• La “espiral del silencio” a la que aludía una mayoría silenciosa ha dado paso a la “espiral del ruido”, expresión de la profunda división social en Cataluña

Nada es más tozudo que la realidad. Lo hemos podido comprobar de nuevo con los resultados de las recientes elecciones autonómicas catalanas. La “espiral del silencio”, la que aludía a una mayoría silenciosa o silenciada, ha dado paso a la “espiral del ruido”, fiel expresión de la profunda división social existente ahora en Cataluña. Con una participación electoral de casi el 82%, la mayoría silenciosa se ha expresado con un ruido similar a la hasta ahora única mayoría ruidosa. La conclusión es evidente: aunque el número de votantes ha crecido hasta límites difícilmente superables, la fractura social se ha reproducido con claridad meridiana y ha demostrado que la sociedad catalana se halla dividida en dos mitades casi iguales.

El voto independentista sigue movilizado, está estancado y solo desciende unas pocas décimas: 47,9% en 2012, 47,8% en 2015 y 47,4 ahora. Otro tanto sucede respecto a la representación parlamentaria secesionista: 74 en 2012, 72 en 2015 y 70 en la actualidad. Esto tiene su lógico correlato en los votos obtenidos por las formaciones no independentistas: 52,1% y 61 escaños en 2012, 52,2% y 63 diputados en 2015, y en 2017 52,6% y 65 escaños. Apenas se han producido movimientos significativos entre los dos grandes bloques que configuran el complejo y complicado mapa político catalán.

No obstante, el pasado 21D se produjo por vez primera un cambio relevante: Cs, un partido todavía joven y que nació como oposición al nacionalismo catalán e incluso al catalanismo, se ha convertido en el primer partido catalántanto en votos como en escaños. Su único y persistente discurso ha sido y es el del anticatalanismo, que evidentemente en democracia es tan legítimo como el catalanismo y que no implica en modo alguno ir contra los intereses legítimos de la ciudadanía catalana.

  • ¿Qué mejor antídoto a un nacionalismo que otro nacionalismo, el español?

El nítido pero pírrico triunfo de Cs, con Inés Arrimadas como líder emergente, constituye la réplica contundente a la deriva secesionista emprendida desde 2012 por el nacionalismo catalán. ¿Qué mejor antídoto a este nacionalismo que otro nacionalismo, el español? ¿Qué mejor respuesta al populismo separatista que el populismo españolista?

Cataluña, al menos hoy por hoy, no es país para moderados. Tanto el PSC de Miquel Iceta como en especial “los comunes” de Xavier Domènech no han recurrido en ningún momento a fórmulas populistas y han propugnado en todo momento la moderación y la reconciliación interna y externa como únicas bases para superar el enquistamiento de la tremenda división social que existe en Cataluña.

El PSC ha salvado los muebles, mejorando en votos y también en representación parlamentaria, pero sin alcanzar un resultado mínimamente satisfactorio. Mucho peor le han ido las cosas a CECP, que ha perdido tanto en votos como en escaños. En su conjunto, los únicos moderados en el actual mapa político catalán han perdido peso específico.

  • Los únicos moderados en el actual mapa político catalán han perdido peso específico

El conflicto interno y externo se ha agudizado. Los extremismos de unos y otros han vencido frente a los moderados. Se presenta un futuro nada fácil para Cataluña, para el conjunto de España y con repercusiones previsibles en la Unión Europea.

Unos y otros, cada uno desde su propio nacionalismo y desde su propio populismo, saben perfectamente que la realidad es y seguirá siendo tozuda, que los cambios previsibles, al menos a corto y a medio plazo, serán mínimos, y que por tanto la única solución posible pasa y pasará, ahora y en el futuro, por el reconocimiento y la asunción de esta realidad casi inmutable. Esto quiere decir que sin el triunfo de la moderación, sin la victoria de un espíritu real de concordia y reconciliación, Cataluña seguirá estando condenada a una división social interna muy peligrosa, a un aislamiento muy grave, a una gran pérdida de prestigio internacional y a un deterioro, tal vez lento pero seguro e inevitable, de su situación económica.

Pero no: hoy por hoy, lamentablemente, Cataluña no es país para moderados.