Hemos vivido un día de fragilidad informativa y política. Una de las características de la figura de Tarradellas era la seriedad y el no perder nunca las formas. Lo que ha ocurrido hoy en Catalunya no es serio ni tampoco ha guardado las formas. El president Puigdemont ha dado muestras de fragilidad al tener que cambiar de opinión a lo largo de la jornada.

Cuando ha acudido al Parlament ni siquiera ha intervenido. Se aprobaron las leyes del 6 y 7 de septiembre sin contar con el Parlament y hoy se ha trasladado a la cámara ni más ni menos que la declaración de la república catalana. Mañana puede ocurrir cualquier cosa y todavía albergo la esperanza que la ruptura formal entre Catalunya ny España pueda evitarse en las próximas horas.

Un gobierno que quiere ser transparente se ha movido en la más estricta opacidad desde hace casi dos meses. El Parlament sólo se abre cuando hay que tratar algo relacionado con el procés. Es poco democrático y poco acorde con lo que los británicos conocen como la accountability, el dar cuentas.

Tenemos un presidente que ha perdido la iniciativa y, en cualquier caso, no hace lo que le parece más oportuno. Qué diferencia con Tarradellas e incluso con Pujol. Puigdemont es frágil políticamente porque depende del escurridizo Junqueras y de la CUP que quiere hacer una revolución con los diez diputados. ¿Qué hace Artur Mas? ¿Por qué en las reuniones decisivas acuden personas que no han sido elegidas y que ejercen una gran influencia en las decisiones?

Santi Vila dijo en una cena el lunes pasado que si Puigdemont llegaba al punto de autorizar la ruptura con España, dimitiría. Así lo ha hecho esta noche. Santi Vila puede irse a casa o ser la reserva electoral para recoger el voto nacionalista en unas próximas elecciones.

El caso es que el proceso va triturando todo lo que encuentra a su paso. Cuatro consellers han dimitido en las últimas semanas. No hay unidad en el gobierno ni en el independentismo.

Quizás lo peor no ha llegado todavía. Si el Senado aprueba el artículo 155 de la Constitución y se acuerdan medidas coercitivas contra la Generalitat y su gobierno, el problema será mucho mayor.

El conflicto entre Catalunya y España está aquí para quedarse. No se va a resolver con leyes ni con la fuerza. Hay que intentar buscar la confianza perdida. Primero entre la sociedad catalana y segundo entre catalanes y españoles. El problema existe y en estos momentos tan delicados las soluciones rápidas no servirán de nada.