Las relaciones de Cataluña con el resto de España y el mundo han ido poco a poco evolucionando desde la épica –“el mundo nos contempla”– hasta el actual estado de cosas, mucho más próximo al vodevil y al ridículo.

¿Cómo se interrelaciona lo que está aconteciendo en el mundo global con el desarrollo del llamado procés? Como apunta Eric Kaufmann, profesor canadiense de política en Birkbeck College (Inglaterra), nos encontramos inmersos en un proceso de transformación de valores donde la vieja línea divisoria de izquierda contra derecha, la lucha contra la desigualdad a través de la economía, de la redistribución frente al libre mercado, está siendo sustituida por una nueva polarización emergente, nacionalismo contra cosmopolitismo, cultura cerrada contra cultura abierta. El enemigo es el cosmopolitismo y la respuesta es el nacionalismo.

En Cataluña, el paradigma izquierda-derecha ha sido sustituido por el factor patriótico, el combate contra la desigualdad por el refugio en la identidad, volver a la tribu y anclar en aguas seguras, la fe sustituye a la razón, se vuelve la vista hacia un pasado que se proclama glorioso, “prietas las filas, recias, marciales… el gesto alegre, firme el ademán”. Por eso, es difícil de entender que fuerzas que se autocalifican de izquierdas apuesten por la liberalización de las tribus, dar la palabra a los territorios privilegiados, los que quieren romper el principio de solidaridad e igualdad.

Utilizaré algunos conceptos de la ciencia física para poder explicar los acontecimientos que se suceden de forma caótica y precipitada en la Cataluña de hoy.

La cantidad de movimiento (masa por velocidad) generada por el procés evoluciona a la baja y se encuentra en recesión. Se intenta compensar la pérdida de masa de los adherentes con la aceleración –variación de la velocidad con respecto al tiempo–, menos gente pero más excitada. Sin duda, la aceleración puede provocar el descarrilamiento del procés en su recorrido hacia la República del 3%. Algunos dirigentes catalanes directamente afectados por este valor numérico están al borde de un ataque de nervios. La declaración de Fèlix Millet, la puntilla…

Se habla de “choque de trenes”, algunos apuntan que éste no es posible dado que el procés circula por vía muerta. Sin embargo, existen riesgos de colisión; me temo que sin duda sería una colisión inelástica, es decir, con pérdida de energía de las partes colisionadas. En Cataluña hay el peligro de, por tanto tirar de la cuerda, superar el límite elástico de la cohesión social y entrar en zona de deformación plástica, en donde no hay posibilidades de recuperación.

Otra consecuencia sin duda preocupante del llamado “choque de trenes” —aunque no se produjera– sería evaluar los daños colaterales causados a Cataluña en la suicida estrategia de intentar perjudicar y desprestigiar al Estado, sembrando la duda sobre la calidad de la democracia española, practicando el victimismo tan propio de los nacionalismos irredentos y recreando hasta el paroxismo el falso relato de la persecución de un pueblo oprimido durante siglos.

España es la decimosegunda potencia económica mundial y el decimoséptimo país más respetable del mundo, según el estudio The most reputable countries in the world (junio 2016) elaborado por la prestigiosa consultora RepTrak. Sin embargo, nuestro país tiene un gran problema, la falta de un relato común y compartido que agrupe y convoque a los españoles. El Gobierno del PP, con la ausencia de liderazgo moral e intelectual de Mariano Rajoy, ha sido incapaz de ayudar a construir este relato. España necesita un proyecto de país, partidos que lo desarrollen y un liderazgo político del que carecemos en la actualidad.