• El vicepresidente de la Generalitat y líder de ERC, Oriol Junqueras, no oculta que su gran preocupación es lo que pasará el día después del 1 de octubre

El Gobierno catalán acelera la máquina ya que después de fijar la pregunta y la fecha (1 de octubre) del referéndum, afirma que el próximo martes (el 4 de julio) dará más detalles de la consulta en un acto público. Es un movimiento que, además de desafiar a Madrid, supone también incrementar la tensión interna en Cataluña al no respetar las normas parlamentarias y despreciar a los grupos de oposición. Lo lógico sería que la ley del referéndum unilateral se presentara en el Parlamento, fuera aprobada -o rechazada-, y luego se hiciera la campaña de comunicación a la opinión pública.

No será así porque como se trata de un referéndum unilateral e ilegal, la ley que lo ampare será inmediatamente recurrida al Tribunal Constitucional (TC) y el Gobierno catalán prefiere optar por un método más propio de un comité revolucionario que de un gobierno democrático: ‘agit-prop’ a tope para calentar motores y movilizar a sus partidarios pero sin dejar -al menos por el momento- ninguna huella escrita o texto legal que pudiera ser recurrido al TC y suspendido. Es un procedimiento tan anormal, que Joan Coscubiela, el portavoz parlamentario de Iniciativa-Podemos Cataluña, el grupo más a la izquierda con la excepción de la CUP, reaccionó de forma airada: “El concepto de democracia de algunos es el de un gobierno sin oposición, con medios de comunicación afines y un parlamento sin funciones”.

Pero no son sólo los grupos de oposición (PPC, Ciudadanos, PSC e Iniciativa-Podemos), que juntos suman 63 diputados (sobre 135), los que se sienten marginados. Los propios letrados del Parlament de Catalunya han elaborado un informe en el que dicen que la pretendida reforma del reglamento por la vía de urgencia, necesaria para poder aprobar la llamada ley de desconexión en un solo día y en lectura única, puede violar los derechos de esos cuatro grupos parlamentarios.

Está claro pues que el tándem PuigdemontJunqueras ha decidido pegar un acelerón a la máquina. Saben que el Estado intentará paralizar el referéndum y que deben movilizar al máximo a sus partidarios para la segunda quincena de septiembre (tras la tradicional manifestación independentista del 11-S) ya que creen que sólo una gigantesca protesta ciudadana puede forzar al Estado a ceder o, como mínimo, obligarle a negociar. Se habla incluso de que unas 30.000 personas podrían ocupar de forma indefinida el Parque de la Ciudadela (donde está alojado el Parlamento catalán) para apoyar a los 71 o 72 diputados independentistas (suponiendo que Germà Gordó, ahora no inscrito, se sumara) que reunidos en sesión permanente y que, ante la mirada de todos los medios internacionales desplazados por el espectáculo de una repetición de la plaza Maidan en territorio europeo, podrían incluso proceder a una Declaración Unilateral de Independencia.

No sigamos porque todo puede ser fruto de una mente calenturienta. Ahora no estamos ahí, sino que se trata de empezar los pasos necesarios para celebrar el referéndum. La compra de urnas, cuyo concurso fue recurrido por la Fiscalía y anulado provisionalmente ayer sin explicaciones claras por el Gobierno catalán, es uno de los más emblemáticos. La convocatoria oficial del referéndum será más tarde, cuando más convenga. ¿Segunda quincena de agosto, primeros de septiembre, el mismo 11 de septiembre? Nadie sabe nada, incluidos muchos ‘consellers’, que se sienten ninguneados -y alarmados- por el secretismo y la radicalidad con la que está actuando el tándem Puigdemont-Junqueras.

Luego, cuando la entrevistadora se interesa por “cierta complicidad con Soraya Sáenz de Santamaría y los ministros Montoro y Guindos” (el argumento con el que sectores de la antigua CDC intentan pintarle como culpable de pactismo), Junqueras responde: “Intentamos ser personas muy respetuosas y educadas y eso es compatible con ser consecuentes con nuestros principios y el mandato que tenemos de la ciudadanía. Desgraciadamente, los hechos han demostrado que la buena educación no es suficiente para que el Gobierno español cambie de actitud cuando actúa contra los ciudadanos de Cataluña… Seguimos una máxima ‘suaviter in modo fortiter in re’. Pero finaliza: “Pase lo que pase el día 1 de octubre, hay que pensar en el día siguiente. Todo el mundo tiene que tener interés en actuar de la forma más responsable posible, consciente de las reputaciones cruzadas de todas las instituciones y que las decisiones que se tomen en contra de alguien se toman en contra de uno mismo”. ¿Llamada a la moderación de los propios y a la negociación posterior? ¿Advertencia al Estado de que inhabilitarle puede complicar la salida de la crisis? ¿Las dos cosas?

No hay duda de que Junqueras, que pasó varios meses leyendo historia en la biblioteca del Vaticano, tiende a usar un lenguaje ‘vaticanista’…Y al principio de la entrevista recuerda que ya dijo que “el junquerismo es amor”.

Pero lo cierto es que los dos trenes ya circulan buscando el choque. Entre el tren independentista, armado con el poder de la Generalitat, de los medios públicos catalanes como TV3, y de los voluntarios de la ANC y de Òmnium Cultural, y el tren del Estado, que con una amplia mayoría parlamentaria detrás va a recurrir a “la legislación vigente”, lo que el conde de Romanones decía que había que aplicar a los enemigos.

