• El proceso soberanista encalló ayer aunque la cuestión catalana se mantiene y Rajoy no le ha dado respuesta. El electorado encumbró a Ciudadanos e hizo que el PP se desplomase

En buena ley democrática, Artur Mas debería presentar su dimisión y retirarse de la política activa. Es un perdedor. Ni en noviembre de 2012 (CiU pasó de 62 a 50 escaños) ni ayer (su lista unitaria con CDC, ERC y las organizaciones sociales independentistas obtuvo solo 62 escaños cuando la suma anterior era de 71), el presidente de la Generalitat ha logrado las mayorías que reclama.No solo eso: engorda a la izquierda con la que torpemente se alía.

El 27-S le ha pillado no solo con una mayoría relativa, sino emboscado también en el cuarto lugar de Junts Pel Sí y dependiente por completo de los 10 escaños de la Candidatura de Unidad Popular (CUP) que es separatista, sí, pero, sobre todo, anticapitalista y antisistema; es decir, está en los antípodas de lo que él -Mas- y su partido mortecino, CDC, representan.

Por lo demás, el presidente de la Generalitat perdió manifiestamente el plebiscito porque el voto popular secesionista se quedó a cuatro puntos del que no lo es. Por fin, si se suman los asientos en el Parlamento catalán de la lista unitaria y de la CUP (72), se observa que son dos menos de los que tenían los separatistas en la anterior legislatura (74). Para ese viaje no se necesitaban tantas alforjas.

Cuando la sociedad catalana en su conjunto va a las urnas en proporciones históricas (el 77,46% de participación) ocurre que las masas de la Diada -y van cuatro tenidas otras tantas veces como plebiscitarias- se quedan cortas porque los que no acuden son todavía más numerosos. El espejismo del proceso es responsabilidad de Artur Mas, que en su lista aglutinó toda la potencia de fuego del independentismo. En Junts Pel Sí no faltaba nadie, estaban todos. Y no obtuvieron ayer la exigible -según las expectativas- mayoría absoluta. Unió ni ha dado ni ha quitado a la lista unitaria. Su voto se ha repartido entre varias opciones.

El recurso de sumar a la CUP -ya lo he analizado en este mismo diario el fin de semana– es una arbitrariedad. El grupo de 10 escaños que comanda Baños no le va a investir y, aunque se abstuviera en segunda vuelta (si se mantiene el número de escaños 62-10), no le valdría para ocupar la presidencia de la Generalitat. Mas no puede olvidar ni su historia ni su trayectoria. Que está muy presente en la memoria de sus compañeros izquierdistas de Junst Pel Sí y en los miembros dirigentes de la CUP.

El proceso soberanista catalán, como tal, encalló ayer, aunque la cuestión catalana se mantiene y el Gobierno de Rajoy no le ha dado respuesta. Por eso, el electorado catalán que encumbró a Ciudadanos con 25 escaños fue, en parte, el mismo que hizo que el PP se desplomase perdiendo ocho diputados en el Parlamento. La formación de gobierno en España, la que debería vertebrar la unidad territorial del Estado y garantizarla, se ha convertido en Cataluña en un grupo parlamentario irrelevante de 11 diputados sobre un total de 135.

En mi modesta opinión, el desplome del PP no es lo más importante, sino el hecho de que se produjera a manos de la fuerza política que puede llegar a arrebatarle la hegemonía del centro derecha en España entera: Ciudadanos. Los gritos de los afiliados de C’s mientras discurseabanArrimadas y Rivera, demuestran que ahí está el proyecto nacional para una España plural y que, simultáneamente, el PP ha perdido ya su autoría. Los populares, con Rajoy -que cometió en la campaña errores imperdonables-, no son ya, seguramente, la opción principal del centro derecha español. Los 25 escaños de Ciudadanos frente a los 11 del PP componen un retrato patético pero previsible.

El PP, después de las elecciones generales de noviembre de 2011 que le dieron la mayoría absoluta, ha ido con Rajoy de tumbo en tumbo: no logró la mayoría absoluta en Andalucía (marzo de 2012), se vino abajo en las europeas (mayo de 2014), perdió clamorosamente las andaluzasadelantadas en marzo de 2014, repitiendo fracaso en las autonómicas y municipales de mayo de ese año, y cerró ayer el ciclo con el desastre en Catalunya. Es posible que la acumulación de tanto fracaso tenga un desenlace natural: el abandono por Rajoy en diciembre del palacete de La Moncloa, porque nada puede hacer ya para evitarlo. No tiene tiempo. Y aunque lo tuviera, carece de ideas y de voluntad para lograrlo.

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