Si estuviera en el equipo del aspirante socialista a la presidencia de la Generalitat, desplazaría a quienes se empeñan en reprimirle. Con él, llenaría de sonrisas la señera porque el sentido común y la defensa identitaria no están reñidos con la cordialidad ni con el buen humor. Y de eso Miquel Iceta va sobrado, como lo está su historia personal de humildad y progresivo refuerzo de la autoestima para llegar a la primera fila del PSC. Dice de si mismo que es el anti líder: un hombre calvito, bajito, gordito y felizmente gay, pero resulta que ese conjunto de características parece encandilar a una parte de la sociedad catalana -y de la otra- que está hasta las cejas de postureo y carismas prefabricados para cosechar éxitos mediáticos que el tiempo acaba poniendo en su lugar. 

Más allá de la imagen cercana que proyecta, llama la atención su sereno y profundo compromiso ético con el respeto por los demás como dejaba reafirmado en la presentación de su candidatura, algo perentorio en este tiempo de fractura social de Cataluña consigo misma y con los demás. Resulta atractiva su inteligencia, intelectual y emocional, cuando dice desconfiar de las verdades absolutas y los dogmas que pretenden ahogar discrepancias porque «es preciso construir el nosotros desde el respeto y la comprensión del otro». Lo cual parece una propuesta necesaria contra el frentismo que polariza el debate de ideas a día de hoy.

La política es una actividad noble mientras no se invente algo mejor. El problema es su permeabilidad a los arribistas profesionales que dicen tener vocación de servicio público cuando solo buscan poner lo público a su servicio. Aquí el desorden de los factores sí altera el producto, y se necesita más que nunca gente cabal entre tanto desafuero, banquillo, desvanes llenos de billetes, paraísos donde guardan sus miserias fiscales nombres sonoros de nuestra vida pública o mentirosos orates buscando cambiar el eje del planeta para ponerlo a sus órdenes. Entre tanto aire viciado refresca encontrar personas en las que reconocernos. En ese sentido, Iceta, es puro ordinary people que sueña llegar a ser, algún día, el Mr. Farenheit que cantó Freddy Mercury. 

Revisen los vídeos de su famoso baile de Don’t stop me now. Ante un Pedro Sánchez petrificado por el asombro, canta bajo la inmensa voz del vocalista de The Queen la letra de una canción con la que se siente identificado: «estoy pasándolo bien, soy una estrella fugaz que atraviesa el cielo como un tigre que desafía las leyes de la gravedad, como un coche de carreras cual lady Godiva atravesando el cielo casi a 200 grados. Por eso me llaman Sr. Farenheit, viajando a la velocidad de la luz: el hombre supersónico…». 

Pues vale, Miquel. Olé tú. Pobre de quien haya perdido la capacidad de soñar porque no será capaz de ilusionar.