáenz de Santamaría), pero es evidente que la incorporación de algún nombre que pudiera indicar una actitud más negociadora hacia Cataluña podría ser significativa y ayudar al inicio de un cambio de clima. Y este nombre -suponiendo que Rajoy quiera lanzar esa idea- no es fácil de encontrar porque el terreno está muy quemado.

Josep Piqué, un profesional demostrado y con pocas manías, sería una opción. Pero es todo lo contrario de Fernández -no es un hombre de la confianza de Rajoy-, y podría complicar más la reestructuración del área económica pues su relación con Guindos es gélida. Descartado Pique, Rajoy podría recurrir a alguien que -como Piqué en el 96- fuera bien visto en el campo económico, como el actual presidente del Cercle d´Economia, Antón Costas, de origen gallego pero quizás con una personalidad demasiado progresista para un gobierno del PP, o de alguien más cauto pero con capacidad diplomática y conexiones, como Gay de Montella, presidente del Foment y próximo a Isidre Fainé. E incluso podría recurrir al portavoz adjunto del PP en el grupo parlamentario catalán, Enric Millo, un antiguo democristiano fino y negociador.

Aunque no se puede descartar que opte por su actual jefe de gabinete, el diplomático catalán Jorge Moragas. Tiene el inconveniente de que no es un mensaje de apertura a la antigua CDC (alentó las declaraciones explosivas de la exnovia de Jordi Pujol hijo) pero tendría la ventaja de que todo el mundo -en Cataluña y en el gobierno- sabría que sus iniciativas no serían sólo propias sino que tendrían el visto bueno de La Moncloa.

Rajoy tiene dos grandes retos para lo que queda de este año y 2017: las relaciones con un PSOE en crisis y descabezado pero al que necesita y el conflicto catalán. En ambos casos intentará la negociación pero sin ningún exceso. Si sale bien, perfecto. Si sale mal, siempre tenemos la disolución en el caso del PSOE o la aplicación de la ley en el caso catalán. Y con su experiencia del último año cree que en ambos casos se saldrá. Sabe que no es un político popular y que carece de los atractivos que seducen a los analistas pero ha comprobado que los españoles piensan que es el mal menor o el malo conocido, que tiene mucho ganado. Lo que ha pasado en el PSOE en el último mes y que Pablo Iglesias quiera ser la principal oposición le deben reafirmar en su seguridad.

Su único temor debe ser la economía, pues el propio Luis de Guindos declaró hace pocos días a ‘La Vanguardia’ que “si suben los tipos de interés lo vamos a pasar mal”. ¿Y si su amiga Merkel tuerce la mano de san Mario Draghi y le fuerza a subir los tipos?

Quizás un observador escéptico de la realidad española debería pensar de él, algo parecido a lo que el Rey emérito le dijo de la reina Sofía hace ya unos años a José Luis de Villalonga, que la cualidad que más apreciaba en ella era la profesionalidad. Rajoy la tiene, al menos en comparación con sus competidores.