Cantautor metido a político por romanticismo, Lluís Llach ha conseguido liarla antes de lo que parecía previsible. Al mismo nivel que el engreído exmagistrado y exsenador Santiago Vidal y tomando como referencia algunas de las astracanadas del propio Gabriel Rufián, el músico ha dado el cante con los funcionarios como protagonistas.

No se preocupen, señores, viene a decir el cantautor, ya obedecerán una nueva legalidad que nos sacaremos de la manga y quien desobedezca (lo mismo que los gobernantes no se atreven a cumplir) sabrá lo que es recibir una sanción de ese ente tan democrático, amable y sonriente que es la Generalitat de la independencia. Poco importa que nuestro proceso se haga de espaldas a una parte importante de la sociedad catalana, la legitimidad nos la dará una legislación de nueva planta, que estrenaremos para la ocasión y que no respeta el orden normativo actual, que nos disgusta y, por tanto, nos lo pasaremos por el forro. Así de claro.

El de Girona es ya un friki más de la barbarie política catalana, en una colección que crece cada día que pasa

De Llach nadie esperaba que elevara el ya de por sí bajísimo nivel de los políticos catalanes de Junts pel Sí, pero quienes le hemos visto evolucionar desde Nacionalistes d’Esquerra hasta nuestros días sí que hubiéramos apostado por una actitud de mayor sentido común que la mostrada con sus mítines soberanistas y sus salidas de tono con respecto a los trabajadores públicos. El de Girona es ya un friki más de la barbarie política catalana, en una colección que crece cada día que pasa. Ahora no sólo lo saben sus adversarios políticos, también lo saben los policías catalanes, los celadores de hospital, los profesores, los bomberos, los empleados de la Agencia Tributaria de Cataluña y toda suerte de personas vinculadas con la administración de la Generalitat por vía laboral.

Ha costado algo entenderlo, pero la estaca de Llach, en aquella canción que tantas y tantas veces ejerció como cántico de libertad de una sociedad atropelladamente salida de una terrible dictadura, no era un madero de restricción de libertades, igualdad de oportunidades y convivencia cívica y democrática. Más bien, a la vista de lo que queda del cantautor de izquierdas que fue, aquella estaca de la que el abuelo Siset le hablaba más parece un garrote con el que domar a los que se nieguen a participar del nuevo totalitarismo de baja intensidad que los sentimentalistas y románticos nacionalistas nos han preparado para nuestro divertimento durante los próximos tiempos.

Si l’avi Siset aixequés el cap, no coneixeria al seu nét!