Hace meses que Puigdemont se pasea por el mundo de la mano de Diplocat explicando que Catalunya está sojuzgada por una España no democrática y que por ello “los catalanes” queremos la independencia. El último episodio de estos viajes fue la doble visita a EE.UU. en que, pese a los buenos deseos de mi colega el exdiplomático americano y profesor de una universidad de Miami Ambler Moss –siempre buen amigo de Catalunya y ahora declarado separatista–, la Fundación Carter no ha reconocido que Catalunya sea una colonia de España y tenga derecho a la autodeterminación.

Los que no somos separatistas y sí somos autonomistas sabemos que sólo una parte de los catalanes quieren la independencia y sabemos, también, que sería interesante que se produjeran ciertos cambios en la gobernanza de España para que incluso los no separatistas nos sintiéramos mas cómodos de lo que nos sentimos con la situación a la que se ha llegado en las relaciones entre Catalunya y el resto de España. 

Dicho esto y, aunque ya vimos que la CUP inhabilitó en su momento a Artur Mas en su intento para ser reelegido presidente de la Generalitat, todo parecía indicar que el separatismo había conseguido llegar a una unanimidad de pensamiento único que se transmitía en los medios de comunicación afines al independentismo adoctrinando a la población sobre las bondades de dejar ­España. Lo que está sucediendo en la últimas semanas nos está mostrando que la realidad del separatismo es una lucha por el poder que está muy lejos de la unidad que se trataba de explicar que existía desde las posiciones del pensamiento único para convencer a quienes no estábamos convencidos de que la separación sería positiva para Catalunya y para el resto de España y que sería apoyada por el mundo.

Esto lo estamos viendo muy claro. Pese al acto unitario del Govern de ayer, se ha roto el frente común sobre el referéndum más de lo que ya lo estaba, al tiempo que la i ndependización no está teniendo la respuesta positiva en la esfera internacional que esperaban obtener los que quieren dejar España. Es fácil tratar de convencer a la parte de la población más ingenua de que la oposición de otros estados a la independencia es consecuencia de que el Gobierno español presiona a los gobiernos extranjeros para que no se adhieran a la causa segregacionista, pero los catalanes sensatos nos damos cuenta de que, tanto con presiones diplomáticas de este tipo como sin ellas, los países de nuestro entorno político, cultural y de valores no quieren oír hablar de separatismos pues bastante tienen ellos con sus propios problemas regionales.

Ni pensamiento único independentista –como no podía ser de otro modo en un país democrático como el nuestro en que votamos a cada rato– ni apoyo interna­cional. Esta es la realidad separatista actual por más que se nos quiera convencer de lo ­contrario.