• Cuanto más dure la transición hacia un acuerdo, sea el que sea, más probable es regresar a la recesión

El 27-S está a la vuelta de la esquina. Y todo sugiere una victoria de los partidarios, aquí y ahora, de la independencia. Por ello no ha de sorprender que, en estas últimas semanas, hayan proliferado los pronunciamientos sobre las catástrofes que podría provocar una independencia no pactada. Desde las instituciones financieras al Circulo de Empresarios español, y desde el Cercle d’Economia a la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor’s. En general, todas estas opiniones se centran en la hipótesis máxima, la de ruptura sin acuerdo con España y, por consiguiente, en una declaración unilateral de independencia (DUI).

Consideremos escenarios menos apocalípticos, y más probables, que puedan iluminar sobre el horizonte más probable tras el 27-S, aunque ello implique algo de política y economía ficción. Supongamos una mayoría de diputados a favor de la DUI. Y que esta se proclame en los próximos meses para que, con esa declaración, iniciar un período de negociación con el Estado, es decir, con el Gobierno salido de las urnas del 20-D. ¿Cuánto puede durar ese período? El nuevo Gobierno de España no estará en funciones hasta, pongamos por caso, principios de febrero y, entonces, deberá dar una respuesta a la eventual propuesta de negociación del Parlament. En suma, si todo fuera más que rápido, la contrapropuesta de Madrid, sea cual sea, no estaría disponible hasta, como mínimo, la primavera. Se trata de un escenario más que probable, y que nada anticipa sobre el contenido final de esa negociación, que los partidarios de la independencia hoy quieren pactada.

Un aumento de la incertidumbre

Tengan por seguro que, en cualquiera de las respuestas de Madrid, asistiremos a un aumento de la incertidumbre, con sus negativas consecuencias sobre la actividad. No es necesario que nada cambie sustancialmente. Solo es preciso que los mercados, y los agentes económicos privados, no tengan claro cual será el futuro más o menos inmediato. Y, convendrán conmigo, que ese futuro aparece más bien confuso. Por tanto, por más rápido que se quiera avanzar, lo cierto es que el lunes 28 marcará el inicio de un período de incertidumbre y, quizá, turbulencias en los mercados financieros, que se me antoja bastante dilatado. ¿Cómo puede afectar al futuro próximo de nuestra economía?

Para iluminar lo que puede suceder, tenemos a mano tanto nuestra propia experiencia como la de Grecia. Aquí no hace ni dos años que abandonamos, técnicamente, la segunda recesión, iniciada en verano del 2011 cuando se hundió la confianza sobre el futuro de España en el euro. Ello provocó una estampida de fondos (abandonaron el país unos 400.000 millones de euros) y el final de la mejora de la actividad y de la ocupación. Y aunque la situación se controló en verano de 2012, tras la petición de rescate financiero de España y el anuncio de Mario Draghi de hacer lo que fuera preciso para salvar el euro, las consecuencias económicas y sociales fueron desastrosas.

Así, entre junio del 2011 y el primer trimestre del 2014, el empleo se hundió en una segunda recesión, tras la provocada por la crisis financiera internacional, destruyendo otros 300.000 puestos de trabajo en Catalunya (la mitad de los perdidos desde el 2007) y 1,7 millones en España. Hoy parece que estamos mejor. Pero una parte de esta recuperación se debe al apoyo del BCE, que mantiene los tipos de interés en valores insólitamente rehuidos, comprando deuda pública española a buen ritmo. Es cierto que se han hecho reformas, pero no lo es menos que, dados los desequilibrios de endeudamiento privado y público de España y Catalunya, sin el concurso del BCE nadie sabe dónde estarían hoy los tipos de interés.

Tercer paquete de ayuda de la UE

Por su parte, la dinámica griega de estos últimos meses ilustra, también, los devastadores efectos del aumento de la incertidumbre. Hace ahora escasamente un año, Grecia aparecía en los titulares de la prensa internacional porque se descontaba su retorno a los mercados, presentaba un notable crecimiento y, con ello, una mejora sustancial de las finanzas públicas. Pero, un año más tarde, la actividad se ha detenido, se ha impuesto un corralito y del retorno a los mercados nadie puede hablar porque se ha trocado en un tercer paquete de ayuda de la UE.

En el horizonte se acumulan vientos de tempestad, que afectarán, sin duda, la renovada confianza que tanto ha costado recuperar. Cuanto más dilatado sea el período de transición hacia un acuerdo, sea el que sea, más probable es que regresemos al pasado, a la recesión. No vayamos a confundirnos y olvidar dónde estamos ni quiénes somos. Ni este país es Alemania ni su economía está para tirar cohetes. No es precisa una DUI para imaginar situaciones que nadie desea. Basta el colapso de la confianza.