Las elecciones del domingo han sembrado de incógnitas y de campos de minas la política catalana y española. También han planteado muchas paradojas. Una de ellas es que el president en funciones, el president del business friendly, dependa para ser investido, para gobernar y para seguir adelante con el proceso, de un partido, la CUP, que se declara anticapitalista y que en los días de campaña lanzó una proclama contra los bancos con un «bon vent i banca nova». ¡Ay!, aquellos abrazos.

La situación que vive Catalunya es de tanta complejidad que los análisis son necesariamente parciales e incompletos. Sólo faltaba que el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya citara a declarar como imputado a Artur Mas y a la que era su vicepresidenta, Joana Ortega, y a su consellera Irene Rigau. Quiere saber el tribunal si los altos cargos estuvieron implicados en la consulta del 9 de noviembre del 2014 en la que participaron 1,8 millones de catalanes. Es una decisión judicial con una fuerte carga política que implica una notable precariedad del funcionamiento de las instituciones democráticas. El ministro de Justicia, Rafael Catalá, estaba al corriente de la situación al afirmar que no se había cursado antes la orden de comparecencia porque se estaba en campaña electoral.

El Gobierno Rajoy abandonó un acercamiento a una solución política al problema planteado por las manifestaciones que el president Mas se hizo suyas desde la Diada del año 2012. Mas no supo leer bien el significado político de todas las concentraciones populares y cuando ha sacado las urnas ha ido perdiendo progresivamente votos hasta el domingo pasado.

Rajoy ha utilizado la ley pura y dura como única respuesta a un conflicto que tiene raíces históricas, emocionales, culturales, políticas y sociales. El rechazo a España en una parte importante de la sociedad catalana se ha analizado con demasiada frivolidad por las fuerzas políticas que acampan en Madrid. Alguien debería preguntarse por qué en Girona, la provincia más rica y más próspera de Catalunya, el independentismo ha obtenido los resultados más contundentes.

Rajoy y Mas no han hablado durante todo este tiempo porque no han querido y porque no les ha interesado. Han pensado que la ruptura del diálogo alimentaba a sus propios electorados y que cuanto más radical pareciera su confrontación más aseguraban la fidelidad de sus votantes.

Artur Mas ha comprobado que no es así. Y, posiblemente, Mariano Rajoy lo experimentará antes de Navidades. Lo cual me lleva a pensar que el contencioso o el conflicto entre Catalunya y España no podrá ser abordado ni por Rajoy ni por Mas. No han sabido, no han querido o no han podido hacerlo. Así de sencillo. Les ha faltado aquella visión que tienen los estadistas.

La citación del TSJC coincidirá en plenas negociaciones sobre la investidura del nuevo president. Los números no le salen a la híbrida lista encabezada por Raül Romeva, que, curiosamente, ha adoptado el protagonismo que le corresponde desde el punto de vista formal pero que estaba reservado para Artur Mas al día siguiente de las elecciones. La rueda de prensa de los tres pesos pesados de Junts pel Sí era dirigida el lunes por Romeva, con una cierta complacencia de Oriol Junqueras y con una sonrisa mustia y desconfiada de Artur Mas. Son las cosas que pasan cuando se simula presidir una candidatura como número cuatro de la lista.

Antonio Baños, el cabeza de la lista de los diez diputados de la CUP, es el personaje del momento. Nos dijo el otro día en el programa de Cuní que, por fin, tendría un sueldo fijo porque hasta ahora era simplemente periodista. Aplausos en el plató.

Es una cara amable pero radical de la CUP. Insiste en que no va a votar la investidura de Mas por los recortes, la corrupción y los pactos con el PP. Tampoco apoyará la declaración unilateral de independencia porque no es mayoritaria en votos. Quedan varias semanas hasta el 26 de octubre. La política lo admite todo, se lo traga todo y lo cambia todo. Pero el poder personal cae del pedestal cuando alguien ve una alternativa posible. Sería un inesperado final para Artur Mas, que se enfrenta ahora a la justicia por haber colocado las urnas en un simulacro de referéndum. Desproporcionado. Pero ha sido él quien ha impulsado el proceso sin mayoría parlamentaria, el que ha desvencijado CDC, ha destruido la coalición de CiU, ha auspiciado indirectamente que Ciutadans, ajenos y contrarios al catalanismo político, sea la segunda fuerza del Parlament. Ha roto puentes con España y no ha construido ninguno con Europa. Ha dejado un país envuelto ahora mismo en la incertidumbre sobre el futuro. Su lista ha ganado las elecciones y si se conservan los pactos, debería ser el candidato de Junts pel Sí. Pero Baños y los cuperos mantienen su negativa. Todo puede ocurrir en las próximas semanas. Habrá más manifestaciones, eso sí. Pero convendría que se dedicara un tiempo y esfuerzo a gobernar.