Con aquello de escindirse de España, Artur Mas ha conseguido escindir Cataluña en dos mitades: independentistas y españolistas, buenos y malos catalanes. Hago notar que el criterio para efectuar el tajo ha sido el tarro de las esencias patrias: los buenos se identifican con la barretina y la estelada, y las huestes de los malvados las integran apátridas, charnegos y catalanes desleigados. Como el instrumento para seccionar -la navaja mellada de unas elecciones consideradas plebiscitarias, en vez del bisturí de un referendo- no era el adecuado, el corte no ha sido limpio: hay fragmentos resultantes que uno no sabe bien en qué platillo colocar. Advierto asimismo que había otros criterios para efectuar la división, como el utilizado por Machado para fijar las dos Españas, pero en este caso encontraríamos a Mas, Rajoy y Rivera en el mismo bando, y a Junqueras y Pablo Iglesias abrazados en la acera de enfrente. Se perfilarían dos Cataluñas muy distintas de las que salieron ayer de las urnas.

Los buenos catalanes han ganado en número de escaños, pero entre Junts pel Sí y CUP no alcanzan la mitad de los sufragios emitidos. ¿Y qué? Si las elecciones hubieran sido normales, significaría que los ciudadanos castigaban a CiU y ERC con la pérdida de su confortable mayoría absoluta. Pero como se dilucidaba otra cosa, las elecciones han servido para constatar la polarización de la sociedad catalana y, al mismo tiempo, propinar una bofetada al independentismo en los rostros de Mas y Junqueras. Porque, mis queridos amigos, la mitad escasa del capital de una empresa quizá te da derecho a administrarla, con el concurso de algún otro socio -la CUP, por ejemplo-, pero nunca a disolver la sociedad ni abandonar el holding en el que está integrada.

Antes de que la comunidad catalana emprendiese la deriva secesionista, había nacionalistas y no nacionalistas, en tensa pero estabilizadora competencia. El nacionalismo de CiU y el nacionalismo light del PSC se turnaban en el poder y conformaban las principales amarras de Cataluña con el resto de España. ERC constituía el reducto, casi exclusivo, del secesionismo confeso.

Aquel esquema saltó por los aires y las elecciones lo confirman. El nacionalismo catalán no creció en los últimos tiempos. Simplemente se radicalizó, en gran medida para descargar sobre el Estado «colonial» la culpa de la crisis, y se echó al monte. El españolismo también se radicalizó: aún nadie ha explicado cómo un Estatuto legal en Valencia es inconstitucional en Cataluña. Pero así es. Y cuando las posiciones se polarizan, los moderados -Unió o PSC, por ejemplo- quedan fueran de juego. Desaparece el centro del campo y solo juegan los extremos. El país se escinde y el resultado está a la vista: dos Cataluñas, ambas de similar tamaño, una de las cuales quiere despegarse de España. El partido continúa.