El acuerdo que ha permitido el apoyo del PNV a los Presupuestos Generales de Mariano Rajoy dice bastante de los nacionalistas vascos, de la derecha centralista española y de su capacidad para llegar a pactos. No es la primera vez que colaboran, pero lo inédito es que ocurra en la situación de gran debilidad de ambos al frente de sus gobiernos respectivos y, sobre todo, que se produzca en el contexto de crisis territorial que vive España.

¿El PP que pacta con el PNV y le da el oro y el moro es el mismo PP cerril que no da ni agua a los nacionalistas catalanes? Si es así, habrá que pensar que la diferencia está en la otra parte de la mesa de negociaciones.

El PNV celebró el Aberri Eguna en Gernika el 16 de abril en el marco de la reclamación de una relación bilateral con Madrid que debería sustentarse en la cosoberanía del País Vasco. No era la primera vez que el PNV lo planteaba. De hecho, es el objetivo de su proyecto estratégico de mejora de las cotas de autonomía. Pero en el discurso de aquel día del presidente del partido, Andoni Ortuzar, apareció un elemento muy interesante, al menos visto desde Cataluña.

El PNV reivindica el trabajo hecho al frente del Gobierno autónomo. Ortuzar presumió ante su militancia de que la Euskadi de hoy es mucho más nación que nunca y de que el país jamás ha estado mejor desde los tiempos del Reino de Navarra.

A partir de ese reconocimiento, los nacionalistas vascos reclaman más poder a través del mismo sistema que el Gobierno del PP ha propuesto para dar una salida al conflicto de Gibraltar. Un frase oportunista que se convirtió en el titular unánime del día siguiente.

A cada cual le podrá parecer mejor o peor la propuesta vasca, y podrá estar de acuerdo o rechazarla, pero el interés de aquella declaración es innegable. El PNV se hace responsable de su gestión al frente de la lendakaritza en todo este tiempo: desde que entró en vigor el Estatuto de 1979; aún vigente, por cierto. Se enorgullece de los logros alcanzados, algo inaudito en Cataluña, donde los gobernantes han acostumbrado a los ciudadanos al discurso de la queja y el lamento permanente.

¿Por qué no presume CDC de los resultados de su trabajo a lo largo de 30 años al frente de la Generalitat? Algo habrá logrado en ese tiempo de lo que pueda sentirse orgulloso. ¿O no?

El núcleo central del discurso convergente es el reproche continuo a cuenta de las agresiones y los desprecios del enemigo. El victimismo de su ADN le ha proporcionado algunos éxitos en las urnas, es cierto, pero le impide reconocer que la Cataluña de hace 40 años no se reconocería en la de hoy, ni que el país vive la mejor etapa de su historia contemporánea. Si lo hiciera, tendría que admitir a continuación que no hay motivos que respalden sus propuestas separatistas, más allá de una fórmula de supervivencia electoral como partido; fracasada estrepitosamente, por otra parte.

El PNV no solo se responsabiliza de lo que ha hecho, sino que se pone como modelo para convencer y para sumar a los abertzales radicales a su proyecto, y quizá sin proponérselo se erige también en paradigma de opción nacionalista que trata de ampliar las bases de su proyecto con la feina feta, no con una querella permanente que solo conduce al enfrentamiento y a la frustración.

El PNV, aun y defendiendo un nacionalismo tan excluyente como cualquier otro, plantea su gestión como argumento para ensanchar el respaldo electoral. Su estrategia arroja luz sobre la de CDC/PDECat, que al verse obligado a negar los logros de las últimas cuatro décadas se presenta como una opción política vacía y fracasada, como una víctima de su victimismo.