Mi amigo Joan Barril, en las últimas temporadas de su programa radiofónico El cafè de la República, decidió no invitar a políticos de uno u otro signo. ¿Por qué? Porque mentían. Puedo atestiguar que más de uno y más de diez, durante la pausa publicitaria y a micrófono cerrado, opinaban exactamente lo contrario de lo que acababan de soltar en público. La primera vez me aturdí, hasta que Joan me tranquilizó contándome que las cosas son como son. Y el estudio empezó a llenarse de maestros, médicos, jardineros, egiptólogos, científicos, alpinistas, submarinistas e incluso algún que otro escribiente. No había color: ellos, guiados por las preguntas de Barril, nos explicaban cosas interesantes con palabras sencillas, y al final de la entrevista todos éramos un poquito más sabios. Supimos de boca de Jorge Wagensberg que los dinosaurios no se habían extinguido de la Tierra y que para comprobarlo solo teníamos que mirar una gallina e imaginarla cien veces más grande.

No sé si los actuales políticos mienten o solo ocultan parte interesada de la verdad (verbigracia, Europa), pero sí que lo que estamos viviendo ahora y aquí es el interminable día del bucle y la marmota. Nuestros entrevistados se extendían amable y pedagógicamente sobre las cosas y sus porqués, pensando fuerte y hablando en voz baja; la mayoría de los actuales líderes no argumentan: gritan, niegan todo mérito al adversario, no reconocen culpa alguna; son más actores que autores de sus palabras para conseguir, al precio que sea, el pavloviano aplauso de su entregado auditorio. Ignoran o prefieren ignorar aquellas pequeñas palabras de Espriu«Penseu que el mirall de la veritat s’esmicolà a l’origen en fragments petitíssims, i cada un dels trossos recull tanmateix una engruna d’autèntica llum». Gritar alegre y reiteradamente «Independència» debe resultar reconfortante y diurético para aquellos que lo practican, pero sería bueno para todos -unos, otros y los de en medio- que alguien muy autorizado, tal vez inexistente, nos aleccionase sobre las complejidades que se esconden detrás de estas escasas sílabas. Y ya que la verdad se hizo añicos, saber leer cada uno de los cristales rotos sin herirse los dedos.

Un contento figurante, no

Creo que nunca en estos pagos habían estado tan alejadas entre sí la pasión y la razón, caras de una misma moneda. En el fondo me encantaría ser uno más de los que llenan grandes avenidas con la estelada por montera compartiendo con su hijo de 3 años el feliz grito de libertad; pero mi tal vez enfermiza razón lo asocia fatalmente a las entusiásticas celebraciones por las victorias del Barça y todo el dinero que mueve. No quiero ser, y pido perdón por ello, un contento figurante a mayor gloria de las directivas y sus palcos.