Aunque son dos trenes que se pretenden relucientes y que presumen de fuerza, la realidad es que transportan dos proyectos que en parte ya han fracasado. Lluís Bassets, director adjunto de ‘El País’ en Cataluña pero que ha tenido una larga carrera profesional en Madrid, París y Bruselas, acaba de publicar un largo libro, ‘Lecciones españolas: Siete enseñanzas de la secesión catalana y la crisis constitucional española’ (EDLibros), en el que hace un interesante y original análisis de los años de ‘procés’ (2012-2016).

La tesis principal es que los dos proyectos (no habla de trenes) ya han fracasado: “Empecé escribiendo que esta es la historia de una frustración doble y termino añadiendo que también es la historia de un doble fracaso apenas reconocido: fracaso de la España unitaria y fracaso de la Cataluña independiente… Ni unos ni otros, ni el unitarismo español ni el soberanismo catalán han sido capaces en estos cuatro años de plantear algo distinto a sus respectivos fracasos”.

Bassets tiene razón. El proyecto de “la España de una constitución petrificada e irreformable del PP” se viene abajo cuando en unas elecciones catalanas legales, planteadas por Artur Mas como plebiscitarias, el 47,8% de los votantes lo hace a candidaturas que no quieren ya el olvidado y tan atacado Estatut de 2006, o la España plurinacional del PSC, sino directamente la independencia. Y cuando otro 9% vota la candidatura de Inciativa-Podemos Catalunya que defiende un referéndum de autodeterminación.

Pero si el proyecto de la España unitaria ha fracasado, también lo ha hecho el de un Estado catalán independiente. Después de tres años de una propaganda intensa, en medio de una grave crisis económica que favorece el voto de protesta, tras la celebración de una ‘consulta participativa’ en 2014 -el año del tricentenario de 1714-, la querella subsecuente del Estado contra Artur Mas y la celebración de unas elecciones plebiscitarias con una muy alta participación, obtener el 47,8% de los votos es un buen resultado, que da además una mayoría absoluta parlamentaria, pero no permite exigir la independencia. Un referéndum se pierde con el 47,8% de los votos y además el bloque independentista está tan dividido que sólo se pudo formar gobierno cuando la CUP, el 8% que complementa el 39% de Junts pel Sí para llegar al 47,8%, obtuvo satisfacción en su terca exigencia de depurar a Artur Mas, el líder que en 2012 se lanzó a la vía independentista y que ha llevado a su partido a una situación límite.

El independentismo también fracasó el 27-S de 2015 y todas las encuestas dicen que en un referéndum, Cataluña se partiría en dos mitades prácticamente iguales. ¿Se puede construir un nuevo Estado europeo que, contra la voluntad de España, tendría serias dificultades para integrarse en Europa, con sólo la mitad de la población a favor?

Bassets es partidario de encontrar alguna fórmula de tercera vía y acaba su libro con la frase de un académico catalán exiliado en 1939, Pere Bosch Gimpera, que en México hizo amistad con Anselmo Carretero, el ingeniero socialista que habló ya hace muchos años de España como “nación de naciones(no es un invento de Pedro Sánchez), y que quizás recordando al obispo católico Torras i Baiges que dijo aquello de “Cataluña será cristiana o no será”, llegó a la conclusión de que “España será la de todos, hecha por todos, o no será”.

Y es cierto que en las encuestas la mayoría de catalanes se daría por satisfechos con un autogobierno en el que se blindaran cuestiones de lengua y cultura, de financiación y de inversiones del Estado. Pero las fuerzas políticas que defienden esta opción están hoy lejos de ser mayoritarias y Bassets no es optimista sobre el futuro inmediato: “Es lo más semejante a una carrera de sacos en la que compiten tres opciones imposibles: una independencia que sólo existe en la mente de los creyentes, una tercera vía en la que creen pocos y un ‘status quo’ que es abiertamente insostenible”.

Y el día a día va confirmando que los dos proyectos, que a estas alturas ya está claro que han fracasado, van a provocar un choque de trenes que no va a acabar bien para nadie… aunque a corto plazo la legislación vigente siempre tiene las de ganar.

La última prueba del bloqueo político es lo sucedido con el editorial -discutible pero ponderado- del ‘New York Times’ del pasado viernes. El ‘Times’ no es la biblia pero sí uno de los principales diarios del mundo y cuando acaba un editorial dedicado a la cuestión catalana diciendo que “la mejor salida para España sería permitir el referéndum y que los catalanes rechazaran la independencia, como ya hicieron los quebequeses y los escoceses… si no fuera así, la intransigencia de Madrid sólo conseguirá inflamar las frustraciones catalanas”, sería lógico que se abriera una reflexión.

Pues no, el independentismo canta victoria por lo del referéndum, olvidando que también dice que “muchos catalanes ven claras ventajas en continuar formando parte de España, entre ellas la de pertenecer a la Unión Europea”.

Pablo Casado, que suele abordar desde la satisfecha unilateralidad la complejidad política, sólo se fijó en que se defendía el referéndum, olvidando que el diario neoyorquino afirma que lo más conveniente sería que Cataluña siguiera formando parte de España. Claro que quizás no fue sólo lo del referéndum lo que escoció en Génova sino que el editorial sentenciara que “un gobierno central más capaz podría hacer frente al independentismo dando a la región (dice región), un mejor trato económico” y que “negociar de buena fe para encontrar una solución política en vez de fiarlo todo a una interpretación jurídica restrictiva de la Constitución…también podría ayudar”.

Esperemos pues a ver qué nos depara el 4 de julio mientras parece que el tren del Estado ha marcado un primer tanto al tener la Generalitat que declarar desierto el concurso, convocado a bombo y platillo, para la compra de urnas